Quien convive con un perro suele tener la sensación de que su compañero de cuatro patas entiende mucho más de lo que aparenta. Más allá de las órdenes básicas como «siéntate» o «ven», algunos canes parecen captar palabras sueltas que nadie les ha enseñado de forma directa. Ahora, una serie de estudios coordinados desde Europa viene a darle respaldo científico a esa intuición: ciertos perros son capaces de aprender palabras simplemente escuchando conversaciones humanas.
Un equipo internacional de investigadores, con grupos de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest y de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena, ha documentado que un grupo muy reducido de perros domésticos, a los que denominan «Gifted Word Learners» (GWL) o perros superdotados para aprender palabras, puede incorporar nuevos nombres de juguetes sin entrenamiento explícito, alcanzando un rendimiento comparable al de niños de entre 18 y 23 meses.
Qué es un perro «superdotado» para aprender palabras
Estos animales excepcionales no se conforman con responder a unas pocas órdenes: reconocen por su nombre decenas e incluso cientos de juguetes. Entre los casos más llamativos están Miso, un border collie de seis años que identifica alrededor de 200 objetos diferentes; Bryn, también border collie, que a sus once años distingue unos cien juguetes por su nombre; o Augie, un labrador de unos cinco años capaz de asociar correctamente un amplio repertorio de palabras a sus muñecos.
Estos perros GWL han sido detectados en distintos países, incluyendo Canadá, Reino Unido, Estados Unidos, Noruega, Alemania o Brasil, y buena parte de ellos son border collie, una raza ya conocida por su elevada capacidad cognitiva. Sin embargo, los científicos insisten en que no se trata de una característica general de la raza, sino de individuos muy poco frecuentes cuya habilidad parece fruto de una combinación poco habitual de predisposición biológica y experiencias de vida ricas en interacción con humanos.
Muchos de estos perros empezaron a destacar en casa, durante sesiones de juego cotidianas, sin un programa de adiestramiento formal. Sus cuidadores se dieron cuenta de que, casi sin proponérselo, el perro iba sumando nombres de juguetes a su “vocabulario”. A partir de esos casos, los investigadores del proyecto Genius Dog Challenge comenzaron a reclutarlos para evaluar con detalle hasta dónde llegaba su talento.
Los estudios previos ya habían mostrado que algunos GWL pueden aprender el nombre de un juguete nuevo tras oírlo solo cuatro veces, llegar a memorizar más de una docena de objetos en una semana y retener esos nombres durante años. La nueva investigación da un paso más: analiza si, además, pueden aprender palabras sin ser el destinatario directo del mensaje.

Cómo se diseñaron los experimentos: hablarles… y que solo escuchen
Para comprobar la naturaleza de esta habilidad, el equipo de ELTE y Viena trabajó con diez perros superdotados para el aprendizaje de palabras, en su mayoría border collies, pero también con un labrador, un pastor alemán, un pastor australiano miniatura y un cruce tipo blue heeler. Todos ellos vivían en hogares normales y ya conocían de antemano un buen número de juguetes por su nombre.
En el experimento principal se compararon dos situaciones distintas. En la primera, más clásica, el dueño se dirigía directamente al perro con un juguete nuevo, lo mostraba, jugaba con él y repetía varias veces el nombre que le había asignado. En la segunda condición, mucho más exigente, el animal permanecía como observador mientras dos personas hablaban entre sí sobre esos mismos juguetes, sin mirarlo, sin darle órdenes y sin permitirle interactuar con el objeto.
Para evitar que los perros se colaran en la conversación, en muchos casos se colocaba una barrera ligera, como una puerta de seguridad infantil o una cuna para perros. Aun así, podían seguir viendo a las personas y los juguetes, y escuchar perfectamente lo que decían.
La exposición era relativamente breve: unos ocho minutos en total por cada juguete nuevo, repartidos en sesiones de aproximadamente dos minutos al día durante cuatro días. Se eligieron nombres inventados o poco habituales, sin parecido con palabras que los perros ya conocieran, para reducir al máximo las confusiones.
