Ni hembrismo, ni feminismo mal entendido, ni machismo… ante todo somos personas. Personas que quieren recibir un trato igualitario, un trato que no nos denigre como seres humanos, un respeto a partes iguales por toda la sociedad. Desgraciadamente, para muchos, es demasiado complicado entender que somos personas con derechos y deberes y que para poder ser una buena sociedad, lo que hay que hacer es… respetarnos y reconocernos en igualdad de dignidad.
Existen muchas actitudes sexistas en nuestra sociedad que dividen a las personas. En realidad, existen muchos términos que solo provocan confusión en quienes no tienen una formación específica en estos ámbitos y que incluso pueden agravar el problema de división social. Palabras como feminismo, machismo, hembrismo, misoginia o misandria se usan a menudo como sinónimos cuando en realidad describen realidades muy distintas.
Comprender bien estos conceptos no es solo una cuestión de teoría. Influye directamente en cómo educamos, en cómo nos relacionamos y en cómo diseñamos leyes y políticas públicas. Si confundimos el feminismo con odio a los hombres, por ejemplo, es más fácil deslegitimar las luchas que buscan la igualdad real. Si negamos que exista el hembrismo como actitud individual, será más difícil ver cuando alguien está cayendo en un rechazo injustificado hacia los hombres, aunque no exista un sistema social que lo respalde.
Hembrismo y feminismo

Hembrismo y feminismo no es lo mismo pero se confunden con frecuencia. Hay personas que creen que son dos términos iguales o que significan lo mismo, pero nada más lejos de la realidad. El significado de feminismo tiene mucho peso e historia, mientras que hembrismo, además de ser diferente, es un término que se usa de forma más reciente y con sentidos diversos según el contexto académico, social o mediático.
En el debate público, muchas veces se ha utilizado la palabra hembrismo de manera despectiva para desacreditar a las feministas, intentando hacer creer que su objetivo no es la igualdad, sino la supremacía de la mujer sobre el hombre. Por eso, es clave separar con claridad los conceptos: qué es feminismo, qué es machismo, qué puede llamarse hembrismo y qué otras ideas como misandria o marianismo entran en juego.
Feminismo
Cuando hablamos de feminismo hablamos de movimientos sociales, políticos y culturales que existen con el objetivo de visibilizar y empoderar a las mujeres. Buscan la igualdad de géneros y de oportunidades en lugar de que las mujeres estén por debajo de los hombres. El feminismo, por tanto, es un fenómeno social con mucha historia que se ha ido transformando con los años y que reúne diferentes corrientes (liberal, radical, materialista, cultural, ecofeminismo, feminismo de la igualdad, de la diferencia, etc.), pero todas comparten un mismo eje: igualdad de derechos entre mujeres y hombres.

Se intenta cambiar la legislación, las costumbres o los hábitos de una sociedad que aún continúa en gran parte con pensamientos y prácticas machistas, debido a siglos de dominio del hombre sobre la mujer. El machismo se ha plasmado en leyes, en la economía, en la política, en la cultura y en la vida cotidiana: desde la imposibilidad de votar o tener propiedades, hasta la desigualdad salarial o la carga casi exclusiva de los cuidados.
La causa de que exista este dominio nunca se podrá entender desde la lógica de la igualdad, puesto que tanto el hombre como la mujer son dos seres que deben tener los mismos derechos y obligaciones en esta sociedad. De esta constatación nace el feminismo como movimiento organizado, que se apoya en marcos legales (como las constituciones y leyes de igualdad) y en la defensa de los derechos humanos. Se busca la igualdad y el respeto mutuo, no la inversión de los papeles de poder.
Es importante subrayar algo que a menudo se olvida: según la definición de la propia lengua española, el feminismo es principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, y también el movimiento que lucha por hacerlo efectivo. Por eso, decir “no soy feminista, solo busco la igualdad” es una contradicción en los términos. En esencia, si crees en la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, tu postura es feminista, aunque no te identifiques con todas las corrientes o con todas las personas que se dicen feministas.
Hembrismo
Cuando hablamos de hembrismo, nos referimos a otra cosa totalmente diferente. En su uso más extendido hoy, describe una actitud de menosprecio y ataques indiscriminados hacia los hombres solo por el hecho de serlo. Sería como el machismo hacia la mujer, pero hacia el hombre en este caso. En este sentido, se asemeja a la misandria, que es el odio o aversión hacia los hombres como grupo.
Se observa un comportamiento directo de menosprecio hacia el hombre, ya sea con comportamientos, conversaciones, insultos, burlas o generalizaciones negativas del tipo “los hombres son todos iguales” o “ningún hombre es de fiar”. El hembrismo, entendido así, tiene que ver mucho con el sexismo y con la idea de que un sexo es superior al otro.

