Durante décadas, la idea de que la depresión se debe a un desequilibrio químico en el cerebro ha servido para explicar de forma sencilla un trastorno que afecta a millones de personas. La fórmula resultaba cómoda: si falta serotonina, basta con reponerla. Sin embargo, cada vez son más los especialistas que ponen en duda esta explicación reduccionista y reclaman una mirada más profunda que tenga en cuenta la historia personal, las relaciones y el contexto social de cada paciente.
El psiquiatra José Luis Marín lo expresaba con contundencia en una conversación con la psicóloga sanitaria Mercedes Bermejo: «Ya no se puede seguir manteniendo el espejismo de que la depresión tiene que ver con que te falta serotonina». Sus palabras resumen un cambio de paradigma que lleva años gestándose en la comunidad científica y que ahora empieza a calar en la opinión pública.
La teoría de la serotonina, en entredicho
La hipótesis de que una deficiencia de serotonina es la responsable directa de la depresión ha sido cuestionada por numerosos estudios. Una revisión científica encabezada por la psiquiatra Joanna Moncrieff, publicada en 2022, examinó diferentes líneas de investigación y concluyó que la evidencia disponible no permite sostener de manera consistente que la depresión sea provocada por niveles bajos de este neurotransmisor.
Esto no significa que la serotonina carezca de importancia en el cerebro ni que los antidepresivos sean ineficaces. Lo que se cuestiona es que la enfermedad pueda entenderse simplemente como una deficiencia química que el medicamento corrige directamente. El funcionamiento cerebral es mucho más complejo y en la depresión pueden estar involucrados múltiples sistemas relacionados con neurotransmisores, hormonas, respuesta al estrés, plasticidad cerebral y regulación emocional.
El origen de esta teoría se remonta a la hipótesis de las monoaminas, planteada en 1965 por el psiquiatra Joseph Schildkraut. Con el paso de los años, y especialmente con la comercialización de antidepresivos como la fluoxetina, la explicación del «desequilibrio químico» se popularizó hasta convertirse en un lugar común. Pero la ciencia ha avanzado y hoy se sabe que la depresión no puede explicarse con una única causal.
Las experiencias de vida y las relaciones personales
Si la química no lo explica todo, ¿qué papel juegan las experiencias vitales? Los especialistas coinciden en que la historia personal constituye uno de los elementos que pueden influir en la salud mental. Experiencias adversas durante la infancia y la adolescencia, pérdidas importantes, conflictos familiares, violencia, dificultades económicas, aislamiento social y estrés prolongado pueden aumentar la vulnerabilidad de determinadas personas, especialmente cuando se vive la soledad no deseada y la salud mental se ve comprometida.
Marín y Bermejo defienden la importancia de analizar las experiencias tempranas y actuar desde la prevención, en lugar de intervenir únicamente cuando el malestar se ha convertido en un problema grave durante la edad adulta. La infancia y la adolescencia son periodos críticos en los que se forjan patrones emocionales que pueden condicionar la salud mental futura, siendo clave abordar el reto de la salud mental en jóvenes.
Las relaciones humanas también desempeñan un papel fundamental. Pareja, padres, hijos, compañeros de trabajo o entorno social forman parte de una red que puede influir en cómo una persona afronta determinadas experiencias. El aislamiento social y la falta de apoyo pueden convertirse en factores de riesgo, mientras que relaciones saludables pueden funcionar como elementos protectores.
Testimonios de superación: Icíar Aragón
Uno de los testimonios más recientes es el de Icíar Aragón, conocida familiarmente como Ichi y primogénita de Emilio Aragón. En el pódcast ‘Somos Estupendas’, compartió públicamente su experiencia con la depresión, un relato que ha servido para visibilizar la realidad de muchas personas que sufren en silencio.
Ichi detalló cómo, a pesar de tener una vida aparentemente plena con una familia y amigos «estupendos» y un trabajo que le satisfacía, se encontró inmersa en un proceso depresivo que inicialmente le costó reconocer. Describió un estado en el que «no podía salir de casa» y sentía que su cuerpo funcionaba, pero su «cerebro no podía más». La presión por cumplir expectativas fue uno de los factores que señaló como desencadenante: «Quiero ser la mejor hija, la mejor trabajadora, la más deportista, la mejor madre, y es una carga que nos ponemos muchas veces nosotras».
