Insomnio, patrones del sueƱo y su impacto en el riesgo cardiovascular

  • El insomnio y otros trastornos del sueƱo aumentan el riesgo de hipertensión, insuficiencia cardiaca, enfermedad coronaria e ictus a travĆ©s de mecanismos como la activación simpĆ”tica, la inflamación y la disfunción metabólica.
  • La apnea obstructiva del sueƱo y el sĆ­ndrome de piernas inquietas incrementan la carga cardiovascular mediante hipoxia intermitente, estrĆ©s oxidativo y alteraciones hemodinĆ”micas nocturnas, con alta prevalencia en pacientes hipertensos y coronarios.
  • Mantener patrones de sueƱo saludables (7-8 horas, ausencia de insomnio, sin somnolencia diurna ni apnea) se asocia con reducciones graduales y significativas del riesgo de eventos cardiovasculares en la población general.
  • Las guĆ­as recomiendan la terapia cognitivo-conductual como primera lĆ­nea para el insomnio y la CPAP para la apnea del sueƱo, priorizando intervenciones no farmacológicas y un enfoque integral desde atención primaria para proteger el corazón a travĆ©s del buen dormir.

insomnio, patrones del sueƱo y riesgos cardiovasculares

El insomnio y los trastornos del sueño han pasado de ser vistos como una simple molestia nocturna a considerarse un auténtico problema de salud pública. Cada vez mÔs estudios muestran que dormir mal no solo nos deja cansados y de mal humor, sino que se asocia con un mayor riesgo de hipertensión, infarto, ictus e insuficiencia cardiaca. El corazón, el cerebro, el metabolismo y el estado de Ônimo pagan la factura de las noches en vela.

En los Ćŗltimos aƱos, distintas investigaciones han ido encajando las piezas: la duración y la calidad del sueƱo, el insomnio, la apnea obstructiva del sueƱo y otros trastornos como el sĆ­ndrome de piernas inquietas se relacionan con una cascada de cambios biológicos —activación simpĆ”tica, inflamación sistĆ©mica, alteraciones hormonales y metabólicas— que favorecen la aparición y progresión de las enfermedades cardiovasculares (ECV). Vamos a repasar con detalle quĆ© se sabe hoy, cuĆ”les son los mecanismos implicados y quĆ© podemos hacer desde la consulta y desde casa para proteger tanto el sueƱo como el corazón.

Insomnio: qué es, cuÔn frecuente es y cómo se clasifica

sueño y corazón

El insomnio se define como una insatisfacción persistente con la cantidad o la calidad del sueño, acompañada de dificultades para conciliarlo, mantenerlo o despertares muy tempranos, con la sensación de no poder volver a dormir. Para hablar de insomnio clínicamente relevante, estos problemas deben asociarse a repercusión durante el día: cansancio, somnolencia, irritabilidad, dificultad para concentrarse o bajo rendimiento.

Los trastornos del sueño son muy frecuentes en la población general y el insomnio es el rey: según distintas definiciones, su prevalencia oscila entre el 5% y el 50%. Si nos quedamos solo con los síntomas nocturnos (problemas para iniciar o mantener el sueño), se estima que alrededor de un tercio de la población los sufre en algún momento. En España, se calcula que aproximadamente una de cada cinco personas tiene insomnio.

Las personas con insomnio suelen presentar múltiples comorbilidades médicas y psicológicas que pueden ser causa, consecuencia o ambas cosas a la vez: ansiedad, depresión, dolor crónico, consumo de sustancias, patología respiratoria o cardiaca. En nuestro entorno, mÔs de la mitad de quienes padecen insomnio han recurrido en algún momento a fÔrmacos para dormir, sobre todo benzodiacepinas, mientras que son muchos menos los que han recibido terapia psicológica específica, a pesar de ser el tratamiento de elección.

