La llegada de un nuevo calendario suele venir cargada de propósitos: apuntarse al gimnasio, cuidar más el cuerpo, estudiar con constancia o recuperar hábitos que se quedaron por el camino. Sin embargo, pasadas unas semanas, muchas de esas metas se diluyen y aparece la sensación de haber perdido el impulso inicial sin saber muy bien por qué.
Lejos de ser una simple cuestión de fuerza de voluntad, la investigación reciente está empezando a desentrañar cómo funciona realmente la motivación cuando intentamos cambiar nuestro estilo de vida. Desde la forma en que nos planteamos el ejercicio físico, hasta el modo en que estudiamos o acudimos al gimnasio, la ciencia del comportamiento y las nuevas estrategias de los centros deportivos apuntan a un elemento común: si no cuidamos cómo nos sentimos durante el proceso, es muy fácil abandonar.
Cuando la motivación se estrella contra el “todo o nada”
Lo típico de cada enero: nueva agenda, nuevas zapatillas y la promesa de ir al gimnasio cuatro veces por semana. Durante los primeros días, la energía parece inagotable, pero pronto llegan las reuniones imprevistas, el cansancio o un resfriado, y esa rutina perfecta se desmorona. A menudo, en vez de reajustar el plan, la persona concluye que “ya no tiene sentido” y lo deja.
Esta reacción tiene nombre propio en la literatura científica: pensamiento de todo o nada. Investigaciones como las realizadas en universidades estadounidenses han mostrado que, cuando la realidad no encaja con la idea idealizada de lo que debería ser el entrenamiento, muchas personas interpretan cualquier desviación como un fracaso. Si no se cumple el plan al milímetro, se tiende a pensar que “no sirve de nada”.
Ese enfoque rígido ya se había observado en los campos de la alimentación y el control del peso, pero los nuevos trabajos lo aterrizan de lleno en la actividad física. Los participantes relataron cómo las expectativas poco realistas, unidas a la sensación de que el esfuerzo es inmediato mientras que los beneficios llegarán a muy largo plazo, acaban minando el deseo de seguir.
En la práctica, esto se traduce en situaciones muy reconocibles: personas que dejan el gimnasio porque han faltado una semana, corredores que abandonan porque no han logrado la marca que se habían propuesto o quienes sienten que “ya no tiene remedio” si un mes no han entrenado tanto como esperaban.
Lo que apuntan estos estudios es que la motivación se sostiene mejor cuando aceptamos que la vida es irregular y que la constancia no significa perfección, sino capacidad para adaptarse. Una sesión más corta, una caminata rápida o un entrenamiento diferente al previsto no deberían interpretarse como un fallo, sino como parte de un proceso flexible.

Motivación y cerebro: no se aprende igual por curiosidad que por presión
La motivación tampoco actúa igual cuando se trata de estudiar o aprender algo nuevo. Un enfoque reciente impulsado por investigadores de la Universidad Nacional de Singapur y la Universidad de Duke plantea que el cerebro adopta configuraciones distintas según la razón por la que estamos aprendiendo.
El equipo, liderado por Poh Jia-Hou y R. Alison Adcock, distingue dos grandes estados motivacionales: el llamado estado interrogativo y el estado imperativo. No se trata solo de etiquetas teóricas, sino de formas diferentes de funcionamiento cerebral que tienen consecuencias directas sobre la memoria.
El estado interrogativo surge cuando la persona se mueve por curiosidad, interés genuino o ganas de entender mejor algo. Ocurre, por ejemplo, cuando alguien se sumerge en un tema por iniciativa propia, hace preguntas y conecta conceptos sin urgencias externas. En ese modo, el cerebro prioriza la exploración, enlaza ideas y construye una red de significados más amplia.
A nivel biológico, este estado se vincula principalmente con la dopamina, un neurotransmisor asociado a la motivación y a la expectativa de recompensa. Se activa el hipocampo, esencial para consolidar recuerdos, y también áreas de la corteza prefrontal que tienen que ver con la planificación, la reflexión y el pensamiento flexible. Los recuerdos que se forman en este contexto suelen ser más duraderos y transferibles a otras situaciones.
En cambio, el llamado estado imperativo aparece cuando hay prisa, presión o una meta inmediata: preparar un examen a contrarreloj, cumplir una fecha límite o responder a una exigencia laboral fuerte. En este caso, el cerebro se centra en lo urgente, en lo que hace falta para salir del paso, priorizando la rapidez y la precisión puntual por encima de la integración profunda de lo que se está aprendiendo.
Aquí manda la noradrenalina, sustancia ligada a la alerta y a la respuesta ante el estrés. Ganan protagonismo regiones como la amígdala y áreas sensoriales, que ayudan a reaccionar de manera eficaz, pero tienden a generar recuerdos más fragmentados, menos conectados entre sí. Eso explica por qué muchas personas rinden bien en un examen estudiando a última hora, pero olvidan el contenido poco después.
Para estos investigadores, la motivación no es solo un “más gasolina” al aprender, sino un elemento que define el tipo de memoria que se construye. Cada estado crea un “contexto neural” distinto, una especie de escenario interno que condiciona cómo se codifica y almacena la información.
