Arranca un nuevo ciclo y, mientras miramos de reojo al calendario, el cuerpo nos pide pausa, manta y versos. Tras un año intenso, muchas personas buscan en la poesía ese refugio íntimo donde ordenar pensamientos, escuchar emociones y, por qué no, descubrir voces nuevas que les acompañen en los días fríos, en escapadas a la montaña o incluso en paseos junto al mar. La poesía sigue siendo ese lugar raro y luminoso donde el tiempo se detiene.
Este comienzo de año llega cargado de libros de poemas muy diversos, autores consagrados como Mario Benedetti y voces emergentes, premios reconocidos, propuestas arriesgadas y también textos personales que miran hacia atrás para entender quiénes somos hoy. Desde poemarios premiados en España hasta escrituras que viajan desde Argentina, pasando por la tradición japonesa de los tankas y los haikus, sin olvidar la poesía íntima, juvenil y confesional de quien vuelve a sus primeros versos para intentar descifrarse. Todo ello se cruza con otras formas de experiencia estética, como la música sinfónica, donde también late una profunda vocación poética.
Poesía para encender la luz en un año oscuro
Hay quien asegura que este año que empieza tendrá un tinte sombrío, complejo, incluso tenebroso. Precisamente por eso, leer poesía se convierte casi en una necesidad de higiene emocional. Un crítico nos recuerda que los buenos libros de poemas nos llevan a ese silencio incómodo que casi nunca queremos escuchar, pero del que salen las preguntas importantes: quiénes somos, qué lugar ocupamos en el mundo, cómo nos relacionamos con la naturaleza, con los demás y con nuestro propio pasado.
Estos poemarios que llegan de dentro y fuera de nuestras fronteras muestran cómo el lenguaje poético sigue siendo una herramienta finísima para explorar la existencia. Verso a verso, el yo poético se confronta con el miedo, la incertidumbre y la rutina, y al mismo tiempo abre ventanas de belleza inesperada: nubes, casas, mares, ritos de la infancia, cuerpos que arden, arquitecturas del azar, lunas intuídas y madrugadas de deseo. La utilidad de la poesía o su función poética, nos dicen, está precisamente ahí: en ofrecer una luz pequeña pero obstinada en mitad de lo que parece oscuridad.
Sol y sombra: el virtuosismo sereno de Mercedes Escolano
Uno de los títulos más destacados de esta selección es “Sol y sombra” (Reino de Cordelia), de Mercedes Escolano (Cádiz, 1964), galardonado con el XXVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. En este libro, la autora demuestra un dominio absoluto de un lenguaje aparentemente sencillo y cotidiano, pero de una precisión casi quirúrgica. Su poesía se alimenta del habla diaria, de esas palabras que usamos sin pensar, para cargarlas de metáforas y de imágenes que sorprenden por su hondura.
Se trata de una escritura que convierte la experiencia diaria en materia poética de primera. Una tarde cualquiera, un cielo cruzado por nubes, una habitación en penumbra… todo puede volverse un espacio donde el mundo interior encuentra su reflejo. Quien la ha leído destaca la capacidad de Escolano para entrelazar ternura y lucidez, luz y penumbra, como en ese momento en que unas nubes parecen ir «cosiendo» un cielo a punto de dormirse: la imagen es sencilla, pero se queda grabada.
Este virtuosismo discreto hace que “Sol y sombra” sea ideal para quienes quieren reconciliarse con la poesía sin caer en lo críptico. No hace falta tener una gran formación literaria para entrar en su universo, pero sí conviene estar dispuesto a dejarse tocar por una sensibilidad que capta lo trascendente en lo pequeño.
El cuerpo quemará la medida de las casas: incendio y mirada
En “El cuerpo quemará la medida de las casas” (La Garúa), la poeta murciana Cleofé Campuzano Marco (Murcia, 1986) propone una experiencia distinta, más inquietante y cargada de intensidad sensorial. El libro llega acompañado de un prólogo de Luis Llorente, quien subraya la importancia de permitir que la mirada celebre el incendio: es decir, de asumir que mirar de verdad implica a veces arder, dejarse transformar por lo que se contempla.
En estos versos, el cuerpo se mide con los espacios que habita: las casas, las piedras, los espejos. Hay una tensión constante entre lo que se muestra y lo que se oculta, un juego entre lo visible y lo secreto que convierte cada poema en un pequeño enigma. Se menciona que «solo las piedras y los espejos dicen y esconden», una idea que enmarca todo el libro: la realidad habla, pero casi siempre con doble fondo.
