En el ámbito de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), una de las mayores dificultades aparece cuando el paciente y su familia regresan a casa y deben enfrentarse a situaciones cotidianas que en la consulta no siempre se pueden reproducir. Para intentar cubrir ese hueco, el Centro CREA de Elche, una spin-off del Parque Científico de la Universidad Miguel Hernández (UMH), ha puesto en marcha un programa bautizado como De CREA a Casa, que convierte el comedor del propio centro en un escenario terapéutico. La iniciativa reúne a pacientes, familiares y profesionales alrededor de una misma mesa para observar, entrenar y corregir las dinámicas que surgen mientras se come.
El planteamiento parte de una realidad que las familias conocen bien: a menudo, las recomendaciones que se dan en una sesión clínica resultan difíciles de aplicar cuando llega la hora del desayuno, la comida o la cena en el domicilio. Tiempos, cantidades, comunicación o reacciones ante un alimento rechazado son cuestiones que solo se visibilizan cuando se produce una comida real. Por eso, este proyecto busca acercar el tratamiento a la vida diaria y que los cambios aprendidos puedan mantenerse más allá de las paredes del centro.
Una comida real como herramienta terapéutica
La principal diferencia respecto a una intervención tradicional es que aquí no se trabaja con simulaciones ni con explicaciones teóricas. Las familias acuden al comedor de CREA y participan en encuentros prácticos donde los profesionales observan directamente cómo interactúan, qué dificultades emergen y cómo se afrontan los conflictos. Después, se ofrece un feedback inmediato tanto al paciente como a sus allegados, con estrategias adaptadas a lo que acaba de suceder. Este método se apoya en los principios del Family Based Treatment (FBT), un modelo con respaldo empírico para el tratamiento de los TCA en la adolescencia.

El director de Centro CREA, Héctor Hernández, explica que el objetivo es “acercar el tratamiento a la realidad cotidiana de las familias”. En declaraciones recogidas durante la presentación, Hernández señala que el programa se sustenta en observar, trabajar y entrenar las dinámicas que aparecen durante las comidas, para que las herramientas adquiridas puedan aplicarse después en el hogar. No se queda, por tanto, en una lista de recomendaciones nutricionales, sino que busca que los propios familiares aprendan a responder ante situaciones reales con la guía de especialistas.
Además de las sesiones prácticas, el programa incluye encuentros de psicoeducación donde se aportan conocimientos sobre los TCA y se refuerza el papel de la familia como parte activa del tratamiento. Esta doble vía pretende reducir la distancia entre comprender una pauta y ser capaz de llevarla a cabo cuando no hay un profesional al lado. La observación directa permite, además, detectar dificultades que difícilmente se explicarían de memoria, como los gestos, los silencios o la manera de negociar un plato.
Señales de alerta que conviene no ignorar
Mientras tanto, especialistas de distintas instituciones coinciden en que los trastornos alimentarios no siempre comienzan con síntomas extremos. A menudo, los primeros indicios son sutiles y pueden confundirse con hábitos saludables en la era TikTok o decisiones personales. Entre las señales que se repiten en diversos informes clínicos destacan evitar reuniones o restaurantes donde haya comida, una preocupación constante por el peso y las calorías, la sensación de perder el control al comer, el ejercicio realizado como castigo o compensación, la adopción de reglas alimentarias cada vez más rígidas y el hábito de esconder lo que se come o mentir sobre ello.

Estas conductas no sirven por sí solas para diagnosticar un problema, pero si aparecen de forma simultánea y empiezan a interferir en la vida diaria, conviene buscar ayuda profesional. Los especialistas recuerdan que las consecuencias de un TCA sin tratar pueden afectar al corazón, los huesos, el aparato digestivo e incluso la salud mental. La detección temprana, por tanto, mejora de forma notable las opciones de recuperación.
En España, iniciativas como la de CREA buscan precisamente facilitar esa detección y ofrecer un acompañamiento integral. El centro, que nació como proyecto impulsado por las investigadoras de la UMH Yolanda Quiles y María José Quiles y fue ganador de la primera edición del programa Maratón UMH, se ha convertido en un referente en la provincia de Alicante, donde recientemente Alicante estrena su primer hospital de día para TCA. Con De CREA a Casa, la spin-off amplía su abordaje multidisciplinar y pone el foco en un aspecto que a menudo queda fuera de la consulta: el momento exacto en el que la comida se convierte en un campo de batalla emocional.

La propuesta ya está en marcha y las familias que participan destacan que les permite ensayar respuestas en un entorno seguro. El objetivo final es que las herramientas aprendidas no se queden en el centro, sino que formen parte de la rutina cotidiana. Aunque cada proceso es único, los responsables confían en que este acercamiento práctico contribuya a reducir los diagnósticos tardíos y a que nadie se quede sin apoyo por no encajar en un perfil determinado.

La familia, en definitiva, se convierte en un pilar fundamental del tratamiento, no como simple espectadora, sino como parte activa que aprende a manejar las situaciones que antes le desbordaban. Con este programa, CREA demuestra que a veces la mejor terapia está en una mesa compartida, donde las emociones y la comida se encuentran cara a cara.

Poco a poco, el estigma y los estereotipos van cayendo. Los trastornos alimentarios afectan a personas de cualquier entorno social, y la evidencia muestra que los jóvenes de hogares con menos recursos también presentan un riesgo significativo, tal y como señalan estudios internacionales. Iniciativas como la de Elche demuestran que es posible dar un paso más allá de las recomendaciones y ponerse manos a la obra, en el lugar donde realmente importa: la mesa de cada casa.