La Clasificación Internacional de los Trastornos del Sueño (ICSD-3) distingue varios tipos de insomnio, entre los que destacan tres grandes grupos: el insomnio crónico (síntomas al menos tres veces por semana durante 3 o mÔs meses, con repercusión diurna), el insomnio de corta duración (mismas dificultades pero con menos de 3 meses de evolución) y una categoría residual de otros tipos de insomnio, utilizada cuando no se cumplen plenamente los criterios anteriores o falta información para un diagnóstico definitivo.

MƔs allƔ de las definiciones tƩcnicas, conviene recordar que el insomnio es un sƭntoma que puede ser fluctuante: a temporadas va y viene, puede empeorar en Ʃpocas de estrƩs o enfermedad y mejorar con cambios de hƔbitos. Esta variabilidad hace que los estudios basados en una sola encuesta al inicio del seguimiento puedan infraestimar o sobreestimar el problema real.

El sueƱo como cuarto pilar de la salud cardiovascular

Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de muerte en el mundo. La hipertensión arterial destaca como el factor de riesgo aislado mÔs relevante: en Europa, aproximadamente uno de cada tres adultos es hipertenso, lo que equivale a mÔs de 230 millones de personas. Tradicionalmente se han considerado tres pilares bÔsicos de la prevención: alimentación saludable, actividad física regular y bienestar emocional.

En los últimos años, el sueño se ha ganado a pulso ser reconocido como el cuarto pilar de la salud. Numerosos estudios han demostrado que tanto la duración inadecuada del sueño (dormir poco o, en menor medida, demasiado) como la mala calidad (sueño fragmentado, no reparador, presencia de trastornos específicos) se asocian de forma llamativa con el desarrollo de hipertensión, cardiopatía isquémica, insuficiencia cardiaca, ictus y mortalidad cardiovascular.

La evidencia científica disponible apoya que las alteraciones del sueño formen parte del grupo de principales factores de riesgo cardiovascular potencialmente modificables, al nivel del tabaquismo, la obesidad o la dislipemia. La pérdida crónica de sueño se ha convertido en un rasgo de la vida moderna: horarios laborales extensos, exposición nocturna a pantallas, estrés constante y poca conciencia social de los efectos a largo plazo de dormir mal llevan a una población cada vez mÔs privada de sueño.

Distintos estudios epidemiológicos han mostrado que las personas que duermen de forma habitual menos de 6 horas por noche tienen mayor riesgo de hipertensión, enfermedad coronaria, ictus, obesidad, diabetes tipo 2 y síndrome metabólico. A todo esto se añaden efectos sobre la salud mental y el rendimiento cognitivo. Frente a ello, mantener un patrón de sueño adecuado (en adultos, unas 7-8 horas nocturnas, regulares y reparadoras) se asocia con un mejor pronóstico cardiovascular y una mayor esperanza de vida libre de eventos.

Insomnio e insuficiencia cardiaca: quƩ nos dicen los estudios

La insuficiencia cardiaca es uno de los grandes retos clínicos diarios. Pese a las mejoras en el tratamiento farmacológico y los dispositivos, sigue siendo una enfermedad grave que reduce de forma importante la cantidad y la calidad de vida. Se calcula que cerca del 70% de los problemas cardiovasculares se explican por factores de riesgo modificables, de ahí el enorme interés en identificarlos pronto y manejarlos de forma intensiva.

Un estudio de cohortes muy amplio, basado en el Health and Retirement Study de Estados Unidos, analizó a 12.761 personas mayores de 50 años, seguidas durante 16 años. Al inicio, un 38,4% de los participantes refería al menos un síntoma de insomnio: dificultad para conciliar el sueño, despertares nocturnos, despertar precoz o sensación de sueño no reparador. Durante el seguimiento, 1.730 personas desarrollaron insuficiencia cardiaca.

Los resultados mostraron que cada uno de los síntomas de insomnio considerados se asociaba con un aumento significativo del riesgo de insuficiencia cardiaca, aproximadamente 1,2 veces mÔs alto en comparación con quienes no tenían estos problemas de sueño. Pero lo mÔs llamativo fue el efecto acumulativo: el riesgo crecía de forma progresiva con el número de síntomas presentes.