La autora demuestra un conocimiento profundo de cómo funciona el verso que empuja, que da continuidad, que no se conforma con una anécdota bonita. Su poesía es una invitación a cruzar umbrales interiores, a aceptar que hay una parte de nosotros que se quema cuando mira de frente el mundo, pero que precisamente ahí surge una forma de verdad.
Sueños: La puerta oscura, de Jaime D. Parra
“Sueños: La puerta oscura” (Aerea-Ril), de Jaime D. Parra (Huércal-Overa, Almería), llega prologado por Jesús Aguado, quien destaca en su lectura esa puerta en penumbra que se abre hacia una zona incierta del ser. El libro se mueve en un territorio fronterizo entre el sueño y la vigilia, entre lo que recordamos y lo que preferimos mantener al otro lado, casi como si se tratara de un umbral al que nos acercamos con temor.
Parra plantea el dilema de cruzar o no esa frontera interior. El sujeto poético confiesa que intenta evitar pasar al otro lado para no invadir esa «parte otra», como si existiera una zona de sí mismo que teme colonizar. Esta tensión refleja un conflicto muy humano: queremos conocernos, pero al mismo tiempo nos asusta lo que podamos descubrir. La puerta oscura del título es, en el fondo, una metáfora del conocimiento de uno mismo.
Los versos se mueven entre la introspección filosófica y la imagen onírica, sin renunciar a una claridad que permite seguir el hilo aunque nos adentramos en territorios resbaladizos. El libro parece proponer que ser, en mayúsculas, implica aceptar la vida completa, sin huir, incluso cuando la realidad se vuelve incómoda o desconcertante.
El Libro (no) de los Salmos: juego, lucidez y vida cotidiana
Con “El Libro (no) de los Salmos” (Hiperión), la escritora argentina Susana Szwarc (Quitilipi, Argentina) propone una especie de anti-libro sagrado, un conjunto de textos que dialogan con la tradición de los salmos, pero desde un lugar muy libre y contemporáneo. En estos poemas, lo lúdico y lo lúcido van de la mano: el verso parece jugar con las palabras, pero ese juego esconde una mirada afilada sobre la existencia.
La autora habla de que la letra debería «atesorar su pasar de largo», una expresión que resume bien su poética: las palabras guardan la huella de lo que se escapa. Sus salmos «no del todo salmos» mantienen cierto eco de invocación, de plegaria, de diálogo con algo más grande que uno mismo, pero al mismo tiempo se agarran a la cotidianidad como materia poética. El desayuno, una conversación banal, un gesto mínimo… todo se convierte en soporte de esas grandes preguntas que nunca terminamos de resolver.
Este libro plasma la ambigüedad propia de la incertidumbre existencial, pero lejos de derrumbarse en la angustia, recupera la alegría de leer y releer: se insiste en que hay necesidad de volver a estos poemas, de dejarlos decantar, de permitir que su misterio vaya haciéndose claro con el tiempo.
Ritos de paso: infancia, portales y azar poético
En “Ritos de paso” (Nazarí), Constanza González Ferrer (Barcelona-Albolote, 1967) se adentra en los umbrales que marcan una vida: la niñez, las primeras pérdidas, las decisiones que nos cambian sin que nos demos cuenta. Su poesía reivindica la pluralidad y diversidad de tonos y registros que puede asumir lo poético, a la vez que convierte la memoria en un territorio que es preciso cruzar una y otra vez.
Los poemas recuperan esos portales de la infancia donde parece que todo se deshacía: esquinas, descansillos de escalera, calles que ya no existen del mismo modo. En esos espacios cotidianos se decanta nuestra forma de ver el mundo, se forjan las circunstancias que nos acompañarán. La autora sugiere una mezcla de azar y necesidad: nada está del todo escrito, pero tampoco somos una hoja en blanco que decide sin condicionantes.
Leída en diálogo con otros libros del listado, la propuesta de González Ferrer amplía la intuición de que la poesía puede ser un lugar de paso entre tiempos: escribimos desde el presente, pero con la sensación de estar atravesando puertas que conducen tanto al pasado como a una especie de futuro posible.
