Los problemas de sueño en la tercera edad han pasado de ser algo asumido como «normal» del envejecimiento a convertirse en un auténtico motivo de preocupación sanitaria. Cada vez se sabe más sobre cómo insomnio, las noches entrecortadas o la somnolencia diurna influyen en la salud física, el estado de ánimo e incluso en el riesgo de mortalidad de las personas mayores.
En este contexto, administraciones públicas, universidades y profesionales sanitarios están poniendo el foco en los trastornos del sueño en personas mayores, tanto desde la divulgación y la formación como desde la investigación. El objetivo es claro: ayudar a detectar las señales de alarma a tiempo, mejorar la calidad del descanso y prevenir complicaciones más graves en una población que no deja de crecer en España y en el resto de Europa.
Una jornada en Salamanca para hablar del sueño en mayores
Con la mirada puesta en el bienestar de la población de más edad, el Ayuntamiento de Salamanca y la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) han organizado una nueva sesión del programa «Diálogos sobre el Buen Envejecer», centrada precisamente en los trastornos del sueño en mayores. La actividad, dirigida a ciudadanos a partir de 60 años, busca resolver dudas habituales y ofrecer pautas sencillas para mejorar el descanso.
La jornada se celebrará el 20 de mayo a las 17:00 horas en el Aula de Grados de la UPSA y será impartida por la especialista Teresa Sánchez. La asistencia es gratuita, si bien el aforo está limitado a 90 plazas, por lo que es imprescindible inscribirse con antelación. Este tipo de iniciativas se enmarca dentro del convenio de colaboración entre ambas instituciones para promover un envejecimiento activo y saludable.
Las personas interesadas pueden gestionar su plaza en horario de mañana, de 10:00 a 14:00 horas, a través de dos vías: llamando al teléfono 650 588 663 o enviando un correo electrónico a la dirección habilitada por la organización. Las vacantes se asignan por riguroso orden de solicitud, lo que refuerza la idea de que hay un interés creciente por aprender a dormir mejor en la tercera edad.
Más allá de esta jornada concreta, la colaboración entre el consistorio salmantino y la universidad refleja una tendencia general en España: los ayuntamientos y centros académicos empiezan a promover programas formativos específicos sobre sueño, salud mental y envejecimiento, adaptados a las necesidades reales de los mayores.
El sueño como parte de la salud mental en una sociedad en cambio
El aumento de los trastornos del sueño no puede entenderse aislado de lo que está ocurriendo con la salud mental. Profesionales como el psiquiatra y especialista en adicciones Antonio Terán recuerdan que, tras la pandemia de la covid-19, problemas como la ansiedad, la depresión y las dificultades para dormir se han disparado, y afectan tanto a jóvenes como a adultos y mayores.
Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad, en torno a un 35 % de la población presenta algún problema de salud mental. Entre los adultos, los trastornos más frecuentes son la ansiedad, los problemas de sueño y la depresión, un perfil que también se observa con fuerza en las personas mayores, muchas de las cuales arrastran estrés crónico, soledad o enfermedades físicas que terminan alterando el descanso nocturno.
Terán subraya que vivimos en una especie de «revolución social y digital», marcada por cambios laborales, económicos y tecnológicos constantes, que obliga a un esfuerzo de adaptación para el que no todo el mundo está preparado. Esa tensión continua impacta en el cerebro y puede traducirse en dificultades para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o un sueño poco reparador.
En este escenario, los profesionales reclaman más recursos y especialistas en salud mental, al tiempo que insisten en la importancia de la prevención y la detección precoz. Identificar a tiempo alteraciones del sueño en las personas mayores puede evitar que la situación derive en cuadros depresivos más graves, deterioro cognitivo acelerado o un aumento del riesgo de caídas y accidentes domésticos.
Las señales de alerta, recuerdan los expertos, suelen detectarse primero en el entorno más cercano. En el caso de las personas mayores, familiares y cuidadores pueden notar cambios de comportamiento, irritabilidad, apatía, somnolencia a lo largo del día o un deterioro del rendimiento en las actividades cotidianas, todos ellos motivos suficientes para consultar con el equipo de atención primaria.
Lo que revela la ciencia sobre las siestas y el riesgo en mayores
En paralelo al aumento de la preocupación social, la investigación científica también está arrojando luz sobre la relación entre los hábitos de sueño diurno y la salud de las personas mayores. Un estudio publicado en la revista JAMA Network Open, realizado con 1.338 adultos mayores durante 19 años, ha analizado con detalle el impacto de las siestas en el riesgo de mortalidad.
En este trabajo, enmarcado en el Rush Memory and Aging Project, los participantes llevaron monitores de actividad en la muñeca, que permitieron registrar de forma objetiva sus ciclos de reposo y actividad. Esto evitó depender de cuestionarios subjetivos y ofreció una radiografía muy precisa de cómo, cuándo y cuánto dormían la siesta a lo largo del tiempo.
Los resultados son llamativos: cada hora adicional de siesta al día se asoció con un incremento del 13 % en el riesgo de muerte, mientras que cada siesta extra se vinculó con un aumento del 7 %. Las siestas largas, muy frecuentes o realizadas por la mañana se relacionaron con el mayor riesgo, incluso tras ajustar por otros factores de salud.
El dato que más ha llamado la atención es el de las siestas matutinas, que se relacionaron con un riesgo de mortalidad un 30 % mayor que las siestas de la tarde. Los investigadores apuntan a que este patrón podría reflejar un desajuste del ritmo circadiano o una mala calidad del sueño nocturno, de manera que la persona se ve obligada a «recuperar» horas de descanso desde primera hora del día.
