Está demostrado que poseemos muchas otras formas de percibir como para reducir la percepción al sentido de la vista, oído, olfato, tacto y gusto. Existe un sexto sentido que une todas nuestras sensaciones y nos permite sentir más allá.
Tenemos la experiencia de ese «sexto» sentido que nos permite percibir todo nuestro organismo como una unidad. Desde ahí integramos sensaciones de hambre, deseo o hastío; sentimientos como el amor o la amistad y valores morales como la bondad o la belleza. Y es finalmente esta sensación global de nuestra propia constitución la que nos permite decir si nos sentimos bien o mal, felices o desgraciados.
Este sentido de vida, claro está, se halla íntimamente relacionado con los otros sentidos, aunque también parece tener una entidad aparte. En su Cuaderno de Notas, Leonardo Da Vinci habla del sentido común como el «juez común» de los otros cinco sentidos; el lugar donde vista, oído, olfato, gusto, tacto y mente se reúnen para crear una nueva forma de percibir que las contiene todas y a la vez es una por separado.
Qué es el sentido común y su vínculo con el sentido de la vida
La psicología define el sentido común como capacidad de discernimiento para tomar decisiones coherentes basadas en lógica y experiencia. Los diccionarios lo describen como juicio práctico para vivir de forma razonable y segura. En filosofía, se ha entendido como un saber compartido que persigue el bien común, aunque su aplicación real varía según contexto, cultura y aprendizaje.
Ya Descartes defendió que todos poseemos una facultad para distinguir lo verdadero de lo falso, mientras que Voltaire ironizaba que el sentido común es el menos común de los sentidos. En la práctica, esto significa que no siempre hay unanimidad sobre qué es lo lógico en cada situación; cada persona integra su propio “sentido común”. Einstein apuntó que parte de lo que llamamos sentido común son prejuicios aprendidos en edades tempranas.
Tres enfoques clásicos del sentido común
Aristóteles: lo vinculó a la integración de experiencias sensoriales; aquello que todos percibimos de forma similar ante los mismos estímulos.
Descartes: subrayó un sentido común universal desde el que juzgar lo verdadero y lo bueno, más allá de la idiosincrasia personal.
Pragmatismo: lo entiende como un saber útil y contextual que depende de creencias y experiencias cotidianas; su validez se mide por las consecuencias.
Psicología aplicada: límites, sesgos y pensamiento crítico
Diversos autores recuerdan que no debemos dar nada por sentado: lo que parece obvio puede ser erróneo. Por eso conviene analizar el contexto antes de decidir. Un ejemplo: la idea de que “desahogarse” gritando reduce la ira no se sostiene; más bien la intensifica. Otro caso: el sentido común sugiere cuidar la salud, pero a menudo prima la gratificación inmediata (comer mal, sedentarismo).
También se relaciona con reglas sociales y sabiduría popular, que no siempre encajan con la ciencia. Métodos tradicionales para predecir el tiempo conviven con la meteorología basada en datos. El sesgo de confirmación nos lleva a recordar solo lo que ratifica nuestras creencias (dietas milagro, tópicos sobre género), de ahí la importancia de pensamiento crítico y escepticismo bien informados.
En lo cotidiano, el sentido común sugiere no mirar el móvil al conducir, reciclar o priorizar hábitos saludables; aun así, muchas veces no lo aplicamos por desidia o autoengaño. Se suele decir que actúa como ese “Sancho Panza interno” que aterriza lo abstracto y nos devuelve a lo sensato.
Por qué no es tan común: experiencia, cultura y evidencia
Estudios de ciencias sociales muestran que, al pedir a miles de personas juzgar miles de afirmaciones, no existe un núcleo unánime de creencias de sentido común. Cada cual compone su mapa con lo vivido, lo aprendido y lo que su entorno valida. De ahí que tu sentido común pueda diferir del mío sin que ninguno sea irracional per se.
IA y sentido común: el gran reto
La vida diaria está llena de circunstancias imprevistas que las máquinas aún gestionan con dificultad. Un sistema puede reconocer una taza, pero no comprende con naturalidad que sirve para té, que pesa papeles si entra viento o que no “puede estar triste”. Ese conocimiento tácito, social y físico es difuso y contextual, por eso es difícil de codificar.
Desde hace décadas existen proyectos para dotar a la IA de sentido común recopilando axiomas sobre cómo funciona el mundo. Aun así, la riqueza flexible del juicio humano sigue siendo una meta lejana: razonamos, anticipamos consecuencias y aplicamos el saber adecuado en el momento oportuno.
Nuestro organismo no siempre necesita nuestra conciencia para funcionar correctamente. Precisamente la insistencia en poner conciencia donde no se necesita es lo que muchas veces más entorpece a la hora de sentir. No podemos percibir todo ni ser conscientes de todo lo que percibimos; pero podemos decidir enfocar nuestra atención en lo que para nosotros es importante y de alguna manera orientar el rumbo de nuestra vida. Esto permite que lo que atendemos y construimos en la vida tenga sentido y responsabilidad y no sea una dispersión y un malgaste continuo de energía.
Como seres humanos tenemos la capacidad y la libertad de orientar nuestros sentidos hacia una vida con sentido.
Aurora Morera Vega (psicoterapeuta) para Cuerpo y Mente
Para acabar te dejo un vídeo muy estimulante:
La combinación de percepción integrada, juicio práctico, pensamiento crítico y propósito vital es lo que hace del sentido común un navegante fiable en un mundo complejo: no es infalible, pero mejora radicalmente con experiencia, reflexión y apertura a la evidencia.