La arquitectura del azar: haikus que atrapan el instante
“La arquitectura del azar” (Polibea), de Juan Manuel Uría, incluye unas palabras preliminares de Manuel Neila, quien subraya la hazaña de conseguir una sencillez auténtica y trabajada en el breve formato del haiku. Uría se adentra en la tradición japonesa de capturar en muy pocos versos un instante que parece mínimo, pero que contiene una emoción o una revelación inesperada, junto a referencias históricas al barroco que muestran la amplitud de la tradición.
Estos haikus destacan por su delicadeza y por esa sensación de que algo se ilumina sin estridencias. Un detalle efímero -la luz sobre una hoja, una sombra que pasa, un gesto cualquiera- abre la puerta a una intuición de eternidad, como si en lo pasajero hubiera un deseo imposible de durar. Se habla de ver en lo efímero una «ansia irrefrenable de eternidad», y ese es quizá el corazón de este libro: la belleza que se sabe fugaz pero insiste en quedarse.
La sencillez aquí no es pobreza, sino una renuncia consciente a la retórica innecesaria. El resultado es una poesía que requiere lectura atenta y lenta, ideal para quienes quieren empezar el año entrenando la mirada para descubrir lo extraordinario en lo que la rutina suele invisibilizar.
La luna presentida: tankas entre naturaleza y sentimientos
“La luna presentida – Tankas” (Satori), de Fidel Sendagorta (Madrid, 1956), se inscribe también en la tradición japonesa, pero esta vez a través de los tankas, composiciones de cinco versos que permiten algo más de desarrollo que el haiku. Aquí se entretejen de forma magistral vida diaria, paisaje y emoción amorosa, hasta el punto de que casi cuesta distinguir dónde empieza una y termina la otra.
En estos poemas, lo cotidiano se empapa de misterio: aquello que ayer nos parecía deslumbrante hoy se ve cubierto por una nube de interrogantes, y viceversa. Los textos sugieren que ese cambio de luz forma parte de la propia condición humana, y que en esa oscilación se asienta una belleza discreta pero persistente. La luna, apenas intuida más que vista, sirve como símbolo de todo lo que sentimos cerca sin llegar a poseer del todo.
La mano del autor se percibe firme, conocedora del género, y al mismo tiempo abierta a un tono personal. Para quien disfrute de una poesía que combina contemplación y afecto, este libro es una apuesta segura con la que empezar el año con calma y profundidad.
La lascivia caía como agua de madrugada: eros, culpa y renacimiento
Otro título llamativo es “La lascivia caía como agua de madrugada” (Huerga y Fierro), del dominicano Mateo Morrison (Santo Domingo, 1946). Se trata de un poemario intenso, casi catártico, donde se entrelazan deseo, culpa, muerte y una ética de la resurrección íntima. El texto se sitúa en esa zona donde lo erótico y lo tanático se rozan, obligando al yo poético a una especie de bautismo interior.
La metáfora del baño en un río simbólico -comparable al Jordán- funciona como imagen de un renacer del sujeto que escribe. Un verso habla de unir los ríos para que se hagan uno, lo que permite superar el dominio de un mar que podría entenderse como fuerza que arrastra y disuelve. Junto a esa metáfora, se evoca la disolución de las nubes cerca de los ojos, una mezcla de visión y desaparición que encaja bien con el tono del libro.
Este poemario se presenta como una propuesta ética y estética a la vez: la escritura no solo reflexiona sobre el deseo y la culpa, sino que plantea una forma concreta de habitar el mundo después de atravesar la noche interior. Es una de las apuestas más intensas para quien busque lecturas que remuevan y no dejen indiferente.
Leer y regalar poesía: un gesto necesario
La selección de libros comentados se presenta como una de las mejores ofertas de poesía publicadas recientemente en nuestro entorno. Se insiste en que no es solo una cuestión de calidad literaria, sino una recomendación casi urgente para arrancar el año con buena compañía. Se anima a que estos títulos no se queden en las estanterías, sino que circulen como regalos significativos, especialmente en fechas como la festividad de Reyes.
El tono de la recomendación es cercano y desenfadado: los Reyes, se dice con ironía, «no son monárquicos», lo cual no impide aprovechar la ocasión para llenar casas de libros. En un contexto global que muchos perciben como oscuro, inestable o incluso amenazante, se subraya que la poesía aporta claridad, consuelo y también una chispa de rebeldía. Ahí radica su utilidad concreta, más allá de la idea abstracta de “belleza”.