Una vez terminada la fase de aprendizaje, los investigadores pasaban a la prueba clave. Colocaban los juguetes nuevos y otros conocidos en una habitación distinta, fuera de la vista del perro. El cuidador se quedaba en otra sala y, sin ofrecer pistas visuales, pedía al animal que trajera un objeto concreto por su nombre: frases tan sencillas como «¿puedes traer a Teddy?» o «tráeme la pizza» servían para evaluar si el perro había asociado correctamente la palabra al juguete.
Resultados: rendimiento similar al de un niño de año y medio
Los datos fueron llamativos: siete de los diez perros identificaron de forma fiable los juguetes nuevos tras la breve exposición, tanto en la condición en la que se les hablaba directamente como en la de escucha pasiva. En algunos casos, el nivel de acierto llegó a ser del 80 % cuando se les enseñó de forma directa y del 100 % cuando aprendieron solo escuchando conversaciones ajenas.
Estos porcentajes no se pueden explicar por azar, dado que en cada prueba el perro debía elegir entre varios objetos y las combinaciones se repetían con diferentes juguetes. Los investigadores aplicaron controles estadísticos y repitieron las tareas para descartar que los animales se limitaran a escoger el juguete nuevo por pura preferencia o curiosidad.
Lo más interesante para la ciencia del desarrollo es que, funcionalmente, el comportamiento de estos perros recuerda al de los bebés humanos de unos 18 meses. A esa edad, muchos niños ya son capaces de incorporar palabras a su vocabulario simplemente al escuchar a dos adultos hablar de un objeto, siempre que puedan observar la escena, seguir la dirección de la mirada y detectar las señales comunicativas implicadas.
En palabras de la investigadora Shany Dror, una de las autoras principales del trabajo, los procesos sociocognitivos que permiten aprender palabras a partir de conversaciones oídas no son exclusivos de nuestra especie. En circunstancias adecuadas, afirma, algunos perros muestran patrones de respuesta sorprendentemente parecidos a los de los niños pequeños, aunque eso no significa que el mecanismo mental de fondo sea el mismo.
Claudia Fugazza, también responsable del proyecto en la Universidad Eötvös Loránd, subraya que estos resultados sugieren que los perros GWL pueden usar de forma flexible distintos caminos para llegar a la misma asociación palabra-objeto. Pueden aprender tanto de interacciones dirigidas como de conversaciones entre terceros, y lo hacen sin necesidad de refuerzos especiales, en un entorno doméstico muy similar al de su vida cotidiana.

El reto de aprender cuando el objeto no está a la vista
Los investigadores no se quedaron ahí. Para poner a prueba los límites de esta capacidad, diseñaron un segundo bloque de tareas en el que añadieron una separación temporal entre la palabra y el objeto. El procedimiento era sencillo en apariencia, pero muy exigente desde el punto de vista cognitivo.
Primero, el dueño mostraba el juguete al perro y permitía que lo oliera o lo viera durante un momento. A continuación, guardaba el objeto dentro de un cubo o detrás de una barrera, fuera de la vista del animal. Solo entonces, cuando el juguete ya no era visible, pronunciaba varias veces el nombre elegido mientras mantenía una conversación con otra persona.
De este modo, se rompía la coincidencia inmediata entre escuchar la etiqueta verbal y ver el objeto al mismo tiempo. Para aprender, el perro debía recordar mentalmente el juguete al que se refería la palabra y vincular ambos elementos con un pequeño desfase temporal. Más tarde, igual que en el experimento anterior, se le pedía que trajera el juguete correcto de una habitación con varios objetos.
A pesar de la dificultad añadida, la mayoría de los perros superdotados volvió a superar la prueba. Muchos fueron capaces de asociar adecuadamente etiquetas nuevas a juguetes que solo habían visto antes del diálogo, y recordaban esos nombres incluso dos semanas después, lo que indica que la información no se quedaba en una memoria a muy corto plazo.
Según los autores, el hecho de que estos perros aprendan incluso cuando la palabra se pronuncia sin que el objeto esté presente sugiere que no dependen únicamente de la coincidencia inmediata o de la simple repetición. Más bien parecen recurrir a pistas sociales humanas -como la atención, la intención comunicativa o el contexto de la conversación- para construir y consolidar el vínculo entre el sonido y el juguete.
