Vivimos con la sensación de que hay mala gente repartida por todo el mundo, desde vecinos que actúan con un egoísmo pasmoso hasta líderes históricos responsables de atrocidades difíciles de imaginar. A veces esa sensación se vuelve asfixiante, sobre todo cuando cambias de entorno, te vas a otra ciudad y descubres que muchos desconocidos te tratan con frialdad, indiferencia o directamente con hostilidad. Entonces surge la duda incómoda: ¿es que el planeta está realmente lleno de personas horribles y sin empatía?
Al mismo tiempo, nos educan en la idea de que hay que ser amables, compasivos y solidarios incluso con quienes no conocemos. Los libros de texto, la educación básica y buena parte de la cultura popular insisten en la importancia de ayudar, perdonar y ponerte en la piel del otro. Sin embargo, en la práctica parece que una minoría aplica de verdad esos valores, mientras que la mayoría se mueve por interés propio, miedo o pura comodidad. Esa contradicción entre lo que se enseña y lo que se ve en el día a día es una de las grandes fuentes de frustración cuando uno intenta comportarse bien en un entorno que percibe como hostil.
¿La gente es mala por naturaleza o solo parece así?
La experiencia cotidiana nos deja escenas en las que la falta de consideración ajena resulta evidente y que plantean si la gente es mala por naturaleza. En algo tan simple como un autobús, no es raro que alguien abra o cierre una ventana a su antojo, sin preguntar a nadie, sin mirar alrededor, sin plantearse si está molestando. A veces la dejan entreabierta, sin preocuparse mínimamente por los demás pasajeros. Son comportamientos pequeños, pero repetidos constantemente generan la impresión de que cada uno va a lo suyo y que la empatía brilla por su ausencia.
Si imagináramos una especie de carrera de ratas humana en directo, muchos sospechamos que habría personas capaces de correr como si no hubiera un mañana, empujando, golpeando, incluso pisoteando a otros con tal de llegar antes o conseguir lo que quieren. La historia de estampidas en eventos deportivos, rebajas o conciertos refuerza esa visión: en situaciones extremas, una parte de la población se comporta como si el resto fueran obstáculos, no personas.
Además, hay una sensación de que las personas que alcanzan posiciones de poder o riqueza rara vez lo hacen por ser especialmente buenas o generosas. A lo largo de los siglos, muchos de los que han llegado a tronos, gobiernos o grandes fortunas lo hicieron recurriendo a la violencia, el engaño, la manipulación o la explotación de otros. Y hoy, aunque cambien las formas, la percepción de fondo es parecida: ascender significa, para demasiados, pasar por encima de quien haga falta.
Todo esto lleva a una conclusión muy cruda: parece que el mundo premia más al que es narcisista, retraído y conformista que al que intenta actuar con principios. El que se adapta sin cuestionar, el que mira solo por lo suyo, el que no se complica ayudando a otros, suele encontrar el camino más sencillo. Quien se esfuerza en ser honesto, empático y justo, en cambio, puede sentirse fuera de lugar, como si jugara con desventaja en un sistema diseñado para todo lo contrario.
El contraste entre las lecciones de moral aprendidas de pequeños y la realidad social que vemos al crecer genera mucho desencanto. ¿Por qué se sigue enseñando a ser compasivos si luego casi nadie actúa así? ¿Por qué mantener un discurso que parece ingenuo o poco práctico? Una posible respuesta es que esos valores no se enseñan porque sean fáciles, sino porque son necesarios para que la convivencia sea mínimamente soportable. Otra cosa es que la mayoría se quede solo en el discurso y no dé el paso a aplicarlos cuando tocan los sacrificios personales.
Cuando la maldad alcanza otro nivel: los grandes verdugos de la historia
Más allá de la gente corriente que puede ser egoísta o poco empática, la historia está plagada de figuras que llevaron la crueldad a niveles extremos. Son personas que no solo cometieron actos reprobables, sino que convirtieron la violencia, el terror y el sufrimiento ajeno en un modo de vida o en una herramienta de poder. Es ahí donde aparecen los nombres que solemos asociar con la «peor gente del mundo».