La invitación final es clara: hay que leer y regalar poesía, de forma casi militante. No solo por apoyar a las voces que escriben, sino porque hacerlo implica cuidar nuestra propia vida interior, alimentar la sensibilidad y sostener una conversación silenciosa con otras personas lectoras que, en distintos lugares, están viviendo dudas y esperanzas parecidas.
La poesía como ventana a la vida interior: el caso de Pascual Andrés Tévar
La relación entre inicio de año y escritura poética también aparece en el testimonio de Pascual Andrés Tévar, quien decide inaugurar sus artículos de 2026 rescatando un poema que escribió con apenas 22 años, cuando concluía sus estudios en el instituto técnico superior Arzobispo Lozano de Jumilla, antes de su paso por la Universidad de Murcia. Él mismo explica que, a través de aquella poesía juvenil, intentaba descifrar el misterio de su mundo interior y los debates que le apasionaban y atormentaban a partes iguales.
Su texto se publica en la ventana digital de SOMOS RASPEIG, espacio al que agradece poder dirigirse para compartir recuerdos y reflexiones. La idea de regresar a escritos de más de medio siglo atrás no responde a la nostalgia por sí misma, sino a un intento consciente de releer el propio pasado para comprender mejor el presente. Esa mirada retrospectiva conecta con la sensación, muy común al inicio de un año, de revisar lo vivido para orientarse.
El título del poema, “El amor esbozando la poesía”, ya marca el tono: el sentimiento amoroso aparece como borrador de algo mayor, como fuerza que perfila los primeros trazos de una vocación poética y vital. El autor se define en sus versos como “amante sin amada”, “naranjal sin azahar”, una sucesión de imágenes que subraya la experiencia de falta y de búsqueda. El amor se intuye, pero aún no se concreta; lo mismo sucede en otros poemas urbanos recientes como el poema ‘Subway Love’, que exploran deseos juveniles en lenguaje directo.
En el poema, el corazón anhela una belleza que no llega a saciarlo del todo. Ve en ella algo grande, digno de alabanza, pero al mismo tiempo inalcanzable. Habla de bendecir el día en que vio a la persona amada, la noche en que la soñó y la tarde en que la conoció, y alaba a una «mujer pura», «mujer santa» vinculada a una imaginería de inspiración mariana muy propia del contexto cultural de la época. El tono es fervoroso, con un punto de idealización y también de desgarro.
El debate interior del joven amante
Una de las partes más intensas del texto es aquella en la que el yo poético se queja de quien ama y no lo expresa, de quien siente y calla. Recurre a comparaciones como el alma que siente y no habla, la orquídea que no llega a florecer o el pájaro que no canta. Con estas imágenes, el autor subraya la frustración de tener un mundo emocional rico que no encuentra vía de salida. La poesía se convierte entonces en ese canal que permite que la voz, por fin, se escuche.
El retrato de la amada se construye a base de metáforas: el rostro es dulzura sosegada, los ojos son un atardecer marino, la boca una cúpula encendida. Todo eso da forma a «el ser que espero», expresión que señala no solo un deseo romántico, sino la espera de una alteridad que dé sentido a la propia existencia. Querer reír, sentirla cerca, tenerla al lado, apenas mirarla: son deseos sencillos que, en el contexto del poema, se cargan de intensidad juvenil.
El texto se pregunta por qué el yo mira y no ve, busca y no encuentra, habla y no siente, ama y no comprende. Esa serie de contradicciones deja al descubierto una crisis de percepción y de fe en la propia experiencia. Surgen dudas: el manantial se queda sin voz, la mente vacila, el corazón se siente impuro, la fe se vuelve caprichosa. Estas imágenes encadenadas muestran el conflicto entre ideal y realidad, muy característico de la etapa vital que el autor describe.
En una parte memorable del poema aparecen invocaciones a figuras femeninas de la literatura universal: Dulcinea, Melibea, Julieta… y finalmente un nombre propio, Carmen, seguido de una admisión de culpa. Con ello, el autor se coloca dentro de una tradición de héroes y amantes trágicos, pero también aterriza en una experiencia concreta, personal. El yo se reconoce como pecador en lucha, y proclama que mientras ese tú exista, la batalla interior seguirá viva.
Volver a los primeros versos para entender toda una vida
Más allá del poema en sí, el texto de Pascual Andrés Tévar funciona como declaración de intenciones sobre su serie de artículos. Él mismo adelanta que, semana a semana o cada cierto tiempo, intentará compartir ideas y reflexiones con el objetivo de ayudar a que cada lector descubra sus propios sentimientos ocultos. Considera que volver atrás en el tiempo puede ser una tarea muy fecunda, siempre que lo hagamos con atención y con ganas de entendernos mejor.
