
“No se puede vivir con las alas rotas” es una de esas frases que se te quedan clavadas por dentro. No solo da título a una reflexión clave de Elsa Punset, sino que resume el viaje interior que comparte en su libro Alas para volar, una guía emocional construida a partir de una historia tan sencilla como poderosa: el rescate y la crianza de un pequeño gorrión caído del nido en un pueblo de Galicia.
En estas páginas, y en las conversaciones y entrevistas que ha concedido, Elsa transforma la experiencia de cuidar a un pájaro indefenso en una metáfora profunda sobre cómo sanar nuestras propias heridas, aprender a decir “no”, escuchar al cuerpo, reconciliarnos con la infancia y reconectar con la naturaleza y con los demás. Todo ello desde un tono cercano, sin idealizar la vida, hablando de fracasos, pérdidas, miedos y también de ternura, comunidad y segundas oportunidades.
Quién es Elsa Punset y de dónde nace “Alas para volar”
Antes de que un gorrión entrara en su vida, Elsa Punset ya era una de las voces más reconocidas en inteligencia emocional en el mundo hispanohablante. Se licenció en Filosofía y Letras y cursó un máster en Humanidades en la Universidad de Oxford, se formó como periodista en la Universidad Autónoma de Madrid y completó un máster en Educación Secundaria en la Universidad Camilo José Cela.
Además de su labor académica, colabora con frecuencia en medios de comunicación, imparte conferencias en todo el ámbito hispano y dirige el Laboratorio de Aprendizaje Social y Emocional, centrado en aplicar la inteligencia emocional a la toma de decisiones y al aprendizaje, tanto en la infancia como en la vida adulta.
Su trayectoria literaria es amplia: de su mano han salido títulos tan conocidos como Brújula para navegantes emocionales, Inocencia radical, Una mochila para el universo, El león jardinero o El mundo en tus manos. Varios de ellos se han convertido en superventas y se han traducido a más de una docena de idiomas.
En paralelo, ha creado universos emocionales para niños con colecciones como «Los Atrevidos», Bobiblú o El león jardinero, donde enseña a los más pequeños a identificar y gestionar lo que sienten, convencida de que aprender a manejar las emociones es clave para crecer con bienestar.
En este contexto nace Alas para volar. Una guía transformadora para volver a empezar, publicada por Destino, un libro que se pregunta qué hacemos cuando la vida se desordena, cómo tomamos decisiones difíciles sin traicionarnos y dónde encontrar señales fiables cuando sentimos que hemos perdido el rumbo. La respuesta no llega en forma de teoría fría, sino a través de la historia real de un gorrión rescatado en una plaza de Galicia.
El verano del gorrión: cuando la vida te trae un maestro inesperado
Un verano en el norte de Galicia, en un pequeño pueblo donde Elsa compró una vieja frutería para convertirla en casa, la vida le plantó delante una prueba aparentemente pequeña. Gente agolpada frente a su puerta, miradas curiosas, y en medio de la plaza, un gorrioncito aterrado de apenas una semana de vida, caído seguramente del tejado.
En el campo, explica ella, muchas veces lo más sensato es dejar al polluelo donde está, porque los padres pueden seguir alimentándolo. Pero en una plaza asfaltada, entre coches y gatos, aquel pajarillo no tenía ninguna opción. Mientras familia y amigos le decían “no te líes, suéltalo, ya bastante tienes”, ella vivía un momento de cansancio y mala racha personal en el que, en teoría, solo quería desconectar del mundo.
Sin embargo, decidió recogerlo y llevarlo a su peculiar frutería-casa, una vivienda llena de percheros de Ikea en lugar de armarios y con una gran mesa en la cocina donde “caben todos”. Lo que empezó como un gesto de compasión se convirtió enseguida en un compromiso de 24 horas: preparar un nido improvisado en la bañera, visitar al veterinario, aprender a alimentarlo con una jeringuilla cada poco tiempo.
Las primeras 24 horas fueron angustiosas: el gorrión no quería comer, parecía condenado. Hasta que, de pronto, su instinto de supervivencia despertó. Aprendió a aceptar la papilla con gusanos y vitaminas, a reconocer sus manos, a reclamar comida con sus piídos. Y mientras él luchaba por seguir vivo, Elsa, que pretendía pasar un verano “despreocupado”, se descubrió volcándolo todo en ese ser diminuto.
