Muchas parejas con hijos acaban su relación de forma poco amistosa y se convierten en adversarios por el amor de sus niños o para destruir al otro. Lo peor de todo es que desarrollan una cisión muy negativa (en muchos de los casos nada tiene que ver con la realidad) hacia la ex pareja, afectando directamente a los niños. Esto ocurre con el síndrome de alienación parental, una forma de maltrato emocional e instrumentalización de los hijos que puede dejar secuelas profundas.
El síndrome de alienación parental es un término acuñado por el psiquiatra infantil Dr. Richard A. Gardner (en 1980), quien describió que este fenómeno aparece cuando un padre o madre intenta poner a sus hijos en contra del otro progenitor. Una persona que está muy enfadada con su ex pareja puede querer alejar a sus hijos dando una imagen negativa del otro progenitor, a través de comentarios desagradables, sentimientos de culpa, acusaciones falsas y una manipulación constante de la realidad.
También pueden intentar estar todo el tiempo con sus hijos con el único propósito de que el otro progenitor no pueda verles ni estar con ellos. Normalmente, cuando un padre o una madre tiene este tipo de comportamiento tóxico es porque no suele estar emocionalmente estable o porque cuenta con más recursos (económicos, sociales o legales) y es capaz de afrontar mejor los desafíos judiciales contra la ex pareja.
Qué es la alienación parental y por qué es una forma de maltrato infantil
La alienación parental se entiende hoy más como un comportamiento o conjunto de estrategias que como un trastorno clínico. Diversos autores la definen como la predisposición negativa que ejerce un progenitor (normalmente el que tiene la custodia o mayor tiempo de convivencia) respecto al otro, mediante la manipulación mental y emocional del hijo.
En este contexto, el progenitor alienador influye en el pensamiento del niño con la intención de destruir el vínculo con el otro progenitor. No se trata de un simple enfado pasajero: es una campaña mantenida en el tiempo, en la que se menosprecia, se tergiversa y se manipula todo aquello que tenga que ver con el progenitor rechazado.
Esta realidad no siempre aparece en las clasificaciones diagnósticas oficiales de salud mental, pero esto no significa que no exista el problema. Muchas guías judiciales y organismos profesionales señalan que el llamado “síndrome de alienación parental” no es una categoría diagnóstica clínica, sin embargo, reconocen la existencia de interferencias parentales, manipulación y maltrato psicológico en el contexto de separaciones muy conflictivas.
En cualquier caso, más allá de los debates terminológicos, lo importante es comprender que estas conductas suponen un maltrato infantil de tipo emocional y psicológico. No hay golpes visibles, pero sí se dañan gravemente la autoestima, el sentido de seguridad y las relaciones afectivas del menor. El niño o adolescente termina desarrollando un rechazo patológico e injustificado hacia uno de sus progenitores, algo que puede tener consecuencias devastadoras en su desarrollo.
En algunos países se han desarrollado incluso debates jurídicos sobre si estas conductas deben considerarse como delito de maltrato o como un atentado contra la integridad moral de los menores. La discusión es compleja, pero el punto en común es claro: los hijos se convierten en víctimas de una guerra que no les pertenece.
Cómo los padres aplican el síndrome de alienación parental

La triste realidad es que algunos padres envenenan el afecto y el amor natural que sienten los hijos hacia sus dos progenitores, y esto provoca un daño grave, emocional, abusivo y en muchas ocasiones muy complicado de reparar. Los niños pueden ser manipulados por uno de los padres para rechazar al otro, cuando ese padre o madre no merece ser rechazado ni tratado de forma despreciable.
El progenitor alienante utiliza distintas estrategias para ir cortando el vínculo con el otro progenitor. Entre las conductas más habituales se encuentran:
- Menospreciar o desvalorizar al otro progenitor delante del niño, mezclando temas de pareja (infidelidades, discusiones económicas, rencores del pasado) con el rol parental.
- Contar detalles del divorcio o la ruptura colocando siempre al otro progenitor como culpable y a sí mismo como víctima, buscando que el niño se alinee con su posición.
- Impedir o sabotear el régimen de visitas, poniendo excusas constantes, generando miedo o culpabilidad para que el niño no quiera ir con el otro progenitor.
- Influir con mentiras o exageraciones sobre el otro progenitor, a veces llegando incluso a asustar al menor con historias distorsionadas.
- Incluir al entorno familiar y a amigos en los ataques, de manera que el niño escuche constantemente comentarios negativos sobre el progenitor rechazado.
- Ridiculizar los sentimientos del niño hacia el otro progenitor y reforzar cualquier gesto de rechazo o desprecio hacia él.
Para un niño, los efectos biopsicosociales del síndrome de alienación parental pueden ser devastadores. Se alteran su desarrollo emocional, sus relaciones sociales y su manera de entender el amor y la confianza. Tanto para el padre o madre alienado como para el niño, la eliminación y negación de contacto en ausencia de negligencia o abuso real constituyen un trato cruel que no merecen.
Se trata de una forma de maltrato infantil que debería estar protegida por la ley, ya que es un acto de justicia social que los niños puedan saber, conocer y ser cuidados por ambos padres, siempre que los dos estén en condiciones adecuadas para hacerlo.
En algunos sistemas jurídicos, cuando se demuestra este tipo de comportamiento, se pueden tomar medidas como cambiar la custodia, establecer visitas supervisadas e incluso ordenar procesos de terapia de reunificación entre el niño y el progenitor rechazado. El objetivo es proteger el derecho del menor a mantener vínculos sanos con ambos progenitores siempre que no exista un riesgo real.
Cómo es el padre o madre alienante