  • Un sĆ­ntoma de insomnio se relacionó con un riesgo 1,22 veces mayor de desarrollar insuficiencia cardiaca.
  • Dos sĆ­ntomas se asociaron con un riesgo 1,45 veces mayor.
  • Tres sĆ­ntomas elevaron el riesgo a 1,66 veces.
  • Cuatro sĆ­ntomas (insomnio en todo su esplendor) aumentaron el riesgo a 1,80 veces.

Estos datos sugieren que los síntomas de insomnio se relacionan con la insuficiencia cardiaca tanto de forma individual como acumulativa y que, por tanto, deberían valorarse como un nuevo factor de riesgo a tener en cuenta en la prÔctica clínica. No solo se trata de preguntar por la presión arterial, el tabaco o el colesterol: también habría que incluir de forma sistemÔtica una breve evaluación de los hÔbitos y la calidad del sueño.

Ahora bien, los autores y los expertos que han revisado estos estudios recuerdan que el panorama no es tan sencillo. El insomnio es un fenómeno cambiante, difícil de medir con precisión y muy influido por estrés, comorbilidades y factores sociales. AdemÔs, en muchos trabajos observacionales no se puede descartar que parte del insomnio se deba a trastornos respiratorios del sueño como la apnea obstructiva, que sí sabemos con claridad que es un factor de riesgo cardiovascular potente.

Otra duda importante es si el insomnio actúa como causa directa de insuficiencia cardiaca o si es mÔs bien un marcador de una fisiopatología alterada mÔs amplia (malos hÔbitos de vida, inflamación, alteraciones hormonales) que es la que realmente conduce al daño cardiaco. Se necesita mÔs investigación, pero a efectos prÔcticos, integrar la valoración del sueño en la evaluación de riesgo cardiovascular ya es un paso sensato.

Cómo el insomnio daña el corazón: mecanismos biológicos

La relación entre insomnio y enfermedades cardiovasculares no se explica por un único mecanismo, sino por una suma de vías fisiopatológicas interconectadas. Entre las mÔs relevantes destacan:

En primer lugar, el insomnio se asocia a menudo con hÔbitos de vida poco saludables: peor dieta, sedentarismo, consumo de alcohol y tabaco, horarios irregulares. Dormir mal empeora el rendimiento diurno y la motivación, lo que a su vez dificulta mantener rutinas sanas. Se entra así en un círculo vicioso en el que los malos hÔbitos empeoran el sueño y el mal sueño hace mÔs difícil cambiar los hÔbitos.

En segundo lugar, a nivel biológico, el insomnio crónico se considera un estado de hiperactivación condicionada. En lugar de predominar el tono parasimpÔtico y la relajación durante la noche, el cuerpo mantiene un nivel elevado de activación del sistema nervioso simpÔtico y del eje hipotÔlamo-hipófisis-adrenales (HPA). Esto se traduce en aumentos de frecuencia cardiaca, presión arterial y secreción de hormonas del estrés como el cortisol.

Diversos estudios han demostrado que las personas con insomnio, especialmente aquellas con duración objetiva de sueño corta, presentan niveles elevados de hormona adrenocorticotropa (ACTH) y cortisol, tanto de noche como de día. Esta activación crónica del eje HPA no solo incrementa el riesgo cardiovascular, sino que también favorece la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y trastornos psiquiÔtricos como ansiedad y depresión.

Otro mecanismo clave es la inflamación sistémica de bajo grado. El insomnio y otros trastornos de sueño se han vinculado con incremento de citoquinas proinflamatorias implicadas en la aterogénesis y con disfunción endotelial, lo que acelera el proceso de formación de placas de ateroma y contribuye a la rigidez arterial. También se han descrito cambios en la modulación del sistema nervioso autónomo, con mayor actividad simpÔtica y menor tono vagal, que facilitan la aparición de arritmias.