Con el paso de los días, nació una relación extraña y preciosa: él dependía de ella para sobrevivir y, sin darse cuenta, ella empezó a apoyarse en él para salir de su propio bache. “El pájaro fue un regalo que me hizo la vida”, explica, “un maestro inesperado que me obligó a parar, a cuidar y a mirarme por dentro”.
“No se puede vivir con las alas rotas”: el mensaje del gorrión
Uno de los momentos clave que Elsa narra es el día en que el gorrión decide que ya no quiere la jeringuilla. Como buena “madre helicóptero”, seguía empeñada en darle al menos un par de tomas más de papilla al día, aunque el pájaro empezaba a picotear semillas por su cuenta.
Tras varios intentos forzados, un día, mientras ella se felicita pensando “mira qué bien, se la está tomando”, ve cómo la papilla empieza a salir por las comisuras del pico. El gorrión la mira fijamente, con esos ojos enormes de cría, y es como si le dijera: “Te he dicho que no. No quiero más”.
Esa pequeña escena cotidiana le hizo caer en la cuenta de algo enorme: un pájaro de pocas semanas sabía poner límites mejor que ella. Al contrario que el gorrión, Elsa se había pasado media vida diciendo que sí por no molestar, por complacer, por miedo a decepcionar. Especialmente como mujer, educada para cuidar y agradar, cargar con todo y llegar a agotarse.
Ahí nace una de las ideas fuerza del libro: aprender a decir “no” es un acto radical de autocuidado. Es la primera señal de que te estás tratando con respeto, porque “no puedes dar lo que no tienes”. Si te exprimes hasta vaciarte, si acumulas cansancio, resentimiento o enfermedad, ¿qué puedes ofrecer a los demás?
El gorrión le enseñó que decir “no” sin excusas ni dramas es necesario: no siempre hay que justificarse con mil historias. A veces la razón es tan simple como “no quiero” o “no puedo porque necesito descansar”. Y a la vez, aprendió que la otra cara de la moneda es igual de importante: ser capaz de recibir un “no” ajeno sin ofenderse, sin tomárselo como algo personal.
Las dos grandes fuerzas: amor y miedo
En sus reflexiones, Elsa resume la vida emocional humana en dos pilares: el amor y el miedo son las dos grandes fuerzas que mueven casi todas nuestras decisiones. Detrás de muchos “no me atrevo”, “no valgo” o “no lo merezco” suele esconderse el miedo; detrás de los gestos de cuidado, del compromiso y de la ternura, suele estar el amor.
Cuando recogió al gorrión en la puerta de su casa, tuvo claro que cada gesto iba a dejar un rastro: podía elegir la indiferencia o podía elegir el cariño. Optó por el amor, aunque implicase desvelos nocturnos, visitas al veterinario, organizar su vida entera alrededor de los horarios de alimentación del pájaro.
“En cada cosa que hacemos dejamos un legado de amor o de indiferencia”, explica. Esa elección, repetida día a día, no solo influye en los demás, sino que va moldeando quiénes somos. Y el libro insiste en que hay una motivación interior, casi biológica, en todo ser humano para desarrollarse y construir una vida mejor, más coherente con lo que siente.
Al mismo tiempo, Elsa no se deja llevar por idealismos: no ha querido escribir un cuento de hadas. Habla sin tapujos de errores, fracasos, desilusiones y pérdidas, porque forman parte inevitable del proceso de cambio. Lo importante no es evitar los golpes, sino aprender de ellos y, llegado el momento, darse permiso para volver a empezar.
Infancia: la primera parte de la vida como “error inevitable”
Uno de los capítulos centrales de Alas para volar se titula “Superar la infancia”. Allí Elsa recoge una idea del psicólogo jungiano James Hollis que le fascina: “la primera parte de tu vida es un error gigantesco e inevitable”. No en el sentido de que todo vaya mal, sino en el de que la vivimos sin conciencia, condicionados por lo que ocurre en casa.
