Las olas de calor que azotan España no solo ponen en riesgo la salud física, sino que también tienen un impacto significativo en el bienestar emocional. Cada vez más estudios y expertos alertan de que las altas temperaturas pueden desencadenar o agravar síntomas de ansiedad y depresión, convirtiéndose en un problema de salud pública que a menudo pasa desapercibido.
Psicólogos y neuropsicólogos consultados coinciden en que el calor extremo altera el funcionamiento del cerebro, afecta la calidad del sueño y reduce la capacidad para gestionar las emociones. En España, donde los termómetros superan con frecuencia los 40 grados, esta situación se convierte en un factor de riesgo adicional para la población, especialmente para aquellos que ya padecen trastornos mentales.
El calor y el cerebro: una combinación peligrosa

Durante los episodios de calor extremo, el hipotálamo, la estructura encargada de regular la temperatura corporal, trabaja a destajo para mantener el equilibrio del organismo. Ese sobreesfuerzo, unido al cansancio y al peor descanso nocturno, reduce los recursos disponibles para mantener la atención y gestionar las emociones. Por eso, es habitual que con el calor nos sintamos más irritables, menos pacientes y nos cueste más concentrarnos o tomar decisiones.
La calidad del sueño se resiente especialmente. El organismo necesita reducir ligeramente su temperatura para iniciar el sueño, un proceso que se dificulta durante las noches cálidas. Dormimos menos y peor, y la falta continuada de descanso afecta a la memoria de trabajo, la atención y la capacidad para tomar decisiones. Además, la amígdala, implicada en la respuesta emocional, se vuelve más reactiva, mientras que la corteza prefrontal, responsable del autocontrol, funciona con menor eficacia. El resultado es una mayor impulsividad y una menor capacidad para gestionar las reacciones emocionales y el sueño pilar de la salud.
Grupos vulnerables y evidencia científica

La evidencia científica respalda esta relación. Diversos estudios han observado un aumento de las hospitalizaciones y de las visitas a urgencias por ansiedad, depresión y otros trastornos durante las olas de calor. Los registros hospitalarios reflejan un incremento de las atenciones por estos motivos, así como por consumo de sustancias y autolesiones. No obstante, los expertos matizan que el calor no provoca por sí solo un trastorno mental, sino que actúa como un factor de estrés añadido que reduce nuestra tolerancia a la frustración y agrava los problemas preexistentes.
Ciertos grupos son especialmente vulnerables. Las personas con trastornos de ansiedad, depresión o enfermedades mentales graves, así como los pacientes con demencia, patologías crónicas o insomnio, sufren más los efectos del calor. También los niños y adolescentes, cuyo cerebro aún está en desarrollo, pueden mostrar más irritabilidad, llanto o conductas desafiantes. En el caso de los adolescentes, la pérdida de la estructura diaria y el apoyo social que ofrece el entorno escolar durante el verano agrava la situación. Además, algunos fármacos psiquiátricos pueden dificultar la regulación de la temperatura corporal o disminuir la sensación de sed, lo que incrementa la vulnerabilidad.
Recomendaciones para afrontar el calor
Para reducir estos efectos, los especialistas recomiendan realizar las actividades al aire libre a primera hora de la mañana o al atardecer, darse duchas templadas, optar por comidas ligeras, mantener una buena hidratación, protegerse del sol y evitar los esfuerzos físicos intensos en las horas centrales del día. También es importante aceptar que el rendimiento puede disminuir de forma temporal y reducir el ritmo, implementando técnicas para respirar mejor en el calor.
En el caso de los adolescentes, se aconseja mantener rutinas diarias aunque no haya clases, limitar el uso excesivo de redes sociales, practicar técnicas de regulación emocional como meditación guiada para reducir la ansiedad, mantener contacto regular con amigos y reconocer las señales de alerta como irritabilidad extrema, cansancio persistente o pensamientos negativos intensos. Buscar refugios climáticos y evitar el consumo de alcohol y otras sustancias también ayuda.
En definitiva, el calor extremo se ha convertido en un enemigo silencioso para la salud mental de los españoles. Las altas temperaturas alteran el cerebro, empeoran el sueño y aumentan la ansiedad y la depresión, especialmente en los grupos más vulnerables. Aunque no podemos controlar el clima, sí podemos tomar medidas para protegernos y estar atentos a las señales de nuestro cuerpo y el de quienes nos rodean. La prevención y el apoyo psicológico son fundamentales para afrontar los veranos cada vez más calurosos que se avecinan.
