Los fármacos tipo Ozempic abren una nueva vía contra las adicciones

  • Los agonistas GLP-1 como la semaglutida reducen el deseo de consumir tabaco, alcohol y otras drogas en parte de los pacientes.
  • Estudios con más de 600.000 veteranos de EE. UU. muestran menos riesgo de desarrollar adicciones y menos sobredosis y muertes.
  • Los datos observacionales se complementan con ensayos clínicos que apuntan a una disminución del consumo de alcohol y otras sustancias.
  • Estos fármacos no están aprobados aún para tratar las adicciones y persisten dudas sobre efectos a largo plazo y posible efecto rebote.

Medicamentos GLP-1 y adicciones

Médicos y pacientes describen que, tras iniciar estos tratamientos, disminuyen de forma notable las ganas de fumar, beber alcohol o consumir otras drogas, sin haber buscado ese efecto ni haber seguido programas específicos para dejarlo. Este fenómeno, que se está investigando con más detalle, plantea si estos medicamentos podrían llegar a formar parte en el futuro del abordaje del tabaquismo, el alcoholismo y otros trastornos por consumo de sustancias, también en sistemas sanitarios europeos como el español.

De tratamiento para la diabetes a posible aliado contra el tabaco y el alcohol

Varios testimonios clínicos apuntan en la misma dirección: pacientes que iniciaron un tratamiento GLP-1 por diabetes u obesidad cuentan que, casi sin proponérselo, dejaron de sentir el típico “gusanillo” por el cigarrillo, el alcohol o incluso por juegos de azar u otras conductas adictivas. No planificaron una fecha para abandonarlos ni recurrieron a terapias específicas, simplemente el interés se fue desinflando.

Este patrón se ha descrito tanto en personas con adicciones de larga evolución como en quienes llevaban tiempo intentando, sin éxito, reducir su consumo. Lo llamativo para los especialistas es que la reducción de las ansias se extiende a sustancias muy diversas: nicotina, alcohol, cannabis, cocaína u opioides, algo poco habitual en farmacología de las adicciones, donde los fármacos aprobados suelen estar muy ligados a una sustancia concreta.

En consulta y en redes sociales empiezan a multiplicarse los relatos de usuarios que notan que el “ruido de la comida” —esa preocupación constante por comer— se apaga, pero junto con él se atenúa también el impulso de fumar o beber. Para médicos que trabajan con estos tratamientos, el fenómeno es lo bastante consistente como para que merezca un análisis riguroso, pese a que de momento las agencias reguladoras, incluida la europea, no los reconocen como terapia oficial contra las adicciones.

Cómo actúan los agonistas GLP-1 en el cerebro

Los agonistas de GLP-1 imitan la acción de una hormona que se produce en el intestino, pero también actúa en el cerebro. Sus receptores se concentran en áreas implicadas en la recompensa, la motivación y la respuesta al estrés, precisamente los circuitos neurales que suelen quedar “secuestrados” en los trastornos adictivos.

En dosis terapéuticas, estos medicamentos son capaces de atravesar la barrera hematoencefálica y modular la transmisión dopaminérgica en los centros de recompensa, de modo que las sustancias adictivas resultarían menos placenteras. No se trata solo de comer menos por saciedad, sino de reducir el valor de recompensa de alimentos hipercalóricos, alcohol, tabaco u otras drogas.

Los primeros indicios proceden de modelos animales. En roedores, los fármacos GLP-1 han demostrado que pueden reducir el consumo voluntario de alcohol, disminuir la autoadministración de cocaína y rebajar el interés por la nicotina. En un experimento con monos verdes vervet, una especie que bebe alcohol de forma espontánea, la administración de semaglutida se tradujo en menos ingesta alcohólica sin signos claros de malestar ni alteraciones en la cantidad de agua bebida, sugiriendo que el alcohol perdía atractivo.

Todos estos datos preclínicos apuntan a un mecanismo común: al alterar la señal de recompensa, el impulso de seguir consumiendo sustancias se modera de forma transversal, algo especialmente interesante en un campo donde muchas personas presentan varias adicciones al mismo tiempo.

Qué dicen los grandes estudios en personas

Para comprobar si lo observado en animales y en testimonios aislados se sostiene en la práctica clínica real, un grupo de investigadores analizó los datos de más de 600.000 veteranos de Estados Unidos con diabetes tipo 2, una de las mayores bases de datos sanitarias disponibles. El seguimiento se extendió hasta tres años, comparando a quienes iniciaban un GLP-1 con quienes recibían otros tratamientos antidiabéticos.

El diseño buscó aproximarse al rigor de un ensayo clínico aleatorizado usando datos del mundo real: se ajustaron diferencias en edad, antecedentes médicos, factores sociodemográficos y otros elementos que podían sesgar los resultados. Se distinguieron dos grandes grupos: personas con trastorno por consumo de sustancias ya diagnosticado y personas sin historial previo de adicción.