Sin embargo, el término hembrismo es más complejo. En la literatura académica se ha usado de formas distintas. En algunos textos de psicología y sociología se habló de hembrismo para referirse a una actitud de sumisión exagerada de la mujer hacia el hombre, un rol pasivo y abnegado que reproduce el modelo de la “mujer ideal” sacrificada y dependiente (relacionado con el marianismo latinoamericano). En este enfoque, el hembrismo no sería odio a los hombres, sino una forma extrema de dependencia y autosacrificio femenino que mantiene el poder masculino intacto, pero otorga a las mujeres una supuesta “superioridad moral”.
En el lenguaje cotidiano y mediático, sin embargo, cuando se habla de hembrismo casi siempre se hace para nombrar una actitud que presupone la superioridad de las mujeres sobre los varones y que se presenta como “par” o “opuesto” al machismo. Muchos colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos rechazan este uso porque consideran que se emplea de forma peyorativa para atacar los postulados feministas y para sugerir, de manera engañosa, que existe una situación de opresión estructural de las mujeres sobre los hombres equivalente al patriarcado.
En resumen, hoy conviven tres usos principales de la palabra hembrismo:
- Como actitud individual de desprecio o discriminación hacia los hombres, similar a la misandria.
- Como rol femenino de sumisión y sacrificio extremo, vinculado al marianismo y a la “superioridad moral” de la mujer en determinadas culturas.
- Como etiqueta descalificadora contra el feminismo, empleada desde sectores antifeministas o masculinistas para presentar la lucha por la igualdad como un intento de dominación femenina.
En cualquiera de sus sentidos, estamos hablando de actitudes o roles particulares, no de un sistema social global comparable al machismo patriarcal. Esta diferencia es fundamental para no caer en falsas simetrías que invisibilicen la desigualdad histórica que sí sufren las mujeres.
Nada tiene que ver el hembrismo con el feminismo

Como ves, el feminismo y el hembrismo nada tienen que ver una cosa con la otra. El feminismo es un fenómeno social de lucha desde el respeto hacia el hombre y la mujer, y el hembrismo, entendido como odio o menosprecio hacia los hombres, es una actitud de rechazo solo por ser varones. Eso sí, ambos son productos de la desigualdad entre hombres y mujeres donde la mujer siempre ha salido perjudicada a lo largo de la historia, creando entonces esta lucha por un lado y, por otro, sentimientos de rencor, miedo u hostilidad que algunas personas pueden desarrollar.
El feminismo es un colectivo que se rige por movimientos sociales. No se puede definir como algo individual. Es un cambio que se quiere conseguir en el sistema político, económico, cultural y simbólico. Por otra parte, en cuanto al hembrismo, sí se trata de una actitud individual o de pequeños grupos, de alguien en concreto que tiene estos sentimientos particulares. No existen estructuras de poder consolidadas basadas en el hembrismo que sitúen a los hombres en una posición sistemática de subordinación frente a las mujeres.
Una persona que sea feminista no tiene por qué ser hembrista. De hecho, el feminismo coherente rechaza tanto el machismo como cualquier forma de sexismo inverso porque su objetivo es la igualdad, no reemplazar un grupo dominante por otro. Una persona hembrista sí puede apoyar también determinadas reivindicaciones feministas, aunque quizá tenga unos pensamientos más extremos o que no todas las feministas compartan (sobre todo si no aboga por la igualdad y el respeto, sino por el castigo o la humillación del otro sexo).
El feminismo busca el bienestar de todos, el poder igualitario tanto para el hombre como para la mujer. El machismo, en cambio, quiere que el hombre tenga el poder solo por serlo. En cambio, el hembrismo y el odio que genera hacia los hombres sí buscan un sesgo social: quieren que las mujeres tengan el poder y que los hombres dejen de tenerlo, o al menos ven con buenos ojos su marginación simbólica. Sienten rechazo hacia el hombre como colectivo, no solo crítica hacia sus privilegios.
Muchas personas feministas sienten que las personas hembristas, o las que actúan desde la misandria, pueden perjudicar su movimiento social. El hembrismo, como actitud, existe aunque muchas personas no quieran verlo, pero no es equiparable al machismo como sistema histórico. Aun así, nombrarlo ayuda a comprender mejor que cualquier forma de odio de género es dañina y que no se corrige una injusticia creando otra nueva.
El machismo es un pensamiento infundado por el hombre o por una cultura patriarcal, donde se sostiene que los varones son seres superiores a las mujeres. Se piensa que el hombre es quien manda y domina. El machismo es una ideología que engloba un conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias donde la mujer debe ser sometida y discriminada a voluntad del hombre. Normalmente con comportamientos de humillación, desvalorización o violencia hacia la mujer.

