Todas las relaciones amorosas tienen sus bajos y altos. A veces pasamos por etapas difíciles (ya sea uno de los dos o ambos) debido a distintos motivos. Sin embargo, existen conflictos comunes que suelen repetirse con cierta frecuencia en la mayoría de relaciones existentes, por lo que decidimos crear una entrada acerca de los problemas más habituales en la relación de pareja. De esa manera no sólo podrás saber cuáles son, sino que además te daremos algunas recomendaciones para poder sobrellevarlos correctamente, entender por qué aparecen y qué opciones existen para pedir ayuda si lo necesitáis.
Como comentábamos, existen muchos problemas frecuentes que pueden tener las relaciones de pareja. Lo importante es saber cómo sobrellevarlos para así evitar una posible ruptura; a menos de que esa sea la solución adecuada al problema, la cual también debe realizarse de buena manera, aunque esto último lo contaremos en otra entrada.
¿Cuáles son los los problemas más habituales en la relación de pareja?
Los problemas de pareja, como los que se originan en cualquier tipo de relación, aparecen porque dos personas distintas intentan convivir y construir un proyecto en común. Aunque compartan valores, gustos o metas, también tienen diferencias en su carácter, en su historia personal, en sus expectativas y en la forma de expresar sus necesidades. Esa diferencia es natural, pero puede convertirse en fuente de conflicto cuando no se gestiona bien.
A medida que la relación avanza, van cambiando los intereses, las prioridades y las circunstancias vitales (trabajo, familia, salud, economía…). Si la pareja no se adapta a esos cambios, pueden surgir tensiones acumuladas que hacen que los pequeños roces diarios se transformen en discusiones frecuentes o en distanciamiento emocional.
A continuación encontrarás los problemas más habituales en las relaciones de pareja y las claves principales para empezar a gestionarlos mejor.
Problemas para comunicarse
Este es uno de los problemas más habituales en la relación de pareja, debido a que gracias a él muchas parejas optan por terminar la relación. Los problemas de comunicación afectan todo tipo de relaciones, lo que significa que las amorosas no están exentas de ello.
Esta situación suele ocurrir cuando una persona no es capaz de comunicarse con la otra y decirle lo que piensa o siente. Muchas veces el individuo incapaz de mantener una comunicación asertiva suele guardarse pensamientos o emociones negativas, reprimiéndolas, lo que provoca una acumulación que suele explotar en determinados momentos; llegado ese momento, la persona dice de mala forma todo lo que sintió o pensó.
A esto se le suma otro patrón muy frecuente: hablar sólo para reprochar o para defenderse, sin escucha activa. Aparecen frases del tipo “tú siempre”, “tú nunca”, interrupciones constantes, ironías o silencios prolongados en los que se evita el tema. En lugar de expresar “esto me incomoda”, se tiende a decir “me molestas”, lo que incrementa la tensión y hace que el otro se ponga a la defensiva.
También pueden existir problemas en la escucha: interpretar cualquier comentario de la pareja como ataque o crítica. Por ejemplo, si uno sugiere hacer algo de otra manera, el otro puede vivirlo como signo de que “todo lo hago mal”, aunque ese no sea el mensaje real. Cuando ocurre esto, cada conversación sencilla se convierte en un campo de batalla.
Cabe destacar que la comunicación es el pilar fundamental de toda relación, así que a partir de este momento todos los problemas que comentaremos necesitarán de la misma para poder ayudar a solventarlos. Aprender a hablar en primera persona (“yo siento”, “yo necesito”), a escuchar sin interrumpir y a buscar acuerdos, en lugar de culpables, es un paso clave para mejorar la convivencia.
Dificultad para convivir con la otra persona
Es muy común que las parejas piensen que vivir juntos es fácil y sencillo; cuando en realidad es todo lo contrario. Empezar a vivir con una persona implica verla una gran cantidad de horas, compartir las tareas del hogar, acostumbrarse a las manías del otro o eliminar aquellas que puedan ser negativas para la relación.
La convivencia saca a la luz hábitos, rutinas y expectativas que quizá no se veían en las primeras fases del noviazgo. Es habitual discutir por el orden, la limpieza, los horarios, el ruido, las visitas o la forma de organizar el dinero. Si uno siente que asume más tareas que el otro, o que su espacio personal no se respeta, puede aparecer resentimiento.
Independientemente de cuál sea el motivo, vivir con la pareja no siempre es como en las películas o libros; así que deberás aprender a tener paciencia y a negociar acuerdos claros sobre tareas domésticas, tiempo a solas, tiempo con amigos o familia, y normas de convivencia. De esta manera, se evitan malentendidos y se reduce la sensación de injusticia.