Al nacer, dice, los padres “te caen encima como un meteorito”. No los eliges, no eliges el “nido” en el que te crías, igual que el gorrión no eligió el tejado inadecuado desde el que se precipitó a la plaza. Y por muy bienintencionados que sean, ningún padre o madre lo hace todo perfecto: cada familia transmite heridas, creencias limitantes, miedos y formas de ver el mundo que vamos arrastrando de adultos.
Cada hijo, además, vive una versión distinta de esa familia. Los hermanos no comparten exactamente la misma infancia: los padres los miran con lentes diferentes, proyectan expectativas distintas, están en momentos vitales diversos. O sea, que aunque crezcas en el mismo piso, cada uno se lleva una mochila emocional distinta.
La “segunda parte de la vida”, siguiendo a Hollis, empieza cuando empiezas a detectar esos patrones: ves que tropezas siempre con la misma piedra en tus relaciones, en el trabajo, en cómo te hablas. Ese es el punto de inflexión en el que dejas de vivir en piloto automático y empiezas a hacerte preguntas incómodas pero necesarias: ¿esto que creo de mí es mío o me lo contaron? ¿Esta forma de amar es heredada o elegida?
Y esa segunda parte no tiene edad fija: puede llegar a los 25, a los 80 o no llegar nunca. Hay quien se despierta a raíz de un duelo, de una enfermedad, de una ruptura; otros, al convertirse en padres o abuelos. Y también hay quien atraviesa toda su existencia sin salir de ese piloto automático, sin revisar sus lealtades ni sus miedos.
Escuchar el cuerpo: cuando la piel habla más claro que la mente
Uno de los aprendizajes más potentes que relata Elsa tiene que ver con el cuerpo. Durante mucho tiempo, como tantos de nosotros, vivió desconectada de sus señales físicas, confiando más en la cabeza que en las sensaciones. Hasta que el cuerpo dijo “basta”.
Tras una pérdida importante y una época emocionalmente dura, decidió tirar de voluntad: seguir trabajando, seguir cumpliendo, seguir hacia delante. Primero llegaron los insomnios, noches en vela encadenadas. Más tarde, aparecieron unas urticarias brutales por todo el cuerpo, sin causa aparente.
Después de meses de pruebas con una alergóloga, sin encontrar alérgeno claro, Elsa preguntó: “¿No cree que puede ser psicosomático?”. La doctora, medio en broma medio en serio, le contó el caso de una paciente cuya enorme urticaria se debía, al final, a una alergia al vello de su marido. El ejemplo era impactante: el cuerpo había puesto palabras a algo que la mente no quería escuchar.
De ahí nace el capítulo “El cuerpo sabe”, donde insiste en que la mente se enreda en excusas, ilusiones, autoengaños, mientras que el cuerpo es un testigo mucho más fiable de lo que realmente nos pasa. Palpitaciones, falta de aire cuando estamos con alguien, opresión en el pecho, migrañas, dermatitis, insomnio sostenido… muy a menudo son señales de alerta que no conviene silenciar a base de pastillas sin mirar más allá.
En el libro, conecta esta idea con conceptos como las “red flags”, los “aquí no es” y el papel de la intuición corporal: algo en ti se encoge cuando entras en un entorno tóxico o cuando una relación no te sienta bien. Escuchar eso a tiempo puede librarte de muchos años de sufrimiento y malas decisiones.
Pobreza afectiva y triple desconexión: de nosotros, de los demás y de la naturaleza
A partir de su experiencia con el gorrión, Elsa amplía la mirada y habla de lo que llama “pobreza afectiva” en nuestra sociedad. No se refiere a la falta de bienes materiales, sino a la escasez de ternura, cuidado y vínculos profundos en un mundo hiperconectado pero, paradójicamente, muy solo.
En su análisis detecta tres cortes claros. El primero es la desconexión de uno mismo: vivimos rodeados de estímulos, ocupando cada hueco con pantallas y tareas, sin tiempo para la pausa, la reflexión o la digestión emocional de lo que nos pasa. Eso nos lleva a vivir en la cabeza y a ignorar tanto el cuerpo como la voz interior.