Un padre o madre que muestra un comportamiento de alienación parental suele presentar rasgos de personalidad problemáticos. Con frecuencia se observan tendencias narcisistas, es decir, personas altamente egoístas y egocéntricas. Pueden tener serias dificultades para escuchar las perspectivas de los demás, y prefieren centrarlo todo en lo que ellos quieren, piensan o sienten, sin tener en cuenta las necesidades emocionales de sus hijos ni del otro progenitor.
Normalmente, un progenitor alienante utiliza a los niños como “munición” en su conflicto. Los convierte en peones de una batalla cuyo único fin es dañar al otro progenitor, por haber tenido la “osadía” de terminar la relación o de no cumplir sus expectativas. Estas personas suelen afirmar que están “protegiendo” a sus hijos del otro progenitor porque es “malo” o “peligroso”, pero en realidad son ellos mismos quienes están generando un daño muy profundo en sus hijos.
Al utilizar a los niños para hacer daño al otro progenitor, ya están demostrando que tienen poca capacidad real de cuidar y proteger el bienestar emocional de sus hijos. No son capaces de separar el rol de pareja del rol parental, mezclando sus rencores de adultos con la crianza.
Además del narcisismo, puede aparecer otro elemento central en la personalidad de algunos padres o madres con comportamientos de alienación parental: el trastorno límite de la personalidad (TLP), caracterizado por inestabilidad emocional y reactividad intensa. La emoción excesivamente intensa suele expresarse como rabia o enfado desproporcionado, con grandes dificultades para calmarse a sí mismos o regular cómo reaccionan.
Por este motivo, cuando se sienten mal, tristes o enfadados, sus emociones intensas pueden durar mucho más que en otras personas emocionalmente más estables. Esto favorece que se instalen en un papel de víctima permanente, culpando a los demás de cualquier cosa que vaya mal en sus vidas y sin asumir responsabilidad propia.

Estas deficiencias en la capacidad de recuperación emocional ayudan a entender por qué, una vez que se sienten traicionados o decepcionados por la ruptura, pueden desarrollar una auténtica campaña de difamación y ataque contra el ex, usando a los hijos como instrumento.
Este tipo de trastornos o rasgos se hacen más evidentes cuando un padre alienante inventa o distorsiona la realidad con acusaciones falsas o insultos. Por ejemplo, puede decir a los hijos cosas como: “Tu padre es un egoísta” cuando, en realidad, la persona que está actuando de forma egoísta es quien habla de esa manera delante del niño. O frases como: “Tu madre está loca”, mientras el propio progenitor que lo afirma presenta conductas emocionales muy tóxicas e inestables.
Este tipo de padres o madres alienadores intentan buscar y poner de su parte a otras personas (abuelos, tíos, amigos) para que luchen contra la supuesta figura “malvada”. Así dividen a la familia en una lucha constante de “yo contra ti” o “nosotros contra ellos”, dejando al menor atrapado en un conflicto de lealtades imposible de sostener.
Las personas con estos rasgos se enfadan con facilidad cuando alguien no les da la razón o no se pliega a sus deseos. Por ejemplo, si la pareja decide acabar con el matrimonio por el motivo que sea, la persona alienante no será capaz de mantener una relación sana y colaborativa, ni siquiera por el bien de los hijos. Su único objetivo pasa a ser destruir la relación del niño con el otro progenitor, aun sabiendo que eso causará sufrimiento.
En los casos más graves, este comportamiento puede evolucionar hacia formas de violencia psicológica más amplias dentro de la familia. El menor, que inicialmente es víctima de esta manipulación, puede llegar a reproducir patrones de agresividad (verbal o incluso física) hacia el progenitor rechazado, y a veces, con el tiempo, también hacia el progenitor que inició la alienación.
Consecuencias psicológicas y sociales en los hijos