En quienes ya presentaban un trastorno de uso de sustancias, el uso de agonistas GLP-1 se asoció con un 50% menos de muertes relacionadas con drogas frente a quienes no los tomaban. Además, se observó un 39% menos de sobredosis, un 26% menos de hospitalizaciones vinculadas al consumo y un 25% menos de intentos de suicidio. Traducido a cifras absolutas, fueron alrededor de 12 eventos graves menos por cada 1.000 tratados en tres años, incluidas dos muertes evitadas.

En términos de prevención, es decir, en personas sin diagnóstico previo de adicción, el análisis mostró que quienes recibían agonistas GLP-1 tenían un 18% menos de riesgo de desarrollar un trastorno por consumo de alcohol. Las cifras se movieron en torno al 20% menos de riesgo para dependencia de cocaína y nicotina, un 14% menos para trastornos asociados al cannabis y en torno a un 25% menos en el caso de los opioides, siempre en comparación con otros tratamientos para la diabetes de tipo 2.

Evidencias internacionales y ensayos clínicos en marcha

Los resultados de la cohorte de veteranos estadounidenses no son un caso aislado. En Europa, un estudio nacional sueco con unas 227.000 personas con trastorno por consumo de alcohol observó que los tratados con agonistas GLP-1 tenían un 36% menos de riesgo de hospitalizaciones relacionadas con el alcohol, frente a quienes no usaban estos fármacos.

La magnitud de este efecto llamó la atención al compararlo con la naltrexona, uno de los medicamentos con mejor respaldo para el alcoholismo: en ese mismo análisis, la naltrexona se asociaba a una reducción de hospitalizaciones de alrededor del 14%. Aunque se trata de un estudio observacional, la diferencia sugiere que los GLP-1 podrían ofrecer beneficios clínicamente relevantes en pacientes con consumo problemático de alcohol.

Otros trabajos observacionales han descrito menores tasas de nuevos diagnósticos y de recaídas en trastornos por consumo de cannabis, menos consultas médicas relacionadas con dependencia de nicotina y un menor riesgo de sobredosis por opioides en personas tratadas con estos agonistas. Todo ello compone un paisaje de evidencia convergente, aunque todavía incompleto.

A la vez, ensayos controlados aleatorizados —el estándar de oro en investigación clínica— están empezando a aportar datos más sólidos. En uno de ellos, la semaglutida consiguió reducir tanto el deseo como la cantidad de bebidas alcohólicas consumidas por personas con trastorno por consumo de alcohol. En otro ensayo, la dulaglutida también se asoció a una disminución del consumo en este tipo de pacientes.

Actualmente hay más de una docena de ensayos clínicos en curso o en fase de reclutamiento que evalúan diferentes agonistas GLP-1 en distintos tipos de adicciones. El resultado de estos estudios será clave para que agencias como la EMA en Europa o la AEMPS en España puedan valorar si estos tratamientos merecen una indicación específica en el ámbito de las adicciones.

Un posible cambio de paradigma en la medicina de las adicciones

Hasta ahora, la mayoría de los medicamentos disponibles para tratar las adicciones estaban dirigidos de forma muy específica a una sustancia concreta y eran recetados, en general, por equipos especializados en salud mental o drogodependencias. Además, su uso real es bajo: muchos pacientes nunca llegan a recibirlos pese a cumplir criterios clínicos.

Los agonistas GLP-1 representan algo distinto: son el primer grupo de fármacos que muestra beneficios potenciales frente a varias sustancias a la vez —alcohol, nicotina, opioides, cocaína o cannabis—, con una misma familia de compuestos. La hipótesis de trabajo es que actúan sobre una vulnerabilidad común de la adicción, más que sobre una vía concreta ligada a una sola droga.

Si se confirma que pueden modular de forma estable este circuito común, estaríamos ante una posible redefinición de la medicina de las adicciones desde la medicina. Pasaríamos de un enfoque muy fragmentado —un medicamento para el alcohol, otro para los opioides, otro para el tabaco— a un abordaje más transversal basado en la neurobiología compartida.

Otro elemento a tener en cuenta es su extensión en la práctica clínica. A diferencia de otros fármacos contra las adicciones, los agonistas GLP-1 ya los prescriben a gran escala los médicos de atención primaria y endocrinología para tratar la diabetes de tipo 2 y la obesidad. En países europeos como España, donde el sistema sanitario público financia de manera limitada algunos de estos tratamientos y la demanda privada ha crecido, buena parte de la infraestructura para su uso está ya desplegada.

Oportunidades y dudas desde la perspectiva europea

En Europa, y en particular en España, el posible uso de estos fármacos para las adicciones se enmarca en un contexto de debate sanitario y regulatorio. Por un lado, los datos sobre pérdida de peso y control glucémico han disparado el interés; por otro, las autoridades han insistido en la necesidad de un uso prudente, advertido de riesgos y limitado la financiación pública para algunas indicaciones.