A esto se añaden las alteraciones metabólicas: la privación de sueño puede inducir cambios en la secreción de leptina y grelina, hormonas que regulan el apetito, favoreciendo el aumento del hambre y la preferencia por alimentos mÔs calóricos. A largo plazo, esto se traduce en mayor riesgo de obesidad, dislipidemia y síndrome metabólico, todos ellos muy estrechamente relacionados con el desarrollo de ECV.

Insomnio, hipertensión y otras enfermedades cardiovasculares

Entre los pacientes con enfermedad cardiovascular establecida, la prevalencia de insomnio es especialmente alta. La relación es bidireccional: las ECV pueden empeorar el sueño (por síntomas, medicación, ansiedad) y el insomnio, a su vez, puede favorecer la progresión de la enfermedad.

Varios estudios observacionales y metanÔlisis han encontrado que el insomnio se asocia con un aumento del riesgo de hipertensión arterial, insuficiencia cardiaca y cardiopatía coronaria, sobre todo cuando se combina con una duración del sueño corta (menos de 6 horas). En cuanto a la mortalidad cardiovascular, la evidencia es mÔs heterogénea, pero muchos datos apuntan hacia un exceso de riesgo de muerte por ECV en quienes duermen mal de forma crónica.

Un punto interesante es el papel de la predisposición genética al insomnio. Estudios de randomización mendeliana han mostrado que la carga genética asociada a sufrir insomnio se relaciona con mayor riesgo de arteriopatía periférica, insuficiencia cardiaca, enfermedad coronaria, ictus isquémico, tromboembolismo venoso y fibrilación auricular. Esto sugiere que, mÔs allÔ del comportamiento, hay componentes biológicos compartidos que podrían ser dianas preventivas.

AdemÔs, se ha observado que las personas que toman medicación habitual para dormir presentan un mayor consumo de fÔrmacos antihipertensivos. Es decir, la necesidad de recurrir a fÔrmacos para dormir podría ser una señal de alarma de un futuro tratamiento de la tensión arterial. A día de hoy hay pocos ensayos clínicos bien diseñados que valoren si tratar el insomnio reduce claramente la presión arterial o los eventos cardiovasculares, y los resultados son dispares, pero la hipótesis es cada vez mÔs consistente.

No debe olvidarse la estrecha relación entre trastornos del sueño, depresión y ECV. El insomnio es un factor de riesgo de depresión, y la depresión, a su vez, se asocia a mayor probabilidad de desarrollar eventos cardiovasculares y peor pronóstico tras un infarto o un ictus. Por otro lado, la actividad física regular aparece como un potente modulador: reduce el riesgo de depresión, obesidad y ECV, y algunos estudios sugieren que puede atenuar o incluso neutralizar el exceso de mortalidad asociado a un sueño deficiente.

Otros trastornos del sueƱo y riesgo cardiovascular

Aunque el insomnio concentra gran parte de la atención, no es el único trastorno del sueño con impacto sobre el corazón. La apnea obstructiva del sueño (AOS), el síndrome de piernas inquietas o el síndrome de hipoventilación por obesidad son ejemplos claros de condiciones que afectan al sueño y aumentan el riesgo cardiovascular.

La AOS es una enfermedad muy frecuente, que afecta a mÔs del 20% de la población adulta. Se caracteriza por episodios repetidos de obstrucción parcial o total de la vía aérea superior durante el sueño, que provocan paradas transitorias del flujo respiratorio, descensos de la saturación de oxígeno, grandes oscilaciones de la presión intratorÔcica y microdespertares (arousals) que fragmentan el sueño.

Estos episodios de hipoxia-reoxigenación intermitente activan de forma crónica el sistema nervioso simpÔtico, generan estrés oxidativo, inflamación y disfunción endotelial, e inducen un estado de hipercoagulabilidad y disfunción metabólica. El resultado es un fuerte incremento del riesgo de hipertensión, enfermedad coronaria, ictus, insuficiencia cardiaca y arritmias como la fibrilación auricular.

De hecho, mÔs de la mitad de las personas con hipertensión presentan algún grado de apnea del sueño y hasta un 70% de quienes han sufrido un síndrome coronario agudo tienen AOS. En la prÔctica, es muy frecuente encontrar pacientes con hipertensión resistente (difícil de controlar con medicación) en los que se descubre posteriormente una apnea del sueño nunca diagnosticada.