Es muy útil también que cada uno revise la educación recibida en su familia de origen. Muchas veces, la idea de lo que es “normal” en casa (por ejemplo, cómo se reparten las tareas o cómo se expresan los afectos) no coincide con la de la otra persona. Hablar de estos modelos y construir entre ambos un estilo propio ayuda a que la convivencia sea más flexible y respetuosa.
Problemas en la cama
A pesar de que la intimidad no puede ser vista como el único factor importante de la relación, en realidad es también uno de los pilares que la sostienen. Los problemas en la cama suelen ser demasiado comunes entre las parejas, más que todo por: los diferentes gustos de cada individuo y algún trastorno físico o mental; entre los que encontramos la eyaculación precoz o el vaginismo, por poner dos ejemplos.
Además de estas dificultades, pueden presentarse problemas de deseo (una persona quiere mantener relaciones con más frecuencia que la otra), dificultades de excitación, disfunción eréctil, dolor en las relaciones o anorgasmia. Todo ello afecta tanto a quien lo sufre en primera persona como a la dinámica de la pareja, ya que la sexualidad es también una forma de expresar cariño, juego y complicidad.
Para solucionar estos inconvenientes debe haber comunicación para indicar qué nos gusta y qué no; así como también asistir a especialistas o profesionales de la salud para poder solventar cualquier problema del tipo físico o psicológico. No se trata sólo de “tener más sexo”, sino de construir una sexualidad saludable y compatible, en la que ambos puedan expresar sus deseos, sus límites y sus miedos sin sentirse juzgados.
Es importante recordar que cada pareja tiene su propio ritmo, y que lo esencial es la sintonía entre las expectativas de ambos. Cuando no coinciden, y no se habla de ello, se acumulan frustraciones que terminan afectando a la autoestima y al vínculo afectivo.

Problemas externos e infidelidad
Existen muchos problemas externos que pueden afectar una relación de pareja, como por ejemplo el trabajo, los amigos o incluso la familia. Principalmente el trabajo puede afectar la relación debido a los niveles de estrés que puede afectar a uno o ambos miembros de la relación; al igual que la falta de tiempo debido a la carga excesiva de trabajo, que a su vez también produce cansancio.
No todos los conflictos de pareja se originan dentro de la relación. También influyen las preocupaciones personales: problemas económicos, enfermedades, dificultades con los hijos, conflictos con la familia de origen o con la familia política. Cuando uno de los dos está sometido a mucha presión, es probable que llegue a casa irritable, cansado o indiferente, y esto, si no se habla, puede interpretarse como desinterés o falta de cariño.
La infidelidad es más común de lo que piensas y también es uno de los problemas más habituales en la relación de pareja. Los motivos por los que puede darse son muchos, incluyendo varios de los problemas aquí presentados (principalmente el de comunicación y la desconexión emocional). Puede aparecer cuando una persona siente que no es escuchada, valorada o deseada, y busca fuera aquello que echa de menos dentro de la relación.
En este punto es muy difícil superar el problema y seguir adelante; pero no es imposible, puesto que muchas parejas lo han logrado. Para ello se requiere reconstruir la confianza, revisar qué ha fallado en el vínculo, asumir responsabilidades (no culpas unilaterales) y, en muchos casos, acudir a terapia de pareja para contar con un espacio seguro donde trabajar el dolor, la rabia y el miedo que genera una traición.
Conflictos económicos y monotonía
A pesar de que el dinero no lo es todo, la falta de este puede hacer estragos en las relaciones de pareja; ya que puede traer problemas como la monotonía, dificultades para necesidades básicas, entre otros conflictos que pueden llevar a una ruptura.
Las diferencias en la forma de gestionar el dinero (ahorrar, gastar, invertir, endeudarse) también generan discusiones: uno puede ser más prudente y el otro más impulsivo, o tener prioridades muy distintas respecto a en qué merece la pena gastar. Si no se habla abiertamente de estos temas y no se establecen acuerdos claros, la economía se convierte en una fuente de tensión constante.
La monotonía suele ser común cuando no tenemos dinero, aunque en dicho caso sólo hay que ser creativos para encontrar maneras de cambiar la rutina. Sin embargo, también puede darse teniendo dinero suficiente para salir. Esta suele presentarse normalmente cuando están juntos por mucho tiempo y se puede lograr superar si ambos ponen de su parte para compartir nuevas experiencias.
