Tipos de argumentos más utilizados: guía completa para aprender a argumentar mejor

  • Conocer los distintos tipos de argumentos (datos, autoridad, valores, experiencia, analogía, causa-efecto, etc.) permite construir discursos más sólidos y detectar falacias.
  • Los argumentos pueden clasificarse por su contenido (hechos, tradición, moral, estética), por su razonamiento (deductivo, inductivo, abductivo) y por su objetivo (lógicos o afectivos).
  • Un buen uso de los argumentos combina evidencia empírica con ejemplos claros y evita apoyarse solo en opiniones personales o en la autoridad.

tipos de argumentos más utilizados

Es importante que aprendamos a tener la capacidad necesaria para poder argumentar y defender nuestras ideas sin tener que recurrir a las falacias argumentativas, razón por la cual es necesario que conozcáis los tipos de argumentos más utilizados, de manera que podréis entender mejor los procesos y su funcionamiento para buscar la máxima eficiencia a la hora de argumentar.

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La búsqueda del argumento perfecto

argumentos y tipos de argumentos

Está claro que todos queremos llevar siempre razón, y lo cierto es que eso hace que tengamos que recurrir en ocasiones a tácticas poco recomendables como la utilización de mentiras, tópicos o generalizaciones apresuradas para apoyar nuestras teorías.

El problema es que, en el momento de llevar a cabo una discusión, pensamos que es el único instante en el que va a ganar uno de los dos argumentos, de manera que hacemos todo lo posible por ser nosotros los triunfadores. Sin embargo, la argumentación también puede ser una forma fantástica de aprender sobre el tema del que hablamos, de detectar lagunas en nuestro razonamiento y de afinar nuestras ideas.

Durante una argumentación nos iremos dando cuenta de los puntos débiles que tenemos, los cuales podremos trabajar más profundamente para conseguir que nuestro argumento tenga una mayor solidez. Esto solo es posible si entendemos bien qué tipos de argumentos existen, cuáles son más fiables, cuáles son únicamente persuasivos y cuáles, directamente, nos llevan al terreno de las falacias.

A nivel lingüístico, argumentar es presentar razones para sostener una opinión, es decir, aportar justificaciones que expliquen por qué defendemos una determinada tesis y no otra. Argumentar implica siempre:

  • Una tesis o idea principal que queremos defender.
  • Una serie de razones o pruebas que apoyan esa tesis.
  • Un receptor, al que deseamos convencer o al menos hacer reflexionar.

Los argumentos pueden ser más o menos sólidos, más o menos persuasivos, más o menos objetivos. Conocer sus tipos nos permitirá elegir con conciencia qué tipo de razonamientos vamos a utilizar en cada contexto (académico, profesional, cotidiano, emocional, etc.) y nos ayudará también a desenmascarar argumentos débiles o manipuladores cuando los veamos en discursos políticos, anuncios, redes sociales o conversaciones diarias.

Estos son los tipos de argumentos que debes conocer

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A continuación os vamos a mostrar los tipos de argumentos más importantes que podemos destacar en la sociedad actual, teniendo de esta forma la razón por la que argumentamos de forma distinta en función de la situación. Además de los que ya conoces, integraremos otras clasificaciones muy utilizadas en textos académicos y en análisis de comentarios de texto, como los argumentos de autoridad, ejemplificación, causa-efecto, experiencia, generalización, analogía, cantidad y calidad, entre muchos otros.

Los argumentos basados en datos

Se trata de un tipo de argumento que se centra tan sólo en los datos específicos y concretos que se hayan obtenido a partir de la experimentación, ya sea nuestra o de terceras personas.

Generalmente se utiliza con el objetivo de dar fuerza a un argumento a través de lo que se denomina apoyo empírico, ya que, al haber elementos que demuestran una realidad, no pueden ser debatidos salvo que se pueda demostrar, también empíricamente, otra realidad diferente.