Se suele recordar, por ejemplo, a un burócrata del horror como Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores de la maquinaria nazi encargada del exterminio de millones de judíos. No era un soldado de primera línea ni un fanático de trinchera, sino un técnico de oficina, un administrador eficaz al servicio de un plan monstruoso. Su figura nos recuerda que el mal no siempre tiene cara de loco desquiciado; a veces se esconde tras un empleado obediente que “solo cumple órdenes”.
Antes de él, en plena época de la Inquisición, destaca la sombra de Tomás de Torquemada, el inquisidor que llevó a otro nivel la persecución de herejes, judíos conversos y cualquiera que se saliera de la ortodoxia religiosa oficial. Bajo su mando se instauró un régimen de miedo, donde la tortura, las delaciones y los autos de fe se convirtieron en herramientas cotidianas para imponer una visión única de la fe y la sociedad.
Si miramos hacia el este de Europa, aparece la figura de Iván IV de Rusia, conocido como Iván el Terrible. Aunque fue un zar que centralizó el poder y dejó una huella política profunda, su fama viene sobre todo de la crueldad con la que trató a sus súbditos, la represión salvaje contra la nobleza y los episodios de violencia descontrolada, llegando incluso a matar a uno de sus propios hijos en un arrebato de ira. Su reinado es un ejemplo de cómo la paranoia y el autoritarismo absoluto pueden transformar a un monarca en verdugo de su propio pueblo.
En el siglo XX, el nombre de Pol Pot se asocia de forma indisoluble con uno de los experimentos sociales más atroces de la historia reciente. Como líder de los Jemeres Rojos en Camboya, impulsó una revolución que pretendía crear una sociedad igualitaria a costa de vaciar ciudades, perseguir a intelectuales, exterminar a minorías y condenar a la población a trabajos forzados y hambrunas masivas. El resultado fue la muerte de una proporción gigantesca de la población del país en apenas unos años.
Dentro de ese catálogo de personajes, también figura Elizabeth Báthory, la aristócrata húngara envuelta en una leyenda de crueldad enfermiza. La tradición la presenta como una asesina de jóvenes a las que habría torturado y matado de maneras escalofriantes, hasta ganarse el apodo de “condesa sangrienta”. Aunque los detalles históricos están entre la realidad y el mito, su figura se ha convertido en símbolo de una maldad refinada, ligada al abuso de poder, el sadismo y la deshumanización de las víctimas.
Retrocediendo aún más en el tiempo aparece Atila, el Huno, líder de un pueblo nómada que se convirtió en pesadilla del Imperio romano. Su nombre ha quedado asociado a la destrucción y al saqueo, hasta el punto de que la frase “por donde pasa Atila no vuelve a crecer la hierba” resume la fama de devastación que dejaron sus campañas militares. Más allá de la exageración, fue un caudillo cuya fuerza se basaba en infundir terror a gran escala.
En una escala similar de impacto histórico encontramos a Genghis Khan, el fundador del Imperio mongol. Su genio militar y organizativo fue innegable, pero su expansión estuvo acompañada de matanzas masivas, ciudades arrasadas y millones de muertos. Su nombre encarna la mezcla de brillantez estratégica y brutalidad sin límites que caracteriza a muchos de los grandes conquistadores de la historia.
Crímenes que hielan la sangre: de sectas asesinas a genocidios
La maldad no aparece solo en grandes líderes militares o políticos; también se manifiesta en figuras carismáticas que manipulan a grupos de seguidores hasta llevarlos a cometer actos indescriptibles. Un ejemplo paradigmático es el de un gurú de tintes mesiánicos que, con su labia, su personalidad dominante y su capacidad para explotar las debilidades ajenas, logró convencer a un grupo de fanáticos para que asesinaran a cuchilladas a una famosa actriz de Hollywood, embarazada de ocho meses, y a los amigos que compartían cena en su casa. Esa combinación de fanatismo, culto a la personalidad y violencia irracional muestra hasta qué punto una mente manipuladora puede convertir a otros en instrumentos de sus delirios.