¿Sirve esto para todos los perros? Lo que dicen los datos
Uno de los puntos en los que los investigadores insisten con más fuerza es que estos hallazgos no se pueden generalizar a la población canina en su conjunto. Para comprobarlo, aplicaron protocolos similares a perros familiares típicos, muchos de ellos también border collies, pero que no habían mostrado previamente un gran vocabulario de objetos.
En estos animales sin historial de aprendizaje de nombres de juguetes, no se encontró evidencia sólida de que incorporaran nuevas palabras en las mismas condiciones. A veces se observaba una ligera preferencia por coger el juguete novedoso, pero sin un patrón estable que indicara un verdadero aprendizaje del nombre. La diferencia con los perros GWL es clara.
Por eso, tanto Dror como Fugazza remarcan que los perros superdotados son extremadamente raros. Sus talentos podrían depender de una combinación poco frecuente de genética, desarrollo temprano y un entorno muy estimulante, con cuidadores que juegan mucho con ellos y les hablan con naturalidad en el día a día.
Aun así, los resultados ofrecen pistas valiosas para comprender mejor la inteligencia social canina. Incluso los perros que no llegan a aprender decenas de nombres parecen mostrar una notable sensibilidad a las señales humanas de atención y comunicación, algo que se ha ido seleccionando a lo largo de miles de años de convivencia con nuestra especie.
El equipo sugiere que, en los casos de perros especialmente dotados, la domesticación y la interacción diaria con humanos, como la terapia con animales podrían haber potenciado al máximo unas capacidades de aprendizaje social que ya estaban presentes de forma latente en la especie.

Lo que esto aporta sobre el origen del lenguaje y nuestra relación con los perros
Desde el punto de vista científico, estos resultados se interpretan como una ventana a mecanismos cognitivos que podrían estar en la base del lenguaje humano. Si una especie no lingüística, como el perro, es capaz de aprender etiquetas verbales observando interacciones ajenas, es plausible que algunas herramientas básicas para el aprendizaje del lenguaje existan más allá de nuestra especie.
Los autores destacan que, en los bebés, la capacidad de aprender de conversaciones entre otros implica coordinar varias habilidades: seguir la mirada y los gestos de los adultos, detectar quién habla con quién, identificar qué objeto es relevante en cada momento y extraer del flujo continuo de habla las palabras clave. El paralelismo funcional con lo que hacen los perros GWL apunta a mecanismos sociales compartidos, aunque los procesos internos que usan unos y otros sean diferentes.
Algunos expertos en cognición comparada señalan que estos estudios encajan con observaciones previas en otras especies, como loros grises africanos o bonobos, que han mostrado cierta capacidad para aprender palabras en contextos de interacción social. En el caso de los perros, la novedad está en que el aprendizaje se produce en entornos domésticos, sin un entrenamiento intensivo de laboratorio, y aun así alcanza niveles notables.
Para quienes viven con perro en España o en cualquier país europeo, las conclusiones no implican que su mascota vaya a aprender de golpe el nombre de todos sus juguetes solo por oír hablar de ellos en una conversación. Sí sugieren, sin embargo, que la comunicación diaria, el juego compartido y la exposición a palabras en contextos claros pueden favorecer que el animal entienda mejor nuestro mundo humano.
Desde el punto de vista práctico, el equipo del Genius Dog Challenge anima a las personas que sospechen que su perro distingue muchos nombres de objetos a poner a prueba esa habilidad de forma lúdica y, si lo desean, contactar con ellos para futuras investigaciones. Su objetivo es seguir desentrañando qué hace especiales a estos perros y cómo pueden ayudarnos a entender mejor el desarrollo del lenguaje y de la inteligencia social.
Todo este conjunto de trabajos deja una idea clara: aunque la mayoría de los perros solo llegará a manejar unas pocas palabras funcionales, un pequeño grupo de canes extraordinarios demuestra que aprender vocabulario escuchando conversaciones es posible fuera de la especie humana, y que la larga historia compartida entre personas y perros ha dado lugar a formas de comprensión mutua más sofisticadas de lo que se pensaba.