El síndrome de piernas inquietas (SPI) es otro trastorno del sueño relacionado con la ECV, aunque se ha estudiado menos. Se define por la necesidad imperiosa de mover las piernas, peor por la tarde y la noche, que mejora con el movimiento y empeora en reposo. Muchos pacientes con SPI presentan movimientos periódicos de las extremidades durante el sueño que se asocian con picos bruscos de frecuencia cardiaca y presión arterial, fragmentando el sueño y favoreciendo mecanismos neurales, metabólicos, inflamatorios y vasculares similares a los descritos en la AOS.

Por último, el síndrome de hipoventilación por obesidad (SHO), caracterizado por hipoventilación alveolar persistente en personas con obesidad, se asocia a hipoxia crónica, hipercapnia y muy alto riesgo de hipertensión pulmonar e insuficiencia cardiaca derecha. Cuando coincide con la AOS, el pronóstico cardiovascular empeora aún mÔs.

Patrones de sueño saludables y reducción del riesgo cardiovascular

MĆ”s allĆ” de estudiar cada trastorno por separado, algunos trabajos han analizado la combinación de varios componentes del sueƱo en una puntuación global de ā€œsueƱo saludableā€. Un ejemplo es un estudio que combinó datos de dos grandes cohortes europeas, con mĆ”s de 11.000 participantes sin enfermedad cardiovascular al inicio, seguidos durante varios aƱos.

En este trabajo, se construyó un índice que incluía variables como cronotipo matutino, duración del sueño de 7-8 horas diarias, ausencia de insomnio, ausencia de apnea del sueño y ausencia de somnolencia diurna excesiva. Cada característica saludable sumaba un punto, de modo que la puntuación total podía ir de 0 a 5.

Los resultados fueron muy claros: por cada punto adicional en la puntuación de sueño saludable, se observó una reducción progresiva del riesgo de enfermedad cardiovascular. En términos relativos, comparados con quienes tenían peor puntuación:

  • Una puntuación de 2 se asoció con un 10% menos de riesgo.
  • Una puntuación de 3, con un 19% menos.
  • Una puntuación de 4, con un 38% menos.
  • Y una puntuación de 5, con hasta un 63% menos de riesgo de ECV.

Se estimó que entre el 30% y el 60% de los eventos cardiovasculares podrían ser potencialmente prevenibles si las personas alcanzaran un patrón de sueño óptimo en al menos cuatro o cinco de esos componentes. AdemÔs, no solo importaba cómo se dormía al inicio: quienes mejoraban su puntuación de sueño saludable durante el seguimiento también veían reducido significativamente su riesgo, lo que indica que nunca es tarde para empezar a cuidar el sueño.

Estos hallazgos aportan una idea potente: las intervenciones clínicas y de salud pública orientadas a mejorar la calidad global del sueño (no solo a tratar un trastorno concreto) podrían ser una estrategia eficaz para disminuir la carga de enfermedad cardiovascular en la población general.

Tratamiento del insomnio: mƔs allƔ de las pastillas para dormir

En la prÔctica diaria, muchos médicos de atención primaria tienden a recurrir con rapidez a la prescripción de fÔrmacos hipnóticos, sobre todo benzodiacepinas y, en menor medida, algunos antidepresivos sedantes. Sin embargo, las guías europeas y americanas insisten en que el objetivo debería ser minimizar el uso y el abuso de estos medicamentos, reservÔndolos para periodos cortos y situaciones muy concretas.

Las recomendaciones actuales son claras: la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I) es el tratamiento de primera lĆ­nea para el insomnio crónico en adultos de cualquier edad. Se trata de un conjunto de tĆ©cnicas psicológicas estructuradas (educación sobre el sueƱo, reestructuración de pensamientos disfuncionales, control de estĆ­mulos, restricción del sueƱo, tĆ©cnicas de relajación…) cuyo objetivo es romper el cĆ­rculo vicioso de la hiperactivación nocturna y el miedo a no dormir.