El segundo, muy documentado en países como Reino Unido (donde incluso existe un Ministerio de la Soledad), es la desconexión de los demás. Hay una epidemia silenciosa de aislamiento, de personas que se sienten solas en medio de ciudades abarrotadas. Sin tribu, sin apoyo comunitario, cualquier bache vital se multiplica.
El tercer corte, quizá el más profundo, es la desconexión de la naturaleza. Olvidamos que somos literalmente polvo de estrellas, formados por las mismas partículas que las plantas o los animales. En apenas seis generaciones, explica Elsa, hemos pasado de vivir pegados a la tierra a refugiarnos en ciudades de cemento con muy poca presencia de verde real.
Esa ruptura tiene dos caras: una ecológica y otra existencial. Ecológica, porque tratamos a otras especies como recursos explotables, criándolas en condiciones crueles, destruyendo hábitats y esquilmando los ecosistemas que sostienen la vida. Existencial, porque la naturaleza nos brindaba algo que ahora echamos en falta: un sentido de pertenencia a algo mayor, una forma de trascendencia más allá del consumo.
En una cultura hiper-materialista y consumista, con religiones tradicionales en retroceso, muchas personas sienten un hambre sorda de propósito, de misterio, de algo que dé sentido a estar vivos. Volver a pisar tierra, cuidar un huerto, sentarse junto a un árbol o mirar pájaros —por simple que suene— ayuda a reconectar con esa dimensión profunda.
Del baño al cielo: despedirse del gorrión y crear Terraviva
La convivencia con el gorrión no fue cómoda ni perfecta. Durante meses, vivió prácticamente instalada en el baño donde estaba el pájaro, inventándole un “árbol” con un perchero de Ikea y ramas del bosque para que practicara saltos y pequeños vuelos.
Al principio lo alimentaba con jeringuilla varias veces al día, pero con el tiempo fueron llegando otros retos: enseñarle a picotear semillas, a fortalecerse, a usar las alas. El pájaro desarrolló un carácter propio, un modo de reclamar atención, una forma muy concreta de mirarla cuando quería algo.
El momento de mayor ambivalencia emocional llegó cuando, a finales de verano, Elsa tuvo que dejar Galicia para retomar viajes y conferencias. Alargó su estancia todo lo que pudo, pero sabía que no podía llevárselo de gira ni mantenerlo en un baño para siempre. No quería jaulas; quería que, al menos, supiera lo que era volar.
Descubrió entonces la existencia de los CRAS, Centros de Recuperación de Animales Silvestres. Llevó al gorrión a uno en Madrid, con el corazón encogido y llorando tanto que las personas del centro salieron a ver si estaba bien. Allí le dijeron algo que la alivió: que ya era un logro inmenso que ese polluelo hubiera sobrevivido hasta entonces, que ahora lo acogerían profesionales, le ayudarían a completar la muda y lo soltarían cuando estuviera listo.
Semanas más tarde, la avisaron del día en que lo liberarían, ya con su anilla identificativa. Para ella, ese primer vuelo simbolizaba el sentido de toda la historia: aunque muriera después en la naturaleza, al menos habría conocido para qué había nacido. Y, de paso, había despertado en ella proyectos que llevaba tiempo rondando.
De esa experiencia nace también la Fundación Punset Terraviva, dedicada a crear jardines terapéuticos, humanizar ciudades y promover la “prescripción social y natural” desde centros de salud: que los médicos puedan recomendar a personas con depresión, estrés o ansiedad acudir a espacios donde se mezclen naturaleza, huertos, comunidad y actividades significativas.
La idea de fondo es simple pero potente: necesitamos lugares en los que cuidarnos unos a otros y cuidar de otros seres vivos. Lugares donde recuerdes que no hay vidas pequeñas, que la tuya importa, pero también la del pájaro, la del vecino y la del árbol que tienes delante.
Alegría, guerra y paz: elegir cada día desde qué emoción vivir
Aunque el cerebro humano está cableado para la supervivencia, Elsa insiste en que eso no significa que estemos condenados a vivir a la defensiva. De fábrica venimos con un sesgo hacia lo negativo: detectamos peligros, recordamos afrentas, anticipamos amenazas. Es lógico en términos evolutivos, pero devastador si no se compensa.