Muy ligados a estos se encuentran los argumentos de hecho y los argumentos probabilísticos:

  • Argumentos de hecho: se basan en pruebas observables, resultados de investigaciones, encuestas, mediciones, estadísticas claras, etc. Por ejemplo, “según la encuesta realizada, el 92 % de los consumidores prefiere beber gaseosas”.
  • Argumentos probabilísticos: se apoyan en probabilidades o tendencias. No afirman algo con total certeza, pero sí señalan que es muy probable. Por ejemplo, “un tercio de la población no tiene acceso a Internet, por lo que es probable que muchas personas queden excluidas de ciertos servicios digitales”.

Estos argumentos, cuando están bien planteados y las fuentes son fiables, suelen ser muy persuasivos y difíciles de refutar, hasta el punto de convertirse en argumentos prácticamente irrefutables si la evidencia científica es sólida.

Los argumentos basados en definiciones

En este caso no nos basamos en el modo en que funciona el mundo, sino en el uso que hacemos de cada concepto que pasa por nuestras manos. Es decir, hacemos una interpretación particular en base a lo que hemos aprendido de nuestro entorno.

Por ejemplo, si alguien sostiene que “solo es arte lo que se expone en un museo”, está argumentando a partir de su propia definición de “arte”. Este tipo de razonamiento puede ser válido o inválido, puesto que no siempre está realmente apoyado en hechos, sino en acuerdos lingüísticos y culturales que pueden variar.

Los argumentos por definición son muy frecuentes en debates filosóficos, éticos o jurídicos, donde se discute el significado preciso de palabras como libertad, violencia, igualdad, democracia, familia, etc. También aparecen en discusiones cotidianas cuando alguien trata de “ganar” el debate imponiendo su propia definición de un término clave.

Los argumentos basados en descripciones

En cuanto a los argumentos basados en descripciones, hablaríamos de la búsqueda de varios elementos descriptivos que serán los que nos servirán para defender una idea determinada, pero siempre desde el punto de vista de la descripción de los elementos que forman parte de dicha idea.

Por ejemplo, para apoyar la tesis de que una ciudad es poco habitable, se puede describir el ruido constante, la contaminación, la falta de zonas verdes, los atascos diarios, etc. La acumulación de estas descripciones funciona como un conjunto de razones implícitas que conducen a la conclusión.

En muchos textos argumentativos, una buena descripción general reúne varios argumentos en uno solo, y ayuda a que el lector visualice la situación y la valore de forma similar a como lo hace el emisor.

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Los argumentos basados en experimentos

Se trata de un argumento que se apoya en una experiencia ocurrida en el mismo sitio donde se está debatiendo, de forma que se busca defender las ideas propias pero siempre centradas en esas experiencias.

Es muy habitual en contextos educativos o de divulgación científica: el emisor realiza un pequeño experimento delante del público para mostrar un fenómeno (por ejemplo, la ley de la gravedad, la densidad de los cuerpos, el efecto de la presión del aire, etc.) y, a partir de ahí, extrae conclusiones que fortalecen su tesis.

Los argumentos basados en experimentos mentales y experiencia personal

Un caso relacionado es el de los experimentos mentales, en los que se propone al interlocutor imaginar una situación ficticia que va progresando hasta un punto en el que la conclusión razonable coincide con la tesis que defendemos. Son muy usados en filosofía y en debates morales.

Además, encontramos los argumentos de experiencia personal. En ellos, la justificación se realiza utilizando enunciados que hacen referencia a vivencias propias. Por ejemplo: “cuando viajé a tal ciudad, comprobé que el transporte público era muy eficiente, por eso creo que es un buen modelo a imitar”.

Estos argumentos tienen un fuerte componente subjetivo. Pueden ser útiles para generar empatía y cercanía, pero resultan poco rigurosos si se pretenden usar como única base de una tesis general (“a mí me pasó, por lo tanto, siempre es así”). Conviene, por tanto, combinarlos con otros argumentos más objetivos, como datos o estudios.

Los argumentos basados en la autoridad

Es un tipo de argumento en el que se da mayor valor a una idea cuando viene de parte de una autoridad o experto. Básicamente estamos ante un argumento que recurre habitualmente a las falacias si se usa de manera acrítica, ya que se confunde la credibilidad de la fuente con la verdad absoluta.