En otro contexto distinto, lejos de los focos internacionales, nos topamos con criminales en serie cuyo objetivo son los más vulnerables. La historia de un individuo que violó y asesinó a más de doscientos niños en zonas rurales de Colombia ilustra la profundidad del horror que puede alcanzar un solo ser humano cuando actúa con total impunidad, aprovechándose de la pobreza, el aislamiento y la falta de protección de la infancia.
En el terreno de la política de masas, el siglo XX vio emerger a un dirigente obsesionado con la pureza racial que envió a la muerte a seis millones de judíos únicamente por pertenecer a ese pueblo, además de desencadenar la guerra más devastadora que ha conocido el planeta. Su régimen industrializó el asesinato, levantó campos de concentración y exterminio, y convirtió a un estado moderno en máquina de matar. La frialdad con la que se diseñaron esos mecanismos de exterminio sigue siendo uno de los mayores símbolos de maldad planificada de la historia.
Casi al mismo tiempo, otro líder autoritario en una gran potencia llevó a millones de sus compatriotas a una muerte lenta y silenciosa. A través de purgas políticas, juicios farsa y condenas a trabajos forzados en los gélidos campos de prisioneros de Siberia, los llamados gulags, “congeló” literalmente a una enorme parte de su población. No se trató solo de represión puntual, sino de un sistema entero construido sobre el miedo, la delación y la eliminación de cualquier sospecha de disidencia.
La maldad organizada también adopta la forma del terrorismo internacional. Un millonario árabe, procedente de una familia acomodada, ideó y financió el ataque que acabó con las Torres Gemelas en Nueva York, provocando miles de muertes en cuestión de minutos y desencadenando un cambio geopolítico de enormes proporciones. Aquel atentado, el más impactante de la historia moderna, demostró cómo una combinación de fanatismo ideológico, recursos económicos y logística puede convertir a unos cuantos hombres en autores de una tragedia global.
Pero no hace falta irse tan lejos para encontrar ejemplos de violencia brutal en apariencia cotidiana. En un pequeño pueblo de la llamada “Extremadura profunda”, dos hermanos ya ancianos decidieron saldar a tiros una venganza larvada durante décadas, acabando con la vida de varias personas, entre ellas dos niñas. En este caso no había grandes estrategias políticas ni campañas militares; solo rencor acumulado, sentido distorsionado de la justicia y la decisión de cobrarse cuentas pendientes a base de sangre.
Todos estos casos nos ponen delante una verdad incómoda: muchas veces, quienes cometen las peores atrocidades no son monstruos ajenos a nuestra especie, sino hombres y mujeres que tuvieron una infancia, una familia y una vida aparentemente normal. Nacieron, crecieron y, en algún punto de su historia personal, eligieron o aceptaron caminar por el camino del crimen, la violencia o el odio sistemático hacia otros. Esa constatación es inquietante porque rompe la comodidad de pensar que “ellos” son radicalmente distintos de “nosotros”.
Listas de «la peor gente» y el lado oscuro de nuestra fascinación
Con todo este trasfondo, no es extraño que aparezcan libros, reportajes y artículos dedicados a recopilar los nombres más siniestros de la historia. Periodistas y escritores se adentran en las cloacas del género humano para “cazar” a sus “ratas” más famosas, elaborando listas de cien, cincuenta o diez personajes cuyo denominador común es haber convertido el crimen en estilo de vida, herramienta de poder o marca personal.
En esas recopilaciones no solo encontramos dictadores, tiranos y asesinos en serie reales; también tienen hueco los villanos más despiadados de la literatura, el cine o el cómic. Personajes ficticios que condensan rasgos de maldad extrema, diseñados para causar impacto y para servir como espejo deformado de nuestros propios miedos. Al colocarlos junto a figuras históricas reales, se crea una galería aún más perturbadora, donde la línea entre realidad y ficción se vuelve difusa, pero el efecto emocional es muy potente.