Según explica, nuestra vida cotidiana a menudo no nos deja detenernos lo suficiente para navegar por la imaginación sin límites. Al abrir esa puerta, reconoce, es fácil terminar inmersos en un «mundo agitado» de debates existenciales, donde cada persona, a su manera, ha de luchar por encontrar su salida. Habla de la necesidad de superar la monotonía y enfrentar los retos que la realidad va presentando día tras día.
El autor conecta sus versos juveniles con la figura actual de Carmen, hoy compañera de vida. Ve en aquel poema un borrador de las pasiones y dilemas que luego se hicieron realidad con el tiempo. Con los años transcurridos, intenta descifrar qué lugar ha tenido esa mezcla de pasión, sufrimiento y arraigo en su trayectoria. Habla de tempestades, dudas y dolores, pero también de la importancia de tener raíces firmes para sostener el ánimo, la ilusión y la capacidad de seguir adelante.
En su relato aparece con fuerza la influencia de la luz mediterránea, que él presenta como un elemento casi simbólico de su forma de estar en el mundo. Esa luz, maravillosa e intensa, parece haber acompañado el recorrido vital y poético, actuando como contrapunto a las sombras interiores que describe en su juventud. De este modo, el texto se convierte en un ejemplo vivo de cómo la poesía puede ser hilo conductor de toda una existencia.
La música sinfónica como experiencia poética
No solo los libros de poemas abren puertas a la experiencia poética a comienzos de año. Los días 9, 10 y 11 de enero, la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) presentan su programa «Sinfónico 10» en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, con conciertos el viernes y sábado a las 19:30 y el domingo a las 11:30. La cita cuenta con la dirección del español Roberto González Monjas, actual director musical de la Orquesta Sinfónica de Galicia y una de las figuras más relevantes de la escena musical española contemporánea, tanto como director como violinista.
El programa incluye el estreno absoluto de “Das Eismeer”, del compositor español Eduardo Soutullo, obra encargada expresamente por la propia OCNE. El título, que remite al «mar de hielo», sugiere una pieza de gran carga evocadora, donde el sonido intenta traducir sensaciones de inmensidad helada, quietud aparente y fuerzas ocultas. Este tipo de estreno sitúa a la música sinfónica española en diálogo con imágenes potentes que no están lejos de la sensibilidad poética.
Junto a esta novedad, el programa ofrece el “Poema de amor y del mar” de Ernest Chausson, con la soprano Véronique Gens como solista. La propia denominación de «poema» ya subraya que se trata de una obra en la que la música y el texto se funden para construir una narración emotiva sobre el amor y el océano, dos temas que la literatura ha tratado incansablemente. Aquí, la voz humana se suma a la orquesta para crear una atmósfera cargada de melancolía y deseo.
El programa se completa con “Fuentes de Roma” y “Pinos de Roma” de Ottorino Respighi, dos composiciones sinfónicas que son casi postales sonoras de la ciudad eterna. A través de la orquesta, Respighi recrea paisajes urbanos, fuentes, árboles y momentos del día, configurando una experiencia en la que el oyente viaja sin moverse de su butaca. Esa capacidad de la música para sugerir imágenes y emociones se emparenta de manera clara con la fuerza de la palabra poética.
De este modo, el arranque del año no solo se llena de libros, sino también de conciertos en los que la poesía se hace música. Para muchas personas, asistir a este tipo de eventos es otra forma de empezar el calendario con el oído afinado, la imaginación despierta y la sensibilidad dispuesta a dejarse afectar por la belleza.
Reunir todos estos hilos -los poemarios premiados y arriesgados, los versos juveniles revisados con ojos maduros y la programación sinfónica de la OCNE- dibuja un paisaje en el que la poesía, en sentido amplio, se presenta como compañera imprescindible para atravesar un tiempo incierto. En los libros encontramos palabras que nos ayudan a nombrar lo que sentimos; en los recuerdos poéticos reconocemos el camino recorrido; en la música descubrimos que también el sonido puede decir lo que a veces se nos escapa. Empezar el año leyendo, escuchando y recordando quizá no resuelva todos los problemas, pero sí nos da herramientas para caminar con algo más de luz, de conciencia y de belleza compartida.