Un buen ejemplo es cuando creemos en la opinión de un especialista por el simple hecho de que es especialista, es decir, cuando un médico nos da una valoración, cuando un geólogo nos habla acerca de las características de un mineral, etcétera. Básicamente la gente considera que es un argumento de autoridad y, por tanto, da por hecho que es cierto.

No debemos olvidar que muchas veces los especialistas pueden equivocarse, dejarse llevar por sus propias opiniones o incluso tener en sus manos información incompleta. Por eso, es necesario contrastar estos datos para estar realmente convencidos de que se trata de un argumento de autoridad a la par que basado en hechos.

Dentro de este grupo también encontramos los argumentos de cita, en los que se reproducen palabras textuales de una persona prestigiosa (entrecomilladas) o se parafrasea su opinión. La fuerza de este argumento depende tanto de la fiabilidad de la fuente como de la coherencia entre la cita y la tesis defendida.

Los argumentos basados en la comparación y analogía

En este caso lo que hacemos es comparar dos ideas enfrentándolas una a la otra, de manera que buscamos cuál de ellas es más cierta o más razonable. Esto puede ser muy efectivo en algunos casos, sobre todo cuando se muestran ventajas e inconvenientes de diferentes opciones (por ejemplo, dos modelos educativos, dos políticas públicas, dos productos, etc.).

Hay que tener en cuenta que el hecho de que tan sólo sean dos ideas a menudo puede significar que ninguna de ellas se acerque del todo a la realidad, con lo que la conclusión que se puede obtener es que una puede ser más cierta, pero no quiere decir que sea un concepto totalmente verdadero.

Relacionados con estos aparecen los argumentos por analogía. En ellos se defiende una idea basándose en que es semejante a otra ya aceptada. Por ejemplo: “todos los libros que he leído de este autor son buenos; por lo tanto, su nuevo libro también debe ser bueno”.

Las analogías son poderosas, pero también peligrosas: si se comparan elementos que en realidad no son equivalentes, se cae en una falacia de falsa analogía, muy frecuente en discursos manipuladores.

Los argumentos basados en la falacia

Este es uno de los argumentos que más utilizamos a la hora de debatir sobre todo cuando no tenemos nociones claras acerca del tema que estamos defendiendo, y básicamente se basa en mentiras, manipulaciones o razonamientos incorrectos que tienen como objetivo defender la idea propia y atacar la idea contraria.

Sin embargo, los argumentos falaces a menudo quedan en el aire debido a que son fáciles de detectar y de atacar si el oponente tiene unas mínimas nociones acerca del tema. Con unos pocos datos puede rebatirlos, con lo que los oyentes perderán la confianza en quien los ha utilizado, ya que es una clara muestra de ausencia de argumentos válidos.

Los argumentos basados en la interpelación

El objetivo de este tipo de argumentos es intentar que la persona que ha realizado el discurso caiga en una trampa dentro de ese mismo discurso, forzando las contradicciones de manera que se consigue averiguar si realmente se trata de una persona que cuenta con toda la información necesaria para hablar sobre el tema o, por contra, tan sólo está repitiendo una serie de conceptos pero sin encajarlos adecuadamente dentro de la idea general.

Consiste en formular preguntas encadenadas que llevan al interlocutor a una conclusión contradictoria con su tesis inicial. Es una estrategia cercana al diálogo socrático y se utiliza tanto para evidenciar fallos lógicos como para hacer reflexionar al otro sobre sus propios prejuicios.

Los argumentos basados en valores

Los argumentos basados en valores son aquellos que se centran fundamentalmente en los valores éticos, morales o estéticos de la persona que los utiliza, independientemente de si son positivos o negativos.

Este es un tipo de argumento muy utilizado en la actualidad, especialmente en debates sobre política, derechos, justicia social, educación o convivencia. Pueden ser muy útiles cuando está en debate algún tema relacionado con la moral o con algún concepto filosófico, ya que permiten explicitar cuáles son las prioridades y principios de cada postura.

Sin embargo, es un argumento inválido para describir hechos objetivos que requieren comprobación empírica, ya que carece de objetividad y se apoya exclusivamente en lo subjetivo. Nos puede servir para sacar conclusiones acerca de nuestras prioridades y del modo en que vemos las cosas, pero no nos va a servir para llegar a una conclusión científica sobre un tema concreto.