Este marco tiene implicaciones claras para la educación. Diseñar clases, programas formativos o evaluaciones que potencien la curiosidad, el interés personal y la exploración activa podría mejorar mucho la calidad del aprendizaje a largo plazo. No se trata de eliminar toda presión, sino de no convertirla en la única vía para que el alumnado estudie.

Del gimnasio rígido al gimnasio lúdico: el auge del “kidulting”
Mientras la investigación académica avanza en el terreno de la motivación, algunos operadores del sector fitness en Europa están empezando a traducir estas ideas en cambios concretos. Es el caso de David Lloyd Clubs, que ha anunciado una nueva forma de entender la experiencia deportiva para adultos incorporando el concepto de “kidulting”.
Este término mezcla las palabras “kid” (niño) y “adult” (adulto) y hace referencia a la recuperación del componente lúdico del ejercicio físico. Tras años en los que el discurso predominante giraba en torno al esfuerzo extremo, la mejora constante del rendimiento y la obsesión por el cambio físico, muchos usuarios han terminado asociando el gimnasio con presión, sacrificio y juicio externo.
La propuesta de “kidulting” no pretende infantilizar los entrenamientos, sino reintroducir dinámicas de juego, espontaneidad y disfrute en sesiones pensadas para adultos que mejoran la motivación deportiva. Se priorizan entrenos donde la experiencia pesa más que el resultado, con movimientos sencillos, formatos grupales y actividades que facilitan la interacción social en lugar de comparaciones continuas.
En la práctica, esto se traduce en clases en las que el objetivo no es solo completar una tabla o mejorar marcas, sino que los asistentes se sientan cómodos, relajados y motivados, independientemente de su nivel. El foco pasa de la perfección del rendimiento a la sensación de bienestar, algo que encaja con la idea de dejar atrás el pensamiento de todo o nada.
Esta línea no sustituye a las propuestas tradicionales de entrenamiento estructurado, pero amplía el abanico para quienes, de otro modo, terminarían borrándose del gimnasio. La idea es que el ejercicio vuelva a integrarse en la rutina como una actividad placentera y sostenible, en lugar de una obligación que se abandona a la mínima dificultad.
Motivación, abandono y salud: un reto para Europa
El interés por enfoques como el “kidulting” no surge de la nada. Diversos informes del sector señalan que uno de los principales motivos de abandono en gimnasios europeos no es la falta de instalaciones ni, muchas veces, el tiempo disponible, sino la pérdida de motivación. El cansancio mental, el estrés laboral y la saturación de responsabilidades hacen que, para muchos adultos, encajar una sesión más de esfuerzo intenso en el día a día resulte poco atractivo.
Tras la pandemia de COVID-19, esta tendencia se ha acentuado. En España y en otros países europeos, los usuarios valoran cada vez más los espacios presenciales donde puedan desconectar y socializar, además de entrenar. En ese contexto, propuestas que incorporan juego y comunidad tienen un efecto doble: ayudan a mantenerse activos y actúan como refugio frente al estrés cotidiano.
La reorientación de los clubes también implica un cambio en el papel de los entrenadores. De figuras centradas casi exclusivamente en marcar tiempos, controlar repeticiones y medir resultados, pasan a desempeñar un rol más cercano y motivador. Su función consiste ahora en adaptar la intensidad a cada persona, generar experiencias positivas y reforzar la confianza de quienes acuden al centro.
Este cambio tiene, además, una lectura de negocio. Un usuario que disfruta y percibe el gimnasio como un entorno amable tiende a asistir con más frecuencia y a mantener la cuota activa durante más tiempo. En mercados competitivos como el europeo, convertir el centro deportivo en un lugar donde entrenar también significa pasarlo bien y relacionarse se ha convertido en una ventaja estratégica.
Más allá de los balances económicos, hay un impacto en salud pública nada despreciable. Reducir las barreras psicológicas de entrada al ejercicio, promover una relación menos culpabilizadora con la actividad física y ofrecer espacios donde moverse sea sinónimo de bienestar emocional contribuye a mejorar tanto la salud mental como la cohesión social.
Una motivación menos rígida para sostener los cambios
Los diferentes enfoques que están emergiendo, desde la investigación sobre el pensamiento de todo o nada hasta las propuestas de gimnasios que introducen el juego en sus sesiones, apuntan en la misma dirección: la motivación no se mantiene a base de exigencia infinita. Se alimenta de objetivos realistas, flexibilidad para adaptarse a los imprevistos y experiencias que tengan sentido para la persona en su vida diaria.
En el ejercicio, aceptar que un plan puede modificarse sin que eso implique tirar la toalla ayuda a que enero no sea el único mes activo del año. En el aprendizaje, priorizar la curiosidad y el interés propio, siempre que sea posible, favorece recuerdos más profundos que los que se construyen únicamente bajo la presión del examen. Y en los gimnasios europeos, incluir elementos lúdicos y sociales contribuye a que acudir al centro deje de ser una carga y se convierta en una cita apetecible con uno mismo y con los demás.
La motivación, entendida de forma menos rígida y más humana, parece ser una pieza clave para que el bienestar físico, mental y social deje de depender de rachas esporádicas y se transforme en una parte estable de la rutina, tanto en España como en el resto de Europa.