El lector se acerca a estas historias con una mezcla de morbo, repelús y curiosidad. Queremos mirar de cerca a los peores criminales, entender qué pasó por su cabeza, qué infancia tuvieron, qué decisiones tomaron, intentando encontrar una explicación que, en el fondo, nos tranquilice: si logramos verlos como casos extremos, quizá podamos convencernos de que todo eso está muy lejos de nosotros. Sin embargo, muchas veces el resultado es el contrario: descubrimos que algunos empezaron como personas aparentemente corrientes.
Los autores que exploran estos temas suelen describir los crímenes con un nivel de detalle que casi permite “oler” la sangre en las páginas. No se trata solo de enumerar muertes, sino de mostrar el contexto, las motivaciones, la frialdad de los verdugos, el sufrimiento de las víctimas. Esa intensidad narrativa tiene un lado peligroso: corremos el riesgo de insensibilizarnos o de convertir el horror en un espectáculo más, una especie de entretenimiento macabro.
Al mismo tiempo, estas obras cumplen una función: nos recuerdan que la maldad no es un mito ni una exageración, sino una posibilidad humana real, que se ha manifestado a lo largo de los siglos en formas muy diversas. Conocerla, mirarla de frente, puede servir tanto para aprender a detectarla como para comprender hasta qué punto es necesaria una ética sólida para no deslizarse por esa pendiente.
Si hay tanta mala gente, ¿por qué seguimos enseñando a ser buenos?
La gran paradoja es que, pese a todos estos ejemplos de violencia y egoísmo, seguimos educando a los niños en la importancia de la compasión, la bondad y la ayuda al prójimo. En los colegios se habla de empatía, de derechos humanos, de solidaridad; en casa, muchos padres intentan transmitir que hay que compartir, respetar y no hacer daño. Parece casi contradictorio con lo que vemos luego en la calle, en la política, en la economía o incluso en el transporte público.
Una razón de peso es que esos valores, aunque sean difíciles de aplicar, son los que hacen posible una convivencia mínima y una sociedad que no se derrumbe. Si todo el mundo actuara únicamente por interés propio, sin freno ni consideración por los demás, viviríamos en un caos permanente. Las normas éticas, el respeto a los desconocidos, el esfuerzo por no aprovecharse del más débil, no son adornos morales, sino mecanismos básicos de supervivencia colectiva.
El problema es que muchas personas que podrían marcar una gran diferencia se quedan a medio camino: se declaran “buenas personas” pero, llegado el momento de renunciar a un privilegio o hacer un esfuerzo real por alguien que lo necesita, hacen lo justo para quedar bien y poco más. No es que sean monstruos, pero tampoco están dispuestas a moverse demasiado de su zona de confort. Esa actitud de “hasta aquí llego” contribuye a la sensación de que la verdadera bondad es rara.
También influye el modo en que se enseñan estos valores. A veces se ofrecen como lecciones idealistas y poco conectadas con la realidad, sin explicar los conflictos, los sacrificios ni las contradicciones que conlleva ser coherente en un mundo competitivo. Se habla de ayudar, pero no se aborda en serio la presión social para ser conformista, el miedo a destacar, la tentación de seguir haciendo lo de siempre porque “todo el mundo lo hace”.
Quienes no encajan en ese molde, quienes no son suficientemente narcisistas, retraídos o conformistas, pueden sentir que el mundo está diseñado para penalizar a quien se toma en serio la ética. Si tú te esfuerzas por ser justo y los demás se aprovechan, la frustración crece. Sin embargo, renunciar a esos valores por pura autodefensa tampoco garantiza una vida mejor; solo te suma al problema general.
Mirar de frente todo este panorama, con pequeñas miserias cotidianas y grandes crímenes históricos, no es agradable, pero ayuda a entender mejor en qué tipo de sociedad vivimos. La existencia de mala gente en el mundo es innegable, desde el pasajero del autobús que solo piensa en su comodidad hasta el tirano que ordena matanzas masivas. Lo que marca la diferencia es qué hacemos cada uno con ese conocimiento: si lo usamos como excusa para sumarnos al cinismo general o como motivo para reforzar, aunque cueste, una forma de estar en el mundo un poco más decente que la de quienes han llenado de sangre tantas páginas de la historia.