La rutina no es sólo “hacer siempre los mismos planes”, sino dejar de cuidar el vínculo emocional: se pasa menos tiempo de calidad juntos, se reduce el afecto espontáneo, se dejan de lado detalles que antes eran habituales. Poco a poco, la pareja deja de sentirse equipo y empieza a vivir más como compañeros de piso que como pareja. Para frenar este proceso, conviene reservar momentos de encuentro, aunque sean sencillos, y mantener viva la curiosidad por la otra persona.
Dependencia de la pareja
Entre los problemas más habituales en la relación de pareja podemos encontrar la dependencia emocional, la cual se refiere a la adicción emocional que tenemos con nuestra pareja. Llegados a este punto, los conflictos puede ser realmente abrumadores y causantes de la ruptura.
Cuando existe dependencia, una persona siente que no puede estar bien si no cuenta con la aprobación, la presencia o el afecto constante de la otra. Esto se traduce en celos intensos, miedo a la soledad, renuncia a amistades o intereses personales, y una tolerancia muy alta a comportamientos que le hacen daño con tal de no perder la relación.
Ambos miembros de la pareja deben aprender a no depender del otro para sentirse bien o ser felices, ya que si no, cuando la relación se acabe el individuo afectado podrá presentar secuelas psicológicas, como depresión, ansiedad o incluso comportamientos como el acoso. Trabajar la autoestima, aceptarse a uno mismo, el autocuidado y los límites es fundamental para construir vínculos sanos, en los que se elige estar con el otro desde la libertad, y no desde el miedo al abandono.
Los celos también forman parte de este problema. Un cierto grado de celos puede considerarse normal, porque aparece el temor a perder a alguien importante. Sin embargo, cuando se convierten en celos patológicos (control del móvil, prohibiciones, sospechas constantes sin motivo), deterioran la relación y pueden provocar un clima de desconfianza y vigilancia que resulta insostenible para ambas partes.
Otros conflictos frecuentes en la relación de pareja
Además de los problemas ya comentados, en muchas relaciones aparecen otras dificultades que conviene aprender a identificar:
- Diferencias en los valores fundamentales: cuando no se comparten ciertas ideas de base (sobre la fidelidad, la familia, la educación de los hijos, el uso del dinero o el estilo de vida), los conflictos pueden ser constantes. No es necesario pensar igual en todo, pero sí respetar las diferencias y encontrar puntos intermedios.
- Falta de tiempo de calidad juntos: no basta con estar en el mismo espacio físico; es importante compartir momentos en los que haya atención, conversación y afecto genuino. Si el tiempo común se reduce sólo a tareas y obligaciones, la relación se resiente.
- Problemas con las familias de origen: cuando la familia de uno de los miembros no acepta la relación, se entromete en las decisiones o invade la intimidad de la pareja, se generan tensiones que suelen ser difíciles de manejar si no se establecen límites claros.
- Diferencias en la crianza de los hijos: tener puntos de vista opuestos sobre normas, límites o afecto hacia los hijos genera discusiones frecuentes y, en ocasiones, hace que uno de los progenitores se sienta desautorizado por el otro.
Muchos de estos problemas se relacionan entre sí y se alimentan mutuamente. Por ejemplo, una sobrecarga de responsabilidades puede generar agotamiento; este agotamiento hace que disminuya el tiempo de calidad, lo que favorece la desconexión emocional y, a partir de ahí, la falta de deseo o la aparición de terceras personas como vía de escape. Por eso es tan importante detectar los primeros signos de malestar y no esperar a que la situación se vuelva insostenible.
Cuándo y cómo pedir ayuda profesional
Hay parejas que consiguen resolver sus dificultades con diálogo, paciencia y pequeños cambios en el día a día. Otras, sin embargo, sienten que, por más que lo intentan, vuelven una y otra vez a los mismos reproches y discusiones. Cuando esto ocurre, puede ser un buen momento para considerar la terapia de pareja.
En un proceso terapéutico se ofrece un espacio seguro donde cada miembro puede expresar cómo se siente sin ser interrumpido, se analizan los patrones de interacción que mantienen el conflicto (por ejemplo, crítica – defensa, persecución – huida) y se entrenan habilidades de comunicación, negociación y gestión emocional. No se trata de buscar quién tiene la razón, sino de entender qué necesita cada uno y cómo puede pedírselo al otro de manera más constructiva.

Estos son los problemas más comunes que suelen presentarse en las relaciones de pareja. Lejos de significar que la relación está condenada, reconocerlos es una oportunidad para crecer como personas y como equipo, siempre que exista voluntad de cambio, respeto mutuo y apertura al diálogo.