Frente a este sistema, además de la respuesta feminista, han empezado a surgir debates sobre la necesidad de un “masculinismo” constructivo, entendido no como reacción antifeminista, sino como una relectura de la condición masculina que permita a los hombres vivir su identidad sin culpas ni rigideces, asumiendo responsabilidades en la igualdad pero también atendiendo a sus propias necesidades emocionales. Esta reflexión no reemplaza al feminismo, sino que puede complementarlo si se construye desde el respeto y la igualdad, y no desde el resentimiento contra las mujeres.
Lo que hembristas y machistas olvidan
Los pensamientos extremos siempre nublan el juicio de las personas, porque cierran en banda la comunicación o el entendimiento. Hay cosas que las hembristas y los machistas olvidan y es que, sí, es cierto que hombres y mujeres son diferentes en muchos aspectos biológicos, psicológicos y culturales, pero esto no significa que uno deba ser inferior al otro o a la inversa. Las diferencias entre hombres y mujeres es lo que realmente nos da riqueza social y humana, lo que hace que seamos una especie única y diversa.
Olvidan que nuestra sociedad no se debe basar en una lucha de poder entre bandos, que no deben existir frentes cerrados. No eres “de las mujeres” o “de los hombres”, no estás de parte de unos contra otros… simplemente somos personas. Debemos vivir y convivir como personas, con la conciencia de que las desigualdades históricas afectan sobre todo a las mujeres, pero también encorsetan a los hombres en roles de dureza, éxito y control emocional que muchos no desean.
El sistema está mal organizado por culpa de la falta de información, la ignorancia del pasado y los intereses que se han beneficiado de la desigualdad. En la actualidad, tenemos información y criterio suficientes para poder cambiar las cosas, para darnos cuenta de que hombres y mujeres no somos equipos contrarios, somos complementarios y nos necesitamos unos a otros. Esto implica revisar cómo educamos en las escuelas, qué modelos presentamos en los medios de comunicación y qué mensajes transmitimos en la familia acerca de lo que “debe” ser un hombre o una mujer.
Una sociedad que desfavorece a la mujer va mal. Una sociedad que desfavorece al hombre tampoco irá bien. Se trata de asumir roles de forma libre, sin imposiciones de género. No se necesitan opresores ni deben haber víctimas permanentes. Nadie tiene el poder sobre nadie por naturaleza. El poder, cuando se ejerce de forma desigual, corrompe y deshumaniza, tanto a quien lo sufre como a quien lo ejerce.
Es importante y necesario, por el bien social, darse cuenta de que los extremos nunca son buenos. La sociedad solo tiene un término que se debe reconocer y valorar: personas. Debemos luchar por el bien humano, por el bien social, por una convivencia basada en el respeto, la corresponsabilidad y la justicia. Al mismo tiempo, es útil poner nombre a las realidades: machismo cuando hay dominio masculino, hembrismo o misandria cuando hay desprecio hacia los hombres, feminismo cuando se busca igualdad. Nombrar bien cada cosa ayuda a no confundir la defensa de derechos con el odio hacia el otro sexo.
Lo que puede resultar triste es que aún se vea un largo camino por recorrer solo por la dificultad que presenta, para muchos, abrir la mente, revisar privilegios, renunciar a estereotipos y aceptar que no se trata de ganar una guerra entre sexos, sino de transformar un sistema que ha generado dolor, frustración y violencia en ambos lados. Una sociedad verdaderamente madura será aquella en la que ya no tenga sentido hablar de hembrismo o machismo porque las relaciones entre mujeres y hombres se basarán, de forma natural, en la igualdad, el cuidado mutuo y la libertad compartida.