Ansiedad y depresión en pacientes con ludopatía: el ejercicio no es suficiente, según un estudio de la UEMC

  • Dos de cada tres personas con trastorno por juego presentan síntomas clínicamente relevantes de ansiedad y depresión.
  • La actividad física por sí sola no reduce estos problemas emocionales ni la impulsividad asociada.
  • El estudio, liderado por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, recomienda un tratamiento multidisciplinar que combine atención psicológica, psiquiátrica y social.
  • Se detectaron diferencias en la impulsividad según el nivel de ejercicio, pero sin relación causal con la mejora clínica.

Ansiedad y depresión en pacientes con ludopatía

Un estudio reciente, publicado en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health, ha confirmado que la mayoría de las personas diagnosticadas con trastorno por juego sufren también problemas de salud mental. La investigación, realizada por la Universidad Europea Miguel de Cervantes (UEMC) de Valladolid en colaboración con la Asociación de Jugadores en Rehabilitación de Valladolid (AJUPAREVA), revela que el 65% de los pacientes con ludopatía presenta síntomas de ansiedad y depresión que requieren atención clínica.

El trabajo, dirigido por Alicia Fernández Parra, coordinadora del Grado en Psicología de la UEMC, analizó a 62 personas diagnosticadas según los criterios del DSM-5. Los investigadores evaluaron la relación entre la actividad física, la impulsividad y los trastornos del estado de ánimo. Los resultados, sorprendentes para muchos, muestran que practicar ejercicio de forma habitual no reduce significativamente esos síntomas, aunque la mayoría de los participantes mantenía niveles moderados o altos de actividad física.

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El ejercicio físico no es una solución única

Los datos de la investigación dejan claro que la actividad física, por sí sola, no es suficiente para aliviar la carga psicológica que acompaña al trastorno por juego. Cerca del 65% de los evaluados presentaba indicadores de ansiedad y depresión, mientras que los niveles de impulsividad se mantuvieron elevados en toda la muestra, independientemente del volumen de ejercicio realizado. «La actividad física sigue siendo un hábito saludable y recomendable, pero nuestros resultados indican que, por sí sola, no reduce los problemas emocionales asociados al trastorno por juego», explica Fernández Parra. «Debe formar parte de un tratamiento multidisciplinar y no entenderse como una intervención aislada».

Los autores del estudio insisten en que estos hallazgos no cuestionan los beneficios del ejercicio para la salud general, sino que ayudan a delimitar su papel dentro del tratamiento de la ludopatía. La actividad física debe integrarse en programas terapéuticos globales que combinen atención psicológica, psiquiátrica y social, adaptados a las necesidades de cada paciente.

Matices en la impulsividad según el nivel de actividad

Aunque el deporte no redujo la sintomatología principal, los investigadores detectaron diferencias en las dimensiones de la impulsividad. Los pacientes más activos mostraron una mayor impulsividad motora, es decir, tendencia a actuar de forma rápida o precipitada. Por el contrario, quienes practicaban menos ejercicio presentaban mayores dificultades de planificación y control conductual. Pese a estos matices, el equipo aclara que los datos no permiten establecer una relación causa-efecto directa entre el deporte y una mejora clínica de la adicción.

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Los investigadores consideran necesario desarrollar estudios longitudinales con muestras más amplias para evaluar cómo influyen las distintas modalidades, intensidades y niveles de supervisión del ejercicio en la evolución clínica y en la prevención de recaídas. De momento, la recomendación es clara: la actividad física es un complemento valioso, pero no un tratamiento suficiente para abordar la ansiedad y la depresión en pacientes con ludopatía.

Este estudio, fruto de la colaboración entre la UEMC y AJUPAREVA, pone sobre la mesa la necesidad de abordar el trastorno por juego de forma integral. La elevada prevalencia de ansiedad y depresión entre los afectados exige que los profesionales sanitarios incorporen evaluaciones psicológicas y psiquiátricas en los programas de intervención, y que el ejercicio se prescriba como una herramienta más dentro de un enfoque multidisciplinar.


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