Si los resultados de los ensayos clínicos confirman el potencial de los agonistas GLP-1 frente a las adicciones, los sistemas sanitarios se enfrentarán a varias decisiones: desde valorar nuevas indicaciones y posibles reembolsos hasta organizar la coordinación entre atención primaria, endocrinología y unidades de conductas adictivas.

En el caso español, donde el tabaquismo y el consumo de alcohol siguen siendo dos de los principales problemas de salud pública, disponer de una herramienta adicional que reduzca tanto el riesgo de desarrollar adicciones como la gravedad de las ya existentes podría tener un impacto relevante en mortalidad, ingresos hospitalarios y costes sanitarios. No obstante, expertos en adicciones advierten de que ningún medicamento sustituye al acompañamiento psicológico ni a las intervenciones sociales.

También se abre la discusión ética sobre cómo priorizar estos tratamientos si su demanda continúa creciendo: si se confirmara una eficacia clara en adicciones, habría que equilibrar su uso entre diabetes, obesidad y trastornos por consumo de sustancias, evitando desabastecimientos y asegurando el acceso a los pacientes con mayor beneficio potencial.

Limitaciones, efecto rebote y preguntas abiertas

Pese a los datos prometedores, los propios investigadores subrayan que gran parte de la evidencia disponible es observacional, lo que impide establecer con total seguridad relaciones de causa-efecto. Es decir, no se puede descartar que otros factores —como diferencias de seguimiento médico o características de las personas que aceptan estos tratamientos— estén influyendo en los resultados.

Además, la experiencia acumulada en obesidad y diabetes muestra que, cuando una persona suspende los agonistas GLP-1, a menudo se produce un efecto rebote en el apetito y en el peso. No se sabe todavía si algo similar ocurriría con la adicción: si al interrumpir el fármaco reaparecerían con fuerza las ganas de consumir, con el riesgo añadido que eso supondría para quienes están en proceso de recuperación.

Otra incógnita tiene que ver con el uso prolongado. Al actuar en el sistema de recompensa cerebral, no solo afectan al deseo de sustancias, sino también a la motivación cotidiana. Algunos especialistas se preguntan si, tras años de tratamiento, podría reducirse la iniciativa, la competitividad o el rendimiento laboral en ciertos pacientes, aunque por ahora no hay datos concluyentes.

Las agencias reguladoras europeas y nacionales también vigilan de cerca los posibles efectos adversos en órganos como riñón y páncreas, así como los riesgos asociados a un uso masivo de medicamentos relativamente recientes. El equilibrio entre riesgos y beneficios puede ser distinto cuando el objetivo es controlar la glucosa, perder peso o tratar un trastorno adictivo grave.

Qué uso podría tener hoy en personas con adicciones

En el momento actual, los agonistas GLP-1 no están aprobados como tratamiento específico para las adicciones ni en Estados Unidos ni en la Unión Europea. Por tanto, las guías clínicas no recomiendan prescribirlos únicamente con este fin, fuera de estudios de investigación o de contextos muy controlados.

Sin embargo, los especialistas señalan que, para personas con diabetes de tipo 2 u obesidad que también luchan contra el tabaco, el alcohol u otras drogas, estos posibles efectos sobre el deseo de consumo pueden tenerse en cuenta a la hora de elegir entre distintos fármacos. Por ejemplo, un paciente con diabetes que quiere dejar de fumar podría inclinarse por un agonista GLP-1 frente a otro antidiabético si ambos son adecuados desde el punto de vista médico.

Algo similar podría plantearse en el caso de alguien con obesidad y consumo problemático de alcohol, siempre dentro de una estrategia más amplia que incluya apoyo psicológico, cambios de hábitos y seguimiento cercano. En cualquier caso, la decisión debería tomarse de forma individualizada, valorando contraindicaciones, costes y preferencias de la persona.

A medida que se publiquen más resultados de ensayos clínicos, es posible que las sociedades científicas europeas actualicen sus recomendaciones y que los servicios de adicciones empiecen a integrar estos medicamentos, al menos en determinados perfiles de pacientes. Hasta entonces, la prudencia y la evaluación caso por caso seguirán siendo la norma.

La suma de estudios en animales, grandes bases de datos en humanos y ensayos controlados dibuja un panorama en el que los agonistas GLP-1 se perfilan como una herramienta con un potencial considerable para reducir el riesgo y la gravedad de múltiples adicciones. Aun con las dudas razonables sobre su uso prolongado, el posible efecto rebote y la necesidad de evitar mensajes simplistas —no son una “solución mágica”—, todo apunta a que estos fármacos podrían convertirse, con el tiempo, en una pieza más del rompecabezas en la lucha contra el tabaco, el alcohol y otras drogas, también en los sistemas sanitarios de España y del resto de Europa.

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