Faltan muy pocos días para que miles de estudiantes en toda España se enfrenten a uno de los retos más comentados de su etapa escolar. Aunque para muchos es simplemente un trámite, para otros se ha convertido en una auténtica montaña rusa emocional. Alumnas como Ana, que cursa bachillerato en Madrid, han experimentado en sus carnes lo que significa que el cuerpo diga basta justo antes de un examen importante. Síntomas como las náuseas, la presión en el pecho o el llanto repentino han pasado de ser casos aislados a convertirse en un relato compartido por muchos jóvenes que sufren depresión y ansiedad en adolescentes y sienten que se juegan todo su futuro en apenas tres jornadas intensas.
El problema no es solo la cantidad de materia que hay que memorizar, sino la carga psicológica que conlleva. La sensación de que 2º de bachillerato es una carrera de obstáculos constante termina por agotar la motivación de quienes, en teoría, deberían estar ilusionados por empezar su etapa universitaria. Esta situación ha provocado que más del 60% de los estudiantes reconozca sufrir estrés significativo durante estas semanas previas, un dato que refleja una realidad social vinculada a la prevención del estrés académico que va más allá de los simples nervios por un examen de lengua o matemáticas. El miedo a quedarse en blanco o a no alcanzar esa décima necesaria para la carrera soñada genera una parálisis que, paradójicamente, empeora el rendimiento final.
La trampa de las notas de corte y la competitividad

Uno de los factores que más alimenta esta hoguera de nervios es el incremento de la competitividad. Las notas necesarias para acceder a grados como Medicina o ciertas Ingenierías no dejan de subir, lo que obliga a los chavales a vivir en un estado de alerta permanente. Los especialistas en salud mental, como la psicóloga Èlia Sasot, advierten que esta percepción de crisis constante bloquea la capacidad de aprendizaje. No se trata de que los alumnos no estén preparados, sino de que el miedo a fallar es tan grande que su cerebro prioriza la supervivencia emocional sobre la retención de datos. Muchos adolescentes sienten que la Selectividad les define como personas, algo que los docentes intentan desmentir sin demasiado éxito ante la presión del sistema.
Además, el cambio hacia modelos de examen más competenciales, donde no basta con soltar el tema de memoria, ha generado cierta incertidumbre. Aunque la gran mayoría de los que se presentan terminan aprobando (las estadísticas suelen rozar el 95%), la verdadera batalla se libra por la excelencia. Este escenario empuja a muchos jóvenes a recurrir a psicofármacos sin supervisión médica, una práctica peligrosa que busca el parche inmediato ante la falta de estrategias para gestionar los miedos y la frustración. Los expertos insisten en que es fundamental intervenir a tiempo para enseñar técnicas de relajación que permitan al alumno ver la prueba como lo que realmente es: un paso más en su formación, no el juicio final de su existencia.
Estrategias para estudiar mejor sin perder la salud

En medio de este caos, organizar el tiempo se vuelve la herramienta más potente. No se trata de meterse palizas de doce horas delante de los libros, sino de currar con cabeza. Una de las recomendaciones más extendidas es el uso del método Pomodoro para mantener la frescura mental. Consiste en dividir el tiempo en bloques de 25 minutos de concentración total seguidos de descansos cortos. De esta forma, el cerebro no llega a saturarse y la retención es mucho mayor que en las jornadas maratonianas, siguiendo buenos hábitos de estudio. También es vital atacar los temas más densos a primera hora del día, cuando las pilas están cargadas, y dejar los repasos ligeros para cuando el cansancio empieza a asomar.
El entorno de estudio también juega un papel clave. Tener los apuntes bien estructurados, quizás usando colores para diferenciar fechas de conceptos clave, ayuda a que la memoria visual haga su trabajo. Pero de nada sirve tener los mejores esquemas si no se cuida lo básico. Los profesionales de la educación recuerdan que dormir las horas necesarias es, en realidad, parte del estudio. Para lograrlo, existen diversos consejos para que tu cerebro esté en condiciones de estudiar mejor. Aquellos que trasnochan a base de café y bebidas energéticas suelen llegar al examen con una neblina mental que les impide razonar correctamente, aumentando las posibilidades de sufrir un bloqueo ante una pregunta que, en condiciones normales, sabrían responder.
Tecnología e Inteligencia Artificial: ¿aliadas o enemigas?

Hoy en día, los estudiantes cuentan con herramientas que hace una década eran ciencia ficción. Desde aplicaciones para bloquear el móvil hasta plataformas que crean cuestionarios personalizados. Incluso la inteligencia artificial se ha colado en las habitaciones de estudio. Muchos chavales usan ChatGPT como un tutor personal para hacer simulacros de examen o para que les explique conceptos complejos de forma sencilla, aunque es importante conocer cómo se regula la inteligencia artificial en las aulas. Sin embargo, no todo es de color de rosa. Los psicólogos advierten que confiar ciegamente en estas herramientas o buscar diagnósticos de ansiedad en TikTok puede ser contraproducente. La IA a veces se inventa cosas y las redes sociales suelen amplificar la sensación de que todo el mundo está mejor preparado que uno mismo.
Lo ideal es usar la tecnología con espíritu crítico. Aplicaciones como Forest para evitar distracciones o Quizlet para repasar términos son fantásticas, pero nunca deben sustituir el trabajo personal ni el asesoramiento de los orientadores de los centros. Además, el bombardeo de información sobre salud mental en internet hace que muchos jóvenes confundan los nervios normales con trastornos graves. Sentir que el corazón te va a mil antes de entrar al aula es una respuesta natural del cuerpo para activarse; el problema real surge cuando esa sensación te impide llevar una vida normal o te hace abandonar el estudio por completo.

Afrontar la Selectividad requiere un equilibrio delicado entre la preparación académica y el autocuidado emocional. Es fundamental entender que, aunque el examen es importante, no define la valía personal ni las capacidades de nadie a largo plazo. Mantener una rutina equilibrada que incluya algo de ejercicio físico, quedar con amigos para desconectar y, sobre todo, no descuidar las horas de sueño, marcará la diferencia entre llegar al examen al borde del colapso o hacerlo con la mente despejada. Al final, aprender a gestionar el estrés es una lección tan valiosa como cualquier temario de historia o matemáticas, ya que será una habilidad que los futuros universitarios necesitarán a lo largo de toda su vida profesional y personal.