La naturaleza prioriza que sigas vivo, no que seas feliz, creativo o generoso. Por eso, si no haces nada de forma consciente para cultivar la alegría, acabas atrapado en una coraza de miedo, desconfianza y rencor. Frente a eso, los niños y los animales le recuerdan que se puede vivir más ligero, más presentes, menos enganchados al pasado o angustiados por el futuro.
Elsa relaciona esta ligereza con la paz interior y exterior. En el libro dedica un capítulo a una elección que considera diaria: “guerra o paz”. Guerra es la forma en que nos tratamos cuando nos fustigamos, nos hablamos mal o nos exigimos hasta la extenuación; también es el tono en el que respondemos a los demás, la dureza con la que juzgamos o despreciamos.
Paz, por el contrario, no es un estado naíf ni pasivo, sino una decisión consciente. Es bajar la voz interior crítica, permitirse descansar sin culpa, preguntar “cómo estás” de verdad y escuchar la respuesta, mirar también a perros, pájaros e insectos como vecinos de planeta y no como elementos decorativos.
Pequeños gestos cotidianos pueden inclinar la balanza: dejar un cuenco con agua para gorriones y perros en verano, plantar en balcones especies que alimenten a polinizadores, saludar con un “buenos días” en la ciudad aunque a veces no te contesten, ofrecer una sonrisa o un “lo siento” sin esperar nada a cambio.
Al final, recuerda, cada acción te acerca un poco más a la guerra o un poco más a la paz. Y esa suma de pequeñas decisiones es la que define no solo tu vida, sino el tipo de sociedad y de planeta que estamos construyendo entre todos.
El “club de los gorriones”: tribu, amistad y sentirse parte de algo
Otra de las preocupaciones que tuvo Elsa mientras cuidaba del pájaro era su soledad en el baño. Sabía que los gorriones son animales gregarios, que necesitan a los suyos para aprender códigos, cantos, jerarquías. Ella no podía ser “familia gorrión” por mucho que se esforzara.
Esa sensación la llevó a reflejar sobre nuestro propio hambre de tribu. Los humanos somos sociales por necesidad: no sobrevivimos solos, ni física ni emocionalmente. Sin embargo, en la madurez es fácil ir perdiendo “capital social”: los hijos absorben la energía, el trabajo se impone, algunos amigos se quedan por el camino.
Contó en una entrevista que encontró inspiración inesperada en Jane Fonda. La actriz explicaba en un vídeo que, para no perder amistades nuevas a cierta edad, simplemente se atrevía a preguntar: “¿Quieres ser mi amigo/a?”. Directa, sin rodeos infantiles. A Elsa le pareció tan buena idea que empezó a ponerla en práctica.
En una fiesta de cumpleaños a la que fue sola, se propuso encontrar un “amigo Jane Fonda”. Le costó, porque la vergüenza pesa más de lo que pensamos, pero lo consiguió. Desde entonces tiene un pequeño grupo de “amigos Jane Fonda” con los que ha compartido viajes (como uno a Sri Lanka), cenas en la frutería gallega y proyectos vitales nuevos.
La lección es clara: construir comunidad requiere atrevimiento, pero compensa con creces. La alegría, insiste, rara vez se experimenta en soledad. Crece cuando se comparte, cuando te sientes mirado, reconocido, acompañado. Igual que un gorrión necesita su bandada, nosotros necesitamos nuestro propio “club de gorriones”.
Mirando todo su recorrido, desde los estudios en Oxford hasta el rescate de un pájaro en una plaza gallega, pasando por la fundación Terraviva y las miles de personas que han leído sus libros, se entiende mejor por qué repite tanto que “no se puede vivir con las alas rotas”. Las alas, en su metáfora, son la capacidad de elegir el amor sobre el miedo, de decir “no” cuando toca, de honrar lo que el cuerpo sabe, de revisar la infancia sin quedarse atrapados en ella, de tejer comunidad y de regresar una y otra vez a la naturaleza como casa común. Cuidarlas, aunque a veces duelan o estén magulladas, es la única forma de volver a volar.