Los hijos que sufren alienación parental desarrollan un odio patológico e injustificado hacia uno de sus progenitores. Este rechazo no nace de experiencias propias negativas reales, sino de la acumulación de mensajes, presiones y relatos que les ha transmitido el progenitor alienador.
Entre las consecuencias más frecuentes se encuentran:
- Deterioro de la autoestima: el niño interioriza mensajes contradictorios sobre quién es, de quién puede fiarse y qué merece en las relaciones afectivas.
- Problemas de ansiedad y depresión, que pueden expresarse con tristeza, irritabilidad, miedos nocturnos, problemas de sueño o somatizaciones.
- Dificultades para confiar en los adultos, ya que una de sus figuras de referencia ha sido desacreditada y la otra le obliga a tomar partido.
- Conductas agresivas o desafiantes hacia el progenitor alienado, que pueden derivar en insultos, desprecio constante o negativa total a verle.
- Riesgo de repetir el patrón en la adolescencia o vida adulta, tanto en relaciones de pareja como en la futura relación con sus propios hijos.
En determinadas situaciones extremas, la alienación puede ser un factor que contribuya a la violencia filio-parental, es decir, a que el hijo termine ejerciendo violencia psicológica o física contra uno de sus progenitores. De esta manera, el menor pasa de ser víctima de la manipulación a convertirse en agresor, repitiendo lo aprendido como forma de relación.
Todo este entramado emocional hace que el niño viva una infancia marcada por el conflicto, la culpa y la confusión. Y aunque algunas legislaciones no reconozcan el “síndrome” como diagnosis clínica, cada vez hay mayor consenso en que estas conductas suponen una forma muy seria de violencia contra la infancia, que debe ser detectada y abordada con rapidez.
Los niños necesitan a ambos padres

No importan las circunstancias de la ruptura, los niños necesitan a ambos padres, siempre que no exista maltrato real, abuso o negligencia grave. Sin embargo, no se benefician, y de hecho salen gravemente perjudicados, cuando los padres hablan de forma negativa del otro progenitor o cuando los ponen en medio de sus conflictos.
Los niños no necesitan presenciar una batalla campal entre sus padres. Tampoco necesitan que les exijan elegir a quién quieren más o quién “tiene razón”. Ellos solo necesitan poder querer a sus dos progenitores de la manera más libre y sana posible, aunque estos tengan vidas separadas y hayan tomado rumbos distintos.
Los niños jamás deben estar en medio de la ira que se tienen los padres ni en mitad de sus luchas de poder. No es correcto que un padre o madre ignore las necesidades emocionales de los menores solo para lastimar al otro progenitor. Cuando esto ocurre, el niño no solo pierde a uno de sus padres, sino que pierde también la confianza en que el amor adulto pueda ser estable, respetuoso y seguro.
Por ello, muchas asociaciones y profesionales insisten en que la mejor terapia es la prevención. Es decir, trabajar desde el primer momento de la ruptura para que los progenitores puedan gestionar sus emociones sin usar a los hijos como mensajeros, espías, jueces o aliados. Cuanto antes se intervenga, menos probabilidades habrá de que la alienación se consolide y de que el rechazo del menor se cronifique.
Si estás pasando por un momento donde sospechas que tu ex está ejerciendo alienación parental, será necesario que valores con calma qué está ocurriendo. Conviene consultar con profesionales especializados (psicólogos infantiles, mediadores, abogados de familia) para analizar la situación, recoger pruebas de posibles interferencias y, si es necesario, poner cartas en el asunto a nivel legal.
En cambio, si eres tú quien está intentando poner en contra a tus hijos contra su padre o madre, tendrás que detenerte y pensarlo de nuevo. Tus hijos no se merecen soportar este peso, y si continúas, es muy probable que desarrollen problemas emocionales severos en el futuro, dificultades para relacionarse y una gran confusión interna sobre lo que es el amor y el respeto.
Ser madre o padre implica una enorme responsabilidad: proteger el vínculo de los hijos con el otro progenitor, siempre que no exista un riesgo real para su integridad. Cuando los adultos priorizan el bienestar emocional de los niños por encima del rencor hacia la ex pareja, la separación puede dejar de ser un campo de batalla para convertirse en un nuevo escenario de vida, más sano y respetuoso para todos.
Comprender la alienación parental como una forma de maltrato infantil ayuda a tomar conciencia de que estas conductas no son simples “cosas de divorcios complicados”, sino dinámicas profundamente dañinas que pueden marcar a una persona para toda la vida. Detectarlas, pedir ayuda especializada y cuidar el derecho de los menores a amar y ser amados por ambos progenitores es una de las decisiones más valientes y responsables que se pueden tomar tras una ruptura.