Otros tipos de argumentos frecuentes

Además de los anteriores, en los textos argumentativos reales aparecen otras clases de razonamientos que conviene conocer para poder reconocerlos y utilizarlos de forma eficaz.

  • Argumentos de ejemplificación: se utilizan ejemplos concretos para que la audiencia entienda mejor una idea general. Por ejemplo, explicar el acoso laboral enumerando distintos casos cotidianos.
  • Argumentos de causa-efecto: muestran una relación causal entre hechos. “Si no estudias, no aprobarás” o “el uso abusivo de pantallas altera el sueño” son ejemplos claros.
  • Argumentos de generalización: se parte de varios casos particulares para formular una conclusión general. Son muy persuasivos, pero pueden ser peligrosos si se basan en pocos casos.
  • Argumentos de cantidad: valoran algo porque muchas personas piensan igual (“millones de personas usan esta marca, debe ser buena”).
  • Argumentos de calidad: ponen el acento en la excelencia o singularidad de algo frente a lo masivo o abundante.
  • Argumentos de tradición: justifican una idea porque “siempre se ha hecho así”, apelando a costumbres y usos sociales.
  • Argumentos estéticos: se basan en juicios de belleza o fealdad para deducir otras cualidades (“es una casa fea, seguro que está mal construida”).
  • Argumentos afectivos: buscan conmover al receptor apelando a emociones, miedos, deseos o empatía, más que a la lógica.
  • Argumentos de signos: interpretan un hecho como indicio de otro (“si hay humedad y nubes negras, probablemente lloverá”).

Argumentos según la forma de razonar: deductivos, inductivos y abductivos

Además del contenido, también podemos clasificar los argumentos según el tipo de razonamiento que utilizan para llegar a la conclusión:

  • Argumentos deductivos: parten de premisas generales para llegar a una conclusión particular. Si las premisas son verdaderas y el razonamiento está bien construido, la conclusión debe ser verdadera. Por ejemplo: “todas las plantas no pueden desplazarse; el eucalipto es una planta; luego el eucalipto no puede desplazarse”.
  • Argumentos inductivos: parten de casos particulares para elaborar una generalización. Por ejemplo: observar que varias especies de árboles pierden hojas en otoño y concluir que “todos los árboles pierden hojas en otoño”. Son útiles, pero su conclusión siempre tiene un grado de probabilidad, no de certeza absoluta.
  • Argumentos abductivos: parten de un hecho observado y de una regla general para proponer la mejor explicación posible. Por ejemplo: “hoy está lloviendo; los días de lluvia no voy al parque; por lo tanto, hoy no iré al parque”. No son demostraciones infalibles, pero resultan muy prácticos en la vida cotidiana y en la investigación.

Argumentos según su objetivo y postura

Los argumentos también se pueden clasificar según el objetivo comunicativo y la postura del emisor:

  • Argumentos lógicos: buscan convencer mediante razonamientos coherentes y bien estructurados, donde la conclusión se deriva de las premisas.
  • Argumentos afectivos: se centran en conmover y persuadir apelando a valores, miedos, esperanzas o empatía, más que a la lógica estricta.
  • Argumentos a favor: respaldan y refuerzan la tesis defendida por el emisor.
  • Argumentos en contra: se utilizan para refutar la tesis contraria, señalando sus errores, lagunas o consecuencias indeseables.
  • Postura ecléctica: el emisor reconoce algunos puntos válidos de la postura opuesta, pero ofrece también sus propios argumentos para matizar o cambiar parcialmente la tesis inicial.

Comprender y dominar todos estos tipos de argumentos nos permite construir discursos más claros, sólidos y honestos, y también protegernos mejor frente a manipulaciones, falacias o razonamientos pobres que pueden sonar convincentes, pero que en realidad no se sostienen cuando los analizamos con detenimiento.

Al entrenar nuestra capacidad de distinguir entre datos, valores, emociones, autoridad, causas, generalizaciones o analogías, desarrollamos un pensamiento crítico más afinado y una comunicación más eficaz, tanto al escribir como al hablar en público o debatir en nuestra vida diaria.

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