Aun así, los autores insisten en que se trata de correlaciones y no de una relación causa-efecto. Es decir, no se puede afirmar que dormir la siesta sea la causa directa del aumento del riesgo, sino que es probable que las siestas excesivas sean un síntoma de enfermedades de base, como trastornos cardiovasculares, o alteraciones del propio reloj biológico.
Uno de los puntos fuertes del estudio es la duración del seguimiento, cercana a los 20 años, y el uso de mediciones objetivas. Sin embargo, los participantes eran mayoritariamente personas blancas del norte de Illinois, lo que limita la generalización directa de los resultados a otros países, incluida España. Aun así, la idea de que las siestas muy largas o repetidas pueden ser una señal de alarma comienza a calar entre los profesionales europeos.
La siesta en la cultura española: entre la costumbre y la señal de alerta
En un país como España, donde la siesta forma parte de la cultura popular, estos hallazgos obligan a matizar el mensaje. No se trata de demonizar la cabezada de después de comer, que para muchas personas puede ser breve, puntual y beneficiosa, sino de prestar atención a los cambios: cuando una persona mayor empieza a dormir siestas cada vez más largas, más frecuentes o a primera hora de la mañana, conviene preguntarse qué hay detrás.
Los expertos recuerdan que una siesta corta de unos 20-30 minutos, preferentemente a primera hora de la tarde, puede resultar reparadora sin interferir en el sueño nocturno. Lo que preocupa es la necesidad constante de dormir durante el día, el sueño fragmentado por la noche, la dificultad para mantenerse despierto durante actividades cotidianas o la tendencia a cabecear incluso sentado frente al televisor.
La somnolencia diurna excesiva puede relacionarse con múltiples problemas: desde apneas del sueño no diagnosticadas hasta insuficiencia cardíaca, efectos secundarios de ciertos medicamentos, depresión o el inicio de un deterioro cognitivo. Por eso, en las consultas de atención primaria en España se está dando mayor importancia a preguntar a las personas mayores por sus hábitos de descanso, incluyendo cómo duermen por la noche y cuánto tiempo duermen durante el día.
Los investigadores señalan, además, que el desarrollo de dispositivos como relojes inteligentes y pulseras de actividad abre la puerta a un seguimiento objetivo del sueño en la vida diaria. Sin sustituir al criterio médico, estas herramientas pueden ayudar a detectar cambios en los patrones de sueño diurno y nocturno que merezcan una valoración más exhaustiva.
En cualquier caso, la recomendación general es que tanto las personas mayores como sus familiares estén atentos a los cambios bruscos. Si una persona que antes dormía bien empieza de repente a tener un insomnio persistente, despertares frecuentes o una somnolencia diurna marcada, no conviene normalizarlo sin más como «cosas de la edad»; lo prudente es comentarlo con el médico de cabecera.
El papel de los profesionales sanitarios y de la enfermería
En la atención a los trastornos del sueño en mayores, la enfermería tiene un papel especialmente relevante. Los profesionales de enfermería son a menudo quienes pasan más tiempo con los pacientes, tanto en centros de salud como en hospitales o residencias, y quienes detectan primero cambios de comportamiento, somnolencia inusual o dificultades para conciliar el sueño.
En las jornadas de investigación en Enfermería, como las celebradas recientemente en Castilla y León, se ha insistido en la necesidad de reforzar los equipos de salud mental, mejorar la coordinación con atención primaria y proporcionar formación específica sobre sueño y envejecimiento a los profesionales. La detección precoz de las alteraciones del sueño puede ser clave para prevenir complicaciones más graves, incluyendo caídas, desorientación nocturna o un empeoramiento del estado cognitivo.
Además, la enfermería desempeña un papel fundamental en la educación para la salud: explicar de forma sencilla a las personas mayores la importancia de mantener horarios regulares, limitar el consumo de estimulantes por la tarde, favorecer rutinas relajantes antes de acostarse y evitar las siestas demasiado largas o tardías en el día.
También es relevante el trabajo con las familias y cuidadores, que muchas veces son quienes mejor pueden describir los cambios en los hábitos de sueño y en el estado de ánimo de la persona mayor. Orientarles para que sepan qué observar y cuándo consultar puede marcar la diferencia a la hora de llegar a tiempo a un diagnóstico de depresión, demencia o enfermedad cardiovascular que esté pasando desapercibida.
En España, distintos colectivos profesionales coinciden en que el país cuenta con una buena red asistencial, pero que sigue habiendo un déficit de psiquiatras, psicólogos clínicos y enfermeras especialistas en salud mental en comparación con la media europea. Reforzar estos recursos permitiría abordar de forma más integral problemas tan frecuentes como el insomnio en mayores.
Todo este esfuerzo conjunto —desde las charlas divulgativas como las de Salamanca hasta los grandes estudios de cohorte internacionales y el trabajo diario de médicos y enfermeras— apunta en una misma dirección: los trastornos del sueño en personas mayores son algo serio, pero abordable si se detectan a tiempo, se analizan sus posibles causas y se actúa de forma coordinada. Prestar atención a señales como las siestas excesivas, la somnolencia diurna o las noches eternas en vela no solo ayuda a mejorar la calidad de vida, sino que puede convertirse en una auténtica oportunidad para descubrir otros problemas de salud y tratarlos antes de que vayan a más.