Cuando la TCC-I no estƔ disponible, no es suficiente por sƭ sola o el paciente no puede acceder a ella, se puede valorar el uso de fƔrmacos a corto plazo (no mƔs de 4 semanas en general). Las benzodiacepinas y algunos antidepresivos han demostrado eficacia en el tratamiento breve del insomnio, pero se desaconseja su uso prolongado por el riesgo de tolerancia, dependencia, caƭdas, deterioro cognitivo y otros efectos secundarios, especialmente en personas mayores.

Otras opciones farmacológicas habituales, como antihistamínicos, antipsicóticos, melatonina, productos milagro para el insomnio o fitoterapia cuentan con evidencia débil o muy limitada y, en general, las guías no las recomiendan como tratamiento estÔndar del insomnio crónico. De forma similar, terapias alternativas como la homeopatía o la acupuntura no disponen de respaldo científico sólido.

La guía de la Academia Americana de Medicina del Sueño también respalda la TCC-I y sugiere estrategias conductuales específicas como el control de estímulos (asociar la cama solo a dormir y relajarse, evitando actividades excitantes), la restricción del tiempo en cama (para aumentar la presión de sueño y mejorar su consolidación) y distintas técnicas de relajación y manejo de la activación. La higiene del sueño, por sí sola, es insuficiente para tratar un insomnio crónico consolidado, pero es un punto de partida útil.

Entre las medidas bÔsicas de higiene del sueño que cualquier médico puede recomendar, destacan: mantener horarios regulares de acostarse y levantarse (incluidos los fines de semana), ir a la cama solo cuando se tenga sueño, levantarse si no se concilia el sueño en un tiempo razonable para hacer algo tranquilo, asegurar un ambiente adecuado (temperatura agradable, oscuridad, silencio, colchón cómodo), cenar ligero y temprano, evitar estimulantes y alcohol en las horas previas, limitar las siestas (no mÔs de 20-30 minutos, nunca a última hora de la tarde), realizar actividad física de forma regular pero no justo antes de acostarse, reducir al mÔximo el uso de pantallas en la cama y establecer rutinas de relajación antes de dormir.

Tratamiento de la apnea del sueƱo y otros trastornos relacionados

En el caso de la apnea obstructiva del sueño, el tratamiento de referencia es la presión positiva continua en la vía aérea (CPAP). Se trata de un dispositivo que mantiene la vía aérea abierta durante el sueño mediante un flujo constante de aire a través de una mascarilla nasal o nasobucal. Numerosos ensayos han demostrado que la CPAP reduce la somnolencia diurna, mejora la calidad del sueño y la calidad de vida de los pacientes con AOS.

Desde el punto de vista cardiovascular, la CPAP ha demostrado un efecto modesto pero clínicamente relevante en el control de la presión arterial, con reducciones de alrededor de 2 mmHg de media, especialmente marcadas en pacientes con hipertensión resistente o hipertensión nocturna predominante. Para obtener estos beneficios, suele ser necesario un uso de al menos 4 horas por noche de forma regular.

Los datos sobre si la CPAP reduce de forma clara los eventos cardiovasculares mayores (infarto, ictus, muerte cardiovascular) son mÔs complejos. En prevención primaria, la evidencia apunta hacia un efecto protector, mientras que en prevención secundaria (pacientes que ya han sufrido un evento) los resultados han sido menos concluyentes. Es probable que existan perfiles específicos de pacientes mÔs vulnerables a los efectos nocivos de la AOS, en los que el tratamiento sí tenga un impacto mayor, por lo que se apuesta por una medicina del sueño mÔs personalizada.

