El Papa León XIV ha querido poner el foco sobre un problema que afecta a millones de personas en todo el mundo. Durante un encuentro celebrado en el Vaticano, el Pontífice ha asegurado que las adicciones son un fenómeno complejo que evidencia el fracaso de un mundo deshumanizado, y ha reclamado respuestas que vayan más allá de la simple represión. En su discurso, ha abogado por un enfoque integral que combine la prevención comunitaria, la atención científica, una justicia con rostro humano y el acompañamiento pastoral.
La audiencia, concedida en el Palacio Apostólico, ha reunido a participantes de un encuentro sobre las situaciones de dependencia en América Latina, organizado por la Pontificia Comisión para América Latina. El Papa ha agradecido la colaboración del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la Pontificia Academia para la Vida. También ha saludado a los responsables de centros de acompañamiento, prevención, recuperación e integración para jóvenes basados en la fe, procedentes de América, Asia, África y Europa. Su presencia, ha señalado, recuerda que el sufrimiento y la esperanza no tienen fronteras.
Cuatro puentes de colaboración
León XIV ha explicado que en este ámbito convergen cuatro puentes que representan otras tantas vías de colaboración. El primero une a la Iglesia con los organismos internacionales. En este sentido, ha destacado la alianza entre la OEA y el CELAM, que han coordinado programas de formación para organizaciones comunitarias basadas en la fe y redes de acompañamiento. Gracias a esta cooperación, se ha presentado el Manual de la Pastoral Latinoamericana de Acompañamiento y Prevención de las Adicciones. El Pontífice ha subrayado que nadie puede afrontar este problema en solitario.
El segundo puente es el que conecta la ciencia y la fe. La Iglesia, ha aclarado, no pretende competir con las neurociencias, la psiquiatría o la salud pública, sino iluminar esta realidad desde el Evangelio y desde una comprensión integral de la persona humana. El tercer puente se encuentra dentro de la propia Iglesia, entre las comunidades que peregrinan en los distintos continentes. Los participantes han podido compartir sus dolores, esperanzas y entusiasmos pastorales. Finalmente, el cuarto puente tiene un carácter ecuménico: la Iglesia católica y las demás comunidades eclesiales encuentran en el amor concreto hacia quienes sufren un lenguaje común para acompañar e integrar a los jóvenes.
La familia, clave en la prevención
El Papa se ha detenido especialmente en el papel de la familia, a la que el Concilio Vaticano II definió como «iglesia doméstica». La familia es, ha afirmado, el lugar donde se cultiva la vida, donde se la cuida y proyecta. En este contexto, ha lanzado una afirmación contundente: no hay mejor prevención contra las drogas que una buena familia. Ha recordado el sufrimiento de muchas familias afectadas por el consumo de drogas, la violencia, el reclutamiento criminal de los hijos, la pobreza o la falta de oportunidades.
León XIV ha retomado las palabras de san Juan Pablo II, que pidió hacer de la Iglesia «la casa y la escuela de la comunión», y del Papa Francisco, que invitaba a tocar la miseria humana, «la carne sufriente de los demás». Para el Pontífice, ahí se encuentra el núcleo de la misión de quienes trabajan en este ámbito: que la Iglesia sea una familia, incluyendo especialmente a las personas que sufren. Ha expresado su deseo de que la Iglesia sea la familia de todas las personas que se quedaron al margen del camino, y ha animado a no pasar de largo, como el samaritano, sino a detenerse, acercarse, conmoverse, ungir las heridas y convertirse en hogar.
Con estas palabras, el Papa ha querido lanzar un mensaje de esperanza y responsabilidad. Las adicciones no son un destino inevitable, sino una realidad que puede abordarse desde la comunidad, la ciencia y la fe. La familia, el acompañamiento y la cooperación internacional se perfilan como herramientas esenciales para prevenir y tratar un problema que afecta a los jóvenes de todo el mundo. La Iglesia, ha concluido, debe estar al lado de quienes sufren, ofreciendo un hogar y una oportunidad de recuperación.
