Vivimos en una sociedad que nos presenta la juventud como el estado más deseable: lo vemos en la televisión, en la publicidad, en las películas…
Estamos rodeados de modelos que nos presentan a gente guapa y joven, así que acabamos consumiendo complejos vitamínicos, cremas faciales y cirugías estéticas para intentar aparentar ser alguien que no somos.
Y todo esto en lo físico, porque en lo psicológico la situación es algo más difícil. Envejecer es inevitable pero tenemos que madurar.
¿Qué es madurar?
Por madurar podríamos entender muchas cosas: fructificar, evolucionar… Sin embargo, una definición que nos puede servir mucho de entrada es crecer en edad y en juicio. Son 2 cosas diferentes:
1) Por un lado podemos hablar de la madurez cronológica, es decir, del paso del tiempo, del ir cumpliendo años. Sin embargo, este tipo de madurez no implica el 2º tipo que es:
2) La madurez psicológica: esta madurez es el resultado de la reflexión. Muchas veces utilizamos la expresión «madurar una idea». ¿Qué quiere decir esto? Que tenemos que meditar o reflexionar una idea.
Por tanto, la madurez no es una conquista biológica natural. Es el resultado de reflexionar y un ejercicio de voluntad.
La vida no es aquello que nos pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa, entendiendo «el hacer» como la reflexión, la vivencia emocional y la acción que se desprende de los anteriores.
Madurar es un tránsito continuo. Estamos madurando si hacemos el trabajo para integrar las experiencias positivas y dolorosas que la vida nos va brindando.
Transcripción de un entrevista a Àlex Rovira en http://www.cuatro.com.
Una sociedad herida e inmadura emocionalmente

La percepción extendida es que faltan personas adultas en lo emocional, no por edad, sino por desarrollo interior. Predominan el miedo, la evitación del conflicto y la ausencia de responsabilidad afectiva, lo que dificulta crear vínculos auténticos y profundos.
Los tres pilares de la madurez emocional según Àlex Rovira
Capacidad de intimidad. No se reduce a lo físico: es abrir un espacio para la verdad compartida. Implica saber preguntar sin defensas, pedir perdón con sinceridad y practicar la confidencialidad (guardar lo que el otro te confía y acompañar sin juzgar).
Capacidad de espontaneidad. La emoción sana fluye: sentir y expresar sin coraza, reconocer que algo te conmueve o te duele, y evitar la represión que enquista los conflictos.
Capacidad de consciencia. Amar la verdad, empezando por la propia. Tres preguntas ordenan esta lucidez práctica: qué no quieres (límites), qué necesitas (cuidados y recursos) y qué quieres (dirección y propósito). El orden importa porque delimitar y comprender te prepara para elegir bien.
Salir de los juegos psicológicos
La madurez exige dejar de jugar a víctima, salvador o perseguidor. Manipular o permitir la manipulación erosiona la relación. Ser adulto emocionalmente es dejar el juego y optar por la verdad, aunque duela, porque esa claridad libera.
Cómo se practica: ritual, comunidad y nueva narrativa
La transformación no ocurre por grandes gestas, sino por microhábitos sostenidos. Pequeños gestos diarios de atención, silencio y autocuidado acumulan cambios visibles con el tiempo.
Apóyate en comunidad (personas que te sostienen y te desafían a ser mejor) y actualiza tu narrativa interna (del “no puedo” al “estoy aprendiendo”). Las tres palancas —ritual, comunidad y relato— aterrizan la intención en conducta.
Señales prácticas de madurar en una relación
Capacidad de disculpa genuina (“no quise dañarte, gracias por decírmelo”), cuidado de los límites propios y ajenos, expresión emocional oportuna, y coherencia entre lo que sientes, dices y haces.
Practicar intimidad, espontaneidad y consciencia no te hace perfecto: te vuelve responsable, presente y confiable. Esa es la diferencia entre cumplir años y crecer por dentro.