AdemÔs de la CPAP, existen dispositivos de avance mandibular (DAM) que reposicionan la mandíbula hacia delante para mantener la vía aérea abierta, especialmente útiles en casos leves o moderados de AOS. Aunque suelen ser menos eficaces que la CPAP en apneas severas, algunos estudios muestran que, en términos de reducción de la presión arterial, pueden ofrecer beneficios comparables en determinados pacientes. Un tratamiento emergente es la estimulación del nervio hipogloso, que aumenta el tono muscular de la lengua durante el sueño para evitar el colapso faríngeo; los resultados iniciales son prometedores, pero aún se necesitan mÔs estudios a largo plazo.

En el síndrome de hipoventilación por obesidad, el tratamiento combina pérdida de peso, soporte ventilatorio (CPAP o BiPAP, según el caso) y manejo intensivo de los factores de riesgo asociados. Con el SPI, el abordaje incluye corrección de la posible deficiencia de hierro, medidas de higiene del sueño y, en ocasiones, fÔrmacos específicos, valorando siempre el impacto sobre la estructura del sueño y el posible riesgo cardiovascular.

Insomnio, comorbilidad e impacto en la vida real

La falta de sueño de calidad no solo pasa factura al corazón: también afecta de lleno a la cognición, el estado de Ônimo y la funcionalidad. Durante la noche, especialmente en el sueño de ondas lentas y en la fase MOR (REM), el cerebro consolida la memoria y refuerza las conexiones neuronales. Cuando estas fases se interrumpen repetidamente por despertares, insomnio o apneas, aparecen olvidos frecuentes, dificultad para concentrarse, menor capacidad de aprendizaje e incluso mayor susceptibilidad a enfermedades neurodegenerativas.

A nivel emocional, tras una sola noche de mal dormir se observa ya un aumento de la irritabilidad, la tristeza y la labilidad emocional, junto con una caída en la energía y la motivación. Cuando el problema se cronifica, aumentan de forma notable el riesgo de ansiedad y depresión. Estudios han demostrado que dormir menos de 4,5 horas por noche durante una semana reduce de forma clara el bienestar emocional y altera la manera en que el cerebro procesa las emociones.

La experiencia clĆ­nica de unidades especializadas del sueƱo es muy ilustrativa. Muchos pacientes acuden quejĆ”ndose de fallos de memoria, falta de concentración o ā€œniebla mentalā€ y no siempre son conscientes del peso que tiene la mala calidad del sueƱo en esos sĆ­ntomas. Al tratar el insomnio, optimizar el descanso y, cuando corresponde, tratar la apnea del sueƱo, no es raro ver mejoras tanto en el control de la presión arterial como en el rendimiento cognitivo y el estado de Ć”nimo.

La pandemia de COVID-19 puso aún mÔs de manifiesto este problema: diversos estudios han mostrado una mayor incidencia de síntomas de insomnio entre los profesionales sanitarios que trabajaron en primera línea frente al virus, en comparación con otros trabajadores. El trabajo a turnos, por sí mismo, se asocia con un aumento del riesgo de ECV, probablemente por la desalineación circadiana crónica, la privación de sueño y los cambios en la alimentación y la actividad física.

DetrÔs de todo esto hay también un componente social y político: a pesar de la evidencia disponible que relaciona de forma clara los trastornos del sueño con la salud cardiovascular y otras consecuencias, todavía no existe un plan estratégico amplio para proteger la salud del sueño de la población. Se reclaman acciones urgentes para promover el sueño como hÔbito saludable, garantizar el derecho a dormir en condiciones adecuadas (ruido ambiental, horarios laborales, conciliación) y fomentar la investigación que permita un abordaje mÔs preciso y personalizado de los trastornos del sueño.

Todo apunta a que cuidar el sueƱo es mucho mĆ”s que ā€œno tener ojerasā€: implica proteger el corazón, el cerebro, el metabolismo y la salud mental. Integrar la evaluación del sueƱo en la prĆ”ctica clĆ­nica rutinaria, priorizar las terapias conductuales frente a la sobreprescripción de hipnóticos, diagnosticar y tratar la apnea del sueƱo y educar a la población en hĆ”bitos de sueƱo saludables son pasos clave para reducir una parte nada despreciable del riesgo cardiovascular que hoy asumimos como inevitable.

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