Su proceso de recuperación, que comenzó en 2021, la ha transformado profundamente. Aunque reconoce que ya no es «la misma persona que fue antes» de la depresión, se siente mejor y entiende que «para volver a resurgir, hay que estar abajo». Su mensaje es claro: «Para sanar, hay que vivir en la incomodidad. Pedid ayuda de verdad, hablad con vuestra pareja, padres, amigas, para que alguien sepa que no estáis bien».
Cristina Llanos: el peso del trauma y la anorexia
La cantante de Dover, Cristina Llanos, ha roto su silencio diez años después de alejarse de los focos con unas memorias tituladas ‘La noche cayó y ya nadie pudo salvarme’. El libro, que llegará a las librerías el 2 de septiembre, revela una vida marcada por experiencias traumáticas, problemas de salud y episodios que permanecieron ocultos durante años.
Llanos habla de la violencia que sufrió en el ámbito familiar, de una agresión sexual cuando tenía 18 años, de la anorexia, la depresión y el consumo de medicamentos y alcohol. La anorexia, a la que describe como «un aspirador de vida», fue uno de los capítulos más graves de su historia, situado entre los 30 y los 40 años, mientras Dover llenaba escenarios y alcanzaba una enorme popularidad.
La propia Llanos divide su historia en dos etapas: ‘El Milagro’, asociado a los años de conciertos, fama y éxito, y ‘El Marasmo’, con el que identifica el periodo dominado por la depresión y el dolor crónico. La música funcionó durante años como refugio frente a ese sufrimiento, hasta que la enfermedad hizo que incluso cantar dejara de ser una experiencia placentera.
Lolita Cortés: vivir con depresión y ansiedad
La intérprete Lolita Cortés también ha compartido abiertamente su lucha contra la depresión y el trastorno de ansiedad generalizado. En su testimonio, reconoció que actualmente toma medicamentos como parte de su tratamiento y defendió la importancia de contar con las herramientas necesarias para mantener una buena calidad de vida.
Cortés explicó que en dos ocasiones llegó a sentir que ya no podía más, pero encontró apoyo en personas cercanas. «Afortunadamente, llegó mi hijo y llegó mi hermana», relató, destacando la presencia de ambos en esas circunstancias. El acompañamiento familiar fue clave en su proceso, y su madre solía decirle: «Despierta, todo está bien».
La artista también reveló que su tratamiento médico cambió después de participar en un reality show, ya que el anterior había dejado de tener el efecto esperado. Su testimonio refleja que el tratamiento de la depresión no es estático y que requiere modificaciones a lo largo del tiempo. A pesar de las dificultades, cerró su relato con una nota de esperanza: «Ahí voy, ahí voy, me siento contenta, ahí voy».
Nuevas vías terapéuticas: la neuromodulación
Ante el aumento de los problemas de salud mental, España figura entre los países europeos con mayor consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Esta realidad ha llevado a algunos profesionales a buscar alternativas. El médico Joubin Keyhani, con 20 años de experiencia, ha orientado buena parte de su práctica hacia la neuromodulación no invasiva, una técnica que busca modular la actividad de determinados circuitos cerebrales desde el exterior, sin cirugía.
Keyhani atiende a personas con depresión, ansiedad, adicciones, TDAH, TOC, migrañas, fibromialgia o deterioro cognitivo. Su enfoque parte de una valoración clínica y neuropsicológica completa para personalizar el abordaje. La neuromodulación no pretende sustituir a los fármacos, sino sumar una opción diferente para pacientes que no han respondido adecuadamente a otros tratamientos o no los toleran bien.
El médico insiste en que «los fármacos son necesarios, pero tienen su indicación y su recorrido». Su objetivo es que el paciente recupere la sensación de control: «La sensación pasa de ‘la enfermedad me controla’ a ‘yo soy capaz de empezar a controlar la enfermedad'». Keyhani participa además en un ensayo clínico con el Hospital Universitario 12 de Octubre sobre el uso de neuromodulación en personas afectadas por el Síndrome del Aceite Tóxico.
La depresión es un trastorno real y potencialmente grave que no puede explicarse mediante una única sustancia cerebral. La evidencia disponible apunta hacia un fenómeno complejo en el que interactúan factores biológicos, psicológicos y sociales. Por eso, el tratamiento también debe adaptarse a las necesidades particulares de cada paciente, combinando prevención, psicoterapia, farmacología y nuevas herramientas terapéuticas con un enfoque cada vez más personalizado. Como señala Keyhani, «no se trata de no sentir tristeza o de no tener problemas, sino de aprender a gestionarlos y convertir una